La emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera es el principal causante del calentamiento global. La distribución de estos gases no es igual, ya que el dióxido de carbono, en una proporción de ocho a uno, es el elemento