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Un rincón del mundo

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'SKYLINE'. La joven economista Hui Ling disfruta de la puesta de sol frente al Centro Financiero Central. / Z. ALDAMA

Singapur, la ciudad-estado asiática, es un oasis de orden y riqueza en medio del caos del continente y constituye un crisol de las culturas que se han acomodado en el territorio durante siglos

Z. ALDAMA


Ya en el formulario de entrada queda bien claro que en Singapur no se andan con chiquitas: Death for drug dealers under singaporean law; pena de muerte para los traficantes de drogas bajo la ley de Singapur. Por si ese primer shock fuese insuficiente para desalentar a quien tenga intención de delinquir, la terminal del aeropuerto de la pequeña ciudad estado está patrullada por comandos especiales de la policía, que parecen recién salidos de Robocop. Tampoco es extraño que los oficiales de inmigración denieguen la entrada a indonesios y tailandeses. Es patente, desde el momento en el que se pisa suelo de Singapur, que este no es un país como el resto de los que componen el sudeste asiático. Orden, limpieza, seguridad, dinero.

Los 618 kilómetros cuadrados del territorio son un oasis de riqueza en el centro de una región en vías de desarrollo. En esta superficie, comparable a tan solo seis veces la de la ciudad de Barcelona, conviven seis millones de habitantes de cuatro culturas distintas. Chinos, indios, malayos y caucásicos han conseguido hacer de Singapur uno de los cuatro Dragones de Asia, junto a Hong Kong, Corea del Sur y Japón, y una de las ciudades más interesantes de la región.

Cuando en 1819 sir Thomas Stamford Raffles negoció para la compañía de las Indias Orientales la compra de Singapur al imperio de Johor (Malasia), ya tenía en mente cuál sería el modelo socioeconómico de la región: un puerto franco de grandes dimensiones que facilitara el comercio del imperio británico con el resto del sudeste asiático. En él convivirían, sin mezclarse, europeos, chinos, indios y malayos. Ciudadanos de primera, segunda y tercera. Comenzó a construirse una ciudad de corte típicamente colonial, con un ethnic quarter (barrio étnico) para cada uno de los cuatro grupos culturales. Pronto, la riqueza de la ciudad actuó como un imán para multitud de inmigrantes, especialmente de origen chino e indio. Los acontecimientos que siguieron conformaron el esquema actual del país.

La masiva inmigración china de la década de 1930 consiguió hacer de éste el grupo mayoritario de la población, aunque la minoría británica seguía controlando el imperio económico. La Segunda Guerra Mundial y la invasión japonesa cambiaron el rumbo de la ciudad: los británicos fueron expulsados y la isla quedó al borde del abismo. La economía se derrumbó y la población moría por desnutrición y a causa de enfermedades.

Cuando la guerra tocó a su fin y los japoneses se marcharon de Singapur, los ingleses fueron de nuevo bienvenidos. Pero el mundo no era el mismo: la era colonial británica se derrumbaba, y ahora su problema residía en cómo mantener el control económico en sus áreas de influencia sin el coste de la colonización. La solución no fue fácil. Primero Singapur pasó a ser parte de la Unión de Malasia y, finalmente, después de turbulentas décadas de conflictos sociales, consiguió la independencia en 1965. Nació entonces la República de Singapur.

Fronteras porosas

La composición social actual no es muy diferente de aquella que proyectó Raffles hace dos siglos. Los barrios étnicos perduran, y los grupos sociales raramente se mezclan. Los indios y malayos siguen perteneciendo en su mayoría a la clase obrera, ahora acompañados también por los tailandeses, los nuevos inmigrantes pobres. Hay quien compara Singapur con Nueva York: Chinatown, Little India, Arab Street...

«Nuestro país es el único en el sudeste asiático en el que se dan los problemas de Occidente», explica Hua Hong Koh, profesor de sociología en la Universidad Nacional. «Aquí confluyen Oriente y Occidente; budismo, hinduismo y cristianismo; valores tradicionales y capitalismo norteamericano. Todo esto hace del país un destino deseado para los inmigrantes. Pero si queremos mantener nuestro bienestar debemos impermeabilizar las fronteras», añade. Hui Ling es una joven economista de 25 años. Habla constantemente por un teléfono móvil que delata parte de su personalidad. Como muchos otros, está decorado como si fuese parte de su cuerpo. Pegatinas de Pokemon y lucecitas de colores que se adhieren al aparato y emiten destellos de colores chillones. Hui Ling viste una ceñida minifalda vaquera de Calvin Klein y una camiseta de tirantes rosa de Mango. Calza sandalias de piel de Gucci, y lleva un bolsito a juego. Es menuda, delgada, femenina y coqueta. A pesar de su nivel de vida, Hui es especialmente pesimista. «No sabemos hacer otra cosa que gastar dinero y vivir bien», se lamenta.

«No hay conciencia de ciudadanía, hemos llegado al sálvese quien pueda y sólo se piensa en el individuo. Supongo que eso es consecuencia del capitalismo y de la occidentalización, porque los valores tradicionales chinos, indios o malayos son muy diferentes. Sólo nos preocupa la marca impresa en nuestra ropa, las horas de batería del MP3, y de cuánto dinero disponemos para el fin de semana. Pero no para salir con los amigos, sino para comprar cosas».

La población ha empezado a cuestionar las bases en las que se asienta el sistema del país. Una de las críticas más frecuentes es el exceso de restricciones y normas, y los severos castigos que se imponen por su incumplimiento. A Singapur se la conoce como The Fine City, una acepción que tiene un doble sentido. Literalmente podría significar «una buena ciudad», pero la frase hace referencia a otro significado de la palabra fine: sanción. «La ciudad multa».

Por las calles son habituales los carteles con signos de prohibición de toda clase. Desde el clásico No fumar, hasta otros menos comunes como Prohibido importar chicle o Prohibido orinar en los ascensores. Cada uno de los avisos viene acompañado de otro en el que se detalla la sanción aplicable por su incumplimiento, multas económicas o penas de cárcel. Para los jóvenes, este hecho es extrapolable al funcionamiento general de la sociedad. Un factor que lastra la imaginación, la creatividad y las nuevas propuestas.

«El afán normativo no sólo se emplea para planificar el buen comportamiento de la sociedad -denuncia Rashid, un joven trabajador malayo-, sino que se extiende hasta el seno de las familias donde la organización es muy conservadora». Hui Ling está de acuerdo: «Nuestros padres pretenden educarnos en los valores tradicionales chinos, pero para hacernos vivir en una sociedad que nada tiene que ver con esos valores, y eso no es posible».

Shopping: para muchos la palabra que sintetiza la esencia de Singapur. Orchard road: la avenida por la que fluye el carácter del país. Aquí se mezclan todas las razas, grupos y edades con un mismo objetivo: comprar. Situada en el noroeste de la ciudad, Orchard es un mundo en sí misma. Casi todo lo que se levanta a sus lados son centros comerciales de dimensiones monumentales.

Es aquí donde se encuentra el verdadero espíritu de la nueva Singapur, ese del cual su juventud hace gala, que tira de la economía, y que al mismo tiempo es el objeto de su preocupación. Singapur está en un cruce de caminos en el centro geográfico del sudeste asiático, y su población se encuentra en una encrucijada, la que provoca situarse entre la tradición y la modernidad.



 


 
 
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