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La herencia de España en Estados Unidos

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EL LUGAR. La misión de San Antonio de Valero, después rebautizada como El Álamo, se alza en el corazón de la América profunda; Pero aquí está muy viva la huella española y la cercanía mexicana. . / RAMÓN DELGADO

San Antonio alberga la misión de El Álamo, que constituye el mito fundacional del Estado de Tejas

Sus habitantes consideran a los colonos del virreinato como los primeros ‘cow-boys’

RAMÓN DELGADO


El Oeste. El corazón de la América más profunda. El nombre de San Antonio evoca la estética del western. Y todo en la ciudad nos anuncia que estamos en una tierra forjada por tipos duros, curtidos a lomos de sus caballos, entre el ganado bravío y los horizontes inabarcables. La sorpresa llega cuando, desde el primer vistazo, nos asalta el rastro genuinamente español de su código genético. En Tejas, la frase «los españoles fueron los primeros cowboys» es un lugar común para un estado que cuelga la bandera rojigualda en las fachadas de sus principales instituciones junto a las barras y estrellas para reconocer un pasado que les llena de orgullo. Y en ningún lugar la huella es tan profunda como en San Antonio. Quizá porque aquí empezó todo.

El conquistador español Álvaro Nuñez Cabeza de Vaca fue el primer europeo que pisó territorio texano el 6 de noviembre de 1528. La palabra Tejas proviene del idioma indio caddo (táysha), que se traduce como «amigo» o «aliado». Los primeros colonos españoles que exploraron estas tierras llamaron así a los hasinai (los texas, donde la «x» se pronunciaba como sh en el español antiguo). La región pasó a llamarse Tejas por antonomasia. Apurando los últimos rescoldos del mito de El Dorado, los españoles del virreinato de Nueva España atravesaron la frontera del norte. Tras la barrera de polvo y piedra del desierto no encontraron el oro legendario, pero sí unos indios por cristianizar y una tierra fértil para la agricultura y el ganado.

Las misiones -herramientas vitales para el asentamiento español en el Nuevo Mundo- se establecieron a orillas del río San Antonio. Fray Antonio de Olivares fundó en 1718 la primera, San Antonio de Valero, más tarde rebautizada como El Álamo. Le siguieron, pocos años después, las de Concepción, San Juan de Capistrano, San Francisco de la Espada y San José. De la expansión del conjunto surgiría la actual ciudad de San Antonio.

Una vez reforzados los muros para repeler las acometidas de las tribus indias más beligerantes, como los apaches y los comanches, los misioneros se centraron en la evangelización del resto. Y, con la cruz, trajeron el idioma, los cultivos europeos y, lo que resultaría decisivo para la futura iconografía tejana, el ganado. El pastoreo en aquella tierra indómita imponía un carácter fuerte y un dominio absoluto de la cabalgadura, elemento imprescindible del vasto paisaje. Surgió entonces la figura del vaquero, cuyos aperos y códigos morales han perdurado, evolucionados, hasta hoy.

Por supuesto, ha llovido mucho desde entonces, pero las misiones aún constituyen el principal atractivo de San Antonio. El Sistema Nacional de Parques las gestiona todas... menos El Álamo. Porque ese sitio es especial, un mito que, desde 1905, cuidan con mimo las damas de la Fundación Daughter of the Republic of Tejas.

El Álamo es el altar en el que la sangre antigua y la nueva se derramaron juntas en sacrificio cruento que engendró el mito. Cuando la misión de San Antonio de Valero se clausuró en 1793, los religiosos repartieron sus tierras entre los indios. A principios de siglo XIX, los soldados de la compañía española de San Carlos de Parras se acuartelaron en la antigua misión, a la que rebautizaron como El Álamo.

Y, tras el colapso del virreinato, llegaron las tropas de México.

Los nuevos conquistadores convivieron en paz con los descendientes de los españoles y con la nueva ola de colonos procedentes de EE UU hasta la llegada al poder en México del general Santa Ana. Alertado por la imparable expansión estadounidense, el general comenzó a imponer trabas a la inmigración anglo.

