Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



El paraíso existe

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PARADISÍACO. Dos Jóvenes pasean por una de las playas vírgenes de Tetiaroa. / LV

Los archipiélagos de la Polinesia francesa confirman que las playas de ensueño y los palmerales son la ambición de cualquier viajero

CARMEN FUENTES


Polinesia es para muchos el viaje de sus sueños. Playas de película con cabañas de lujo sobre sus turquesas aguas, vírgenes y solitarias -sólo los cangrejos salen a curiosear-, montañas exultantes de vegetación -con las más variopintas flores y frutas- y un pueblo hospitalario y exótico (siguen recibiendo al viajero en el aeropuerto con un collar de flores), dan idea de por qué estas islas sedujeron tanto a Gauguin, Jacques Brel y Marlon Brando o por qué cautivaron al capitán Cook, a Robert Stevenson, Víctor Segalen, Pierre Loti, Jack London, Melville o al mítico cineasta alemán F. W. Murnau, quien allá por 1931 rodó en la montaña de Bora Bora, en las cascadas del impactante pico Otemanu, Tabú, esa película de culto por la que le dieron un Oscar.

El edén de los Mares del Sur se mantiene todavía intacto, sin haber sido dañado por un turismo masificado. Polinesia es como un milagro que surgió hace millones de años cuando el furor de los volcanes submarinos arrojó a la superficie una erupción que, al enfriarse, se convirtió en un vergel, repleto de montañas puntiagudas que, curiosamente y por aquello de volver a sus orígenes, se van, centímetro a centímetro, y poco a poco, sumergiendo (ése es su misterio) en el mar del que salieron, aunque el anillo de corales que las rodea se mantiene a flote, formando una dulce y tranquila laguna salpicada de motus (islotes) de una belleza indescriptible.

La Polinesia francesa, uno de los territorios marinos más vastos del planeta, con sus islas verdes y sus lagos turquesas, está situada en el corazón majestuoso del océano Pacífico, que para nosotros es el otro extremo del mundo, con una cultura-fusión, entre lo ancestral y lo francés, bajo cuyo protectorado lleva ya varios siglos. Lo forman montones de islas, pero las más turísticas son las que componen el archipiélago de La Sociedad. Si llegar hasta allí sigue siendo una aventura (27 horas de avión con dos escalas, en un viaje largo y pesado), bien merece la pena el sacrificio cuando el camino que se emprende lleva al paraíso, porque ésa es la impresión que se tiene al aterrizar y ver por la ventanilla el mar, liso como un plato, que abraza Bora Bora, la isla emblemática de los Mares del Sur.

La mejor forma de conocer las Islas de la Sociedad es en un crucero. Una buena alternativa es el Ti’a Moana, de la compañía Bora Bora Cruises (www.boraboracruisses.com), un barco nómada, de diseño, con cubiertas de teca por las que se camina descalzo y sin ninguna etiqueta, de 60 metros de eslora, con un máximo de 50 pasajeros y otros tantos de tripulación. Dentro, todo está envuelto en detalles de exquisito gusto y con un trato personalizado. Es ese lujo que apenas se nota, con el que se tiene la sensación de vivir un sueño y de tocar el cielo, que, en ese hemisferio, está coronado por la Cruz del Sur.

Y más que dedicar sus escalas a recorrer los interiores de las islas (que también se hace), el barco cada día nos depara una sorpresa: mañanas o tardes de snorkel en diferentes arrecifes de coral, donde se ven rayas y peces de colores entrando o saliendo de los escondites de esos majestuosos jardines de coral; desayuno con champán en una playa solitaria; sesión, en la popa del barco, de tatuajes (perecederos) con las grecas tradicionales que llevan los polinesios por cuerpo y rostro, a cargo del maestro Tavita; barbacoa nocturna en una playa de corales y cocoteros o remontar el Faaroa en kayak, un río que conduce a un exótico y majestuoso jardín tropical, para adentrarnos en su selva con los guías, incluido el que lleva «la farmacia», por si alguien se lesiona.

Todo es una sorpresa que empieza en el pantalán de Bora Bora nada más aterrizar, con una copa de champán en la mano y una brocheta de frutas en la otra, en una hamaca y a la sombra de las palmeras, mientras la tripulación acerca al barco en la zodiac los equipajes. Allí la vida a bordo es relajada, pues el Ti´a Moana no tiene nada que se asemeje a esos cruceros convencionales en los que cientos o miles de viajeros llevan una vida bulliciosa. No hay casinos, ni fiesta de bienvenida, ni cena con el capitán, ni baile de disfraces, ni concursos...Una coqueta biblioteca acoge a los curiosos interesados en los libros antiguos de la flora o la fauna de la zona, en los tapas (dibujos realizados en papel vegetal), en los relatos de Loti y su exótica boda con una polinesia o en la vida y obra de Gauguin por esos lares.

