Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 



Esencia portuguesa

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ALENTEJO. Más lejana de Lisboa que de Badajoz, esta tierra es una desconocida para miles de españoles

La historia, los paisajes interminables y unos hermosos pueblos incitan a visitarlo

MARÍA UNCETA


El Alentejo, entre el Tajo y la sierra del Algarve, ocupa un tercio de la superficie de Portugal. Cada vez que atravieso las casetas de la frontera -hoy auténticos fantasmas- y veo el perfil de Marvao, Elvas o Mourao, siento que he puesto pie en un país grande y digno, que aprecia lo hermoso y conserva sus valores. Además de los paisajes, casi intactos como consecuencia de la escasa industrialización, el Alentejo mantiene en pie la arquitectura culta y la arquitectura popular del pasado. Sus ciudades y pueblos están cuidados. Su artesanía es rica y variada. Los habitantes ofrecen al viajero lo mejor de sí mismos. Aunque son sólo algunas de las muchas que podrían exponerse, existen seis razones fundamentales que justifican un viaje al Alentejo.

PAISAJES Y LUZ

Con la excepción de la agreste Sierra de San Mamede, el norte del Alentejo es una sucesión de ondulaciones bañadas por el sol. Los olivos organizan con sus ordenadas filas las lomas y ofrecen a la vista un tablero verde y plateado. Cuando estos árboles se alternan con alcornoques, encinas y robles, la paleta de tonos se amplía. En las vaguadas se refugian las viñas que han encontrado un suelo propicio para multiplicarse, y sobre los oteros destacan las construcciones blancas de las haciendas, -llamadas ‘montes’- para recordarnos que el Alentejo ha sido durante siglos una región de latifundios.

Muy de vez en cuando se divisan los volúmenes blancos de una pequeña población, a menudo coronada por un castillo. Un milagro de armonía con el entorno. La mitad sur del Alentejo es el reino de la planicie y de los trigales, verdes o dorados, cada color a su tiempo. Y en la primavera, los campos lucen el morado, el amarillo y el rojo de sus flores. ¿Quién habló de monotonía?

LAS CIUDADES

Por esta vez no hablaremos de Évora, ciudad Patrimonio de la Humanidad y hermosa donde las haya. Ni de Estremoz, una población con magníficos monumentos hechos en mármol -piedra abundante en la zona- y eslabón clave en la historia de Portugal. En la mitad sur del Alentejo, Beja no llama la atención hasta que no se ha puesto el pie en su casco histórico. La primera e inolvidable imagen es la de la torre del homenaje de su castillo, una construcción militar que parece una filigrana pensada para despistar al enemigo: almenas historiadas, ventanas geminadas o en forma de herradura y, en lo alto, una balconada corrida más propia de una fiesta que de una batalla… Junto al castillo, pasa casi inadvertido un magnífico arco romano, la Puerta de Évora de la antigua muralla. Desde ésta se extienden hacia el interior calles hermosas flanqueadas por palacios, y van apareciendo la espléndida Logia renacentista, inspirada en la de la plaza de la Signoría de Florencia, que precede a la iglesia de la Misericordia; el convento de la Concepción, actual Museo Regional, de blanquísima piedra y remates que semejan labores de encaje, y el hermoso conjunto que forman el Largo de Conceiçao y el Largo dos Duques de Beja.

LOS PUEBLOS

En el Alentejo hay que dejarse llevar por las vías secundarias. El territorio está salpicado de pueblos y aldeas, en las que la blanca arquitectura rural alterna con iglesias de piedra, palacios rodeados de jardines, arcos, castillos, calzadas empedradas y aceras de mármol. Sólo un par de ejemplos. Alter do Chao es una pequeña población del norte alentejano, a 60 kilómetros del paso fronterizo de Valencia de Alcántara. Su reducido casco concentra un encantador castillo medieval, una fuente de mármol bajo un templete con columnas renacentistas, un puñado de iglesias barrocas, palacios y casas con fachadas de azulejo.

Al sur del Alentejo, resplandece en medio de la ‘Planicie Dourada’ el conjunto blanquísimo de Castro Verde. El pueblo perteneció en su día a la Orden de Santiago cuya cruz roja figura por todas partes. Vigilante como una fortaleza en medio de la llanura, la Basílica Real de Nossa Senhora da Conceiçao tiene sus paredes cubiertas de azulejos que narran la batalla de Ourique que tuvo lugar en el siglo XII.

LA ARQUEOLOGÍA INDUSTRIAL

Para llegar al complejo minero de Lousal hay que trepar por una colina; arriba se levantan los castilletes de las minas y el pasado se vuelve presente. Lousal se encuentra a orillas del río Sado, en el municipio de Grándola y no lejos de la costa Atlántica. Entre 1900 y 1988 las minas de pirita cuprífera estuvieron en activo, y en torno a este duro trabajo se creó todo un mundo de relaciones, una cultura y una forma de vida. Forman parte de todo ello los cantos de los mineros (reivindicativos, nostálgicos, festivos…) que pueden escucharse hoy en vivo mientras se almuerza en los comedores del Armazem Central, atendidos por esposas e hijas de mineros. Son también antiguos mineros, con Manuel Joao a la cabeza, quienes explican la historia de las minas, la bajada a los pozos, la vida de los trabajadores y sus familias, y la evolución y el cierre de las explotaciones mineras.

Nuevos proyectos, con los antiguos trabajadores como protagonistas, surgen en lo que fue el hospital, transformado en bar; en las oficinas reconvertidas en centro de artesanía; en las viviendas construidas en su día para los ingenieros que han sido transformadas en un agradable hotel, la Albergaria Santa Bárbara dos Mineros.

LA ARTESANÍA

Buen gusto y calidad son características de la artesanía alentejana. Cada zona tiene algo que ofrecer y el mapa de las labores tradicionales abarca toda la región. La alfarería (olaria) es variada e inacabable: barros cocidos, vidriados, pintados en colores lisos o combinados, o con caprichosos dibujos. Desde las ollas y vasijas de los alfares de Flor da Rosa hasta las elaboradas figurillas de Estremoz. Pero hay otras muchas artesanías de interés: los trabajos de hojalata de Alter do Chao; las alfombras de Arraiolos; los bordados de Nisa; los muebles pintados de Évora; las mantas de Monsaraz y Castro Verde; los trabajos en cuero de Montemor o Novo…

LOS MONUMENTOS MEGALÍTICOS

Se cuentan por miles en la región. Hasta tal punto forman parte habitual del entorno que los habitantes del Alentejo estaban acostumbrados a su presencia y hasta finales del siglo XIX no despertaron la atención de los investigadores. Menhires y dólmenes (antas, en portugués), muchos de ellos señalizados, salen al paso en los recorridos. El entorno de Évora es especialmente rico en estas construcciones, que pueden fecharse entre el cuarto y el tercer milenio antes de nuestra era. También en el norte del Alentejo hay numerosos ejemplares megalíticos. Uno de ellos, el menhir de Meada, en el municipio de Castelo de Vide, con más de seis metros de altura, pasa por ser el mayor de la península Ibérica.



 


 
 
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