Los tejanos viejos hicieron causa común con los estadounidenses y se rebelaron. El general reaccionó poniéndose en cabeza de un ejército de 4.000 hombres. Dos centenares escasos de rebeldes se atrincheraron en El Álamo, donde mantuvieron una épica resistencia de 13 días. Murieron todos.

Pero el espíritu de aquellos héroes impulsó a las tropas tejanas reunidas por Samuel Houston, que, al grito de «recordad El Álamo», derrotaron a los mexicanos pocos días después. Tejas proclamó su independencia y, nueve años después, en 1845, se incorporó a EE UU. Finalmente, los gringos se salieron con la suya.

Aunque hay que reconocer que no olvidan a sus antiguos aliados. En todas las alusiones al mito aparece el sacrificio de los tejanos de sangre española. Empezando por el gran centro de peregrinación. El escenario de la batalla de 1836 es hoy un espectacular museo. Pese a la ferocidad de los soldados de Santa Ana, se conservan los principales edificios, las acequias y parte de los jardines exteriores.

En la visita al Álamo el hito más emocionante es el muro en el que aparecen grabados los nombres de los mártires. Allí, entre ilustres del parnaso estadounidense, surgen los Juan Seguín, Gregorio Esparza y compañía: sangre antigua del otro lado del océano.

La huella española es patente también en el paseo por el resto de las misiones. La Misión Trail, una ruta de unos 20 kilómetros entre las calles de la ciudad, las conecta todas. A diferencia de El Álamo, estas cuatro misiones siguen funcionando como parroquias católicas. Comparten el estilo sobrio del colonialismo español, con pinceladas barrocas y mudéjares que conviven con la aportación de los indios autóctonos. Pero cada una ofrece un matiz diferente.

San José quizá sea la más espectacular. La mayor parte ha sido restaurada, incluida la cúpula que se yergue contra el cielo tejano como su gran seña de identidad. Concepción se mantiene esbelta y sana, con su cúpula de piedra y los frescos de la biblioteca en buen estado. San Juan tiene su gran baza en el sendero natural que la circunda, un remanso de paz. Y San Francisco presume de la acequia que, tres siglos después, sigue regando los campos de los descendientes de los primeros moradores.

Bajo cinco banderas

Tejas se jacta de haber visto flamear cinco banderas sobre su tierra: las de España, México, la República de Tejas, los Estados Unidos de América y los Estados Confederados de América.

Según los datos del censo del 2006, el Estado texano cuenta con una población de 23.507.783 habitantes. Esto lo convierte en el segundo estado más poblado de la nación solo por detrás de California. Por otro lado, es el único estado de EE UU que tiene tres ciudades con más de un millón de habitantes en la lista de las diez ciudades más pobladas en la nación: Houston, San Antonio y Dallas. Austin y Fort Worth, por su parte, están entre las 20 más pobladas.

Tejas es uno de cuatro estados estadounidenses en los que no son mayoría las personas de origen anglosajón (los otros son California, Nuevo México y Hawaii). Los grupos étnicos más numerosos de Tejas son: mexicano (25,3%), alemán (10,9%), afroamericano (10,5%), inglés (7,2%) e irlandés (7,2%). De ahí que no tenga declarado ningún idioma oficial, si bien la lengua más hablada es el inglés, empleada por el 68,8% de la población. El idioma español está en alza debido a la inmigración de mexicanos e hispanos de otros países. Actualmente el español lo habla el 27% de la población. En contraste, el resto de los idiomas registrados por los habitantes del estado -nada menos que 143-, los habla menos del 1% de la población.

La energía (un tercio de las reservas de petróleo y gas natural de EEUU), el sector químico, las telecomunicaciones, la ganadería y la industria aeroespacial -Houston alberga la sede de la Nasa- constituyen los puntales económicos de uno de los estados más prósperos de la unión. Este aumento de poder económico dio un importante papel a tejanos como Lyndon Johnson y George W. Bush, quienes sirvieron como presidentes de los EE UU.








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