Viajar es una de las mejores escuelas para aprender a convivir». Es Juan Francisco Cerezo quien lo dice, y sabe de que habla. Este aventurero murciano ha recorrido el mundo entero con su inseparable bicicleta, ha hecho miles y miles de kilómetros a lo largo de los pasados quince años, ha pedaleado por África, América, Asia y Oriente Medio. Su última parada: la isla de Sumatra, en Indonesia. Regresó hace pocos días pero parece que su mente se quedó allá. No ha terminado de asimilar lo que ha visto. Además de ser una aventura humana y un desafió deportivo, el viaje era, ante todo, un proyecto a carácter benéfico. En sus maletas, Juan Francisco Cerezo y sus cinco amigos con quien emprendió el viaje (Trini García, Esther Nicolás, Juan Carlos López, Ángel Olmos y Roberto Mateos), llevaban cajas de medicinas y juguetes.
Al llegar allí se quedaron una semana en Aceh, la zona de Sumatra que sufrió los mayores daños causados por el maremoto de hace diez meses. El paisaje que encontraron era desolador. «De las casas casi sólo quedan los cimientos. La población duerme en tiendas de acampadas instaladas sobre lo que fueron sus casas. Además, no tienen ninguna manera de defender sus propiedades ya que los archivos han desaparecido. Por eso cada uno plantó un cartel sobre las ruinas de su casa donde se puede leer el nombre del propietario». En la ciudad, los seis aventureros descubrieron escenas insólitas tales como un ferry enorme en el medio de la calle. La población supo sacar provecho de esta situación casi sobrenatural: «Utilizan el motor del barco como generador eléctrico». Y quizás fue eso lo que más sorprendió a Juan Francisco. «La situación parece casi normal, la vida sigue como si nada hubiera pasado, los niños van a la escuela, la gente está alegre. Tienen una capacidad para superar los eventos que nosotros no tenemos».
Historias conmovedoras
Aprovecharon también para acercarse a la población y hablar con ellos del tsunami. Juan Francisco les dio la oportunidad de descubrir algunas historias personales, «todas muy conmovedoras». Por ejemplo encontraron un hombre de cuarenta años, único superviviente de las 18 personas con las que vivía, y que enseñaba las ruinas de su casa a Juan Francisco: «aquí estaba la cocina, aquí el salón, ...».
Hospitalidad, saber vivir y respeto son palabras que se repiten a menudo en la boca de Juan Francisco. Destaca el «trato excepcional» de la población hacia ellos, contando que siempre fueron acogidos a brazos abiertos y que muchos les han invitados a compartir mesa. «De ahí miro a nuestro mundo con más rabia. El Tercer Mundo somos nosotros. Deberíamos aprender mucho de ellos», asegura el aventurero.
En Aceh, los seis viajeros entregaron las medicinas que habían llevados a dos hospitales de la región, tomaron contactos con las ONGs locales, buscaron a huérfanos a quienes les pagaron programa de escolarización y ayudaron la población a levantar sus viviendas.
Después de Aceh, los seis compañeros se fueron rumbo a la isla Siberut donde vive la etnia Menta Wai. Para llegar, atravesaron una cordillera volcánica y una sierra donde pudieron percibir orangutanes. Una vez en Siberut, la dificultad fue encontrar a los Menta Wai, que instalaron su aldea muy adentro en la isla.
Para guiarse en el laberinto de árboles y otra vegetación, pidieron a una niña de acompañarles. «No tenía más de 15 años, pero era la única que conocía el camino para llevarnos hasta la etnia».
La ruta era tan complicada -«había barro, raíces, resbalábamos...»- que tuvieron que abandonar la bici e ir andando.
Los esfuerzos merecieron la pena. Descubrieron unos indígenas «muy agradables», a los que se les llaman los hombres flores, ya que, por las mañanas, los hombres de la etnia cogen flores y se hacen coronas con ellas. Llevan taparrabos con cortezas de árboles y el cuerpo tatuado. Cazan con arcos y flechas envenenadas. Los seis aventureros compartieron dos días con ellos, aprendiendo sobre sus hábitos. En sus bolsos, llevaban también un regalo: arroz. «Es un alimento que no consiguen y que sólo pueden comer cuando alguien se los trae», explica Juan Francisco.
Después de tres semanas, durante las cuales recorrieron unos 700 km en bici y otros 150 km andando, era hora del regreso. Quizás fue eso lo más difícil. «Cuando volvimos, estábamos fuera de órbita. El cambio de cultura era impresionante. Tardamos algunos días en acostumbrarnos de nuevo».
Para los recuerdos siempre quedará el diario que Juan Francisco rellenaba cada día y que sólo algunos privilegiados pueden leer. También quedarán las fotos; sacó más de 1000. Bastante para llenar varios álbumes. Y eso que Juan Francisco asegura que ha hecho «menos fotos que de costumbre. A veces, es mejor dejar la cámara en el bosillo y aprovechar plenamente lo que uno ve».