La filosofía del barco es dejarse llevar por un itinerario nada convencional. Nada de querer verlo todo y acabar agotado, ni tener un programa agotador que impida la placentera sensación de verlas venir, sino disfrutar de lo que le apetezca a uno en cada momento, incluido un café a las seis de la mañana para ver amanecer o una cena a la luz de las velas, en la popa, para festejar un momento especial.

Este es el verdadero lujo: el ambiente del barco y la posibilidad de que cada uno haga lo que le plazca: calzarse las aletas e ir a bucear, contemplar cómo se van arrugando las yemas de los dedos en el yacuzzi o pedir la zodiac e ir a la playa.

La isla de la vainilla

El viaje comienza levantando el ancla en Bora Bora para navegar por su mítica laguna, hasta la playa del motu Tevairoa. Toda una experiencia. Al día siguiente se navega a Taha'a, la isla de la vainilla. Viendo el lugar se entiende que eligieran ese paradisíaco escondite. Taha'a es la más salvaje de las islas de la Sociedad y su exuberante vegetación la convierte en una isla jardín perfumada de vainilla, con un manto tejido de palmeras, cocoteros, framboyanos, hibiscos, crótores...

Sus pocas casas de madera, con parabólica incluida, como prefabricadas, llamadas casas sociales, han venido a sustituir a aquellas chozas de hojas de palmera que inmortalizaron las películas y que hoy dan cabida a una arquitectura hotelera de superlujo, sobre palafitos, al borde del mar turquesa. En las montañas, junto a las orquídeas de vainilla (la mejor y más aromática del mundo), asoman plantaciones de piñas. Parece que no viva casi nadie (de hecho, no pasan de 4.000 personas) y las pocas viviendas que hay, franqueadas por una larga caseta para que el repartidor deje la barra del pan (no hay panaderías), albergan algunas pensiones donde se alojan los turistas en busca de paz y tranquilidad.

El viaje continúa en Huahine, la más bonita y sensual de todas las islas (si se le pregunta a un polinesio), con una vegetación exuberante y unos caminos trufados de correteros tupas, esos enormes cangrejos que salen de sus madrigueras pero que, al menor ruido, retornan a ella. En la playa de Hana-Iti, Julio Iglesias compró hace años un inmenso terreno, que después vendió, tras su ruptura sentimental con la polinesia Vaitiare. Es la isla perfecta para un botánico.Y allí están también los vestigios arqueológicos más extendidos de la Polinesia, los templos de Orohaehae y Marea, lugares de sacrificios para los dioses. Sus negras y talladas piedras volcánicas, muy bien conservadas, están casi en la playa, lo que le da a la isla un toque mágico. Fare es el pueblecito más grande y no tiene ni 200 metros de largo, eso sí, repleto de joyerías de lujo con las famosas perlas negras de Tahití, traídas de las granjas que hay por toda Polinesia.

Raiatea es la isla sagrada y primera que poblaron los polinesios. Sigue siendo la cuna de la cultura polinesia y su segundo polo económico. Cuenta, además, con la maravilla de tener un río navegable, el Faaroa, que se puede remontar en kayak hasta el jardín botánico. Pero la auténtica sorpresa llega por la mañana con el desayuno en la playa, con los pies en el agua, sobre esa arena blanca y a la sombra de los cocoteros.

La siguiente y última parada es Bora Bora, la Perla del Pacífico, la isla más famosa del mundo, la más espectacular y la más turística. Es una joya. Su maravillosa laguna (con magníficos hoteles a modo de cabañas construidas sobre palafitos) y su exultante vegetación la han convertido en punto de referencia de este paraíso en la Tierra. Aquí tienen casa los millonarios del planeta y aquí se construyó por las tropas americanas y durante la Segunda Guerra Mundial el primer aeropuerto de Polinesia, instalación que más tarde fue regalada a la Francia liberada de De Gaulle. En Bora Bora finaliza el crucero, pero no el viaje.

118 islas

Resulta obligada la visita a Tahití, la más grande de las 118 islas que componen la Polinesia Francesa. Su impulso turístico, como el de las otras islas, surgió en 1961 con la construcción del aeropuerto de Faa’a. Hasta entonces, los pocos y aventureros turistas llegaban en barco. Papeete, la capital, no es una ciudad llamativa, pues está bastante desparramada, pero el casco antiguo tiene su encanto y por la mañana resulta muy bullicioso.

Ya de noche, y en el malecón, en la zona donde atracan los grandes trasatlánticos repletos de turistas, una serie de chiringuitos móviles para cenar, las roulottes, resultan de lo más pintoresco y divertido, en una ciudad que, a partir de las ocho de la tarde, parece muerta. Todo lo contrario sucede por la mañana en los alrededores de su Mercado Central, un edificio de hierro de comienzos del siglo XX, repleto de flores, frutas, pescados, telas, cestos y pareos y abarrotado de gente. El interior de Tahiti es una selva bañada de cascadas. Visita obligada al Museo de las Perlas o a las joyerías, donde abundan (pero caras) las perlas negras más famosas del planeta.



 


 
 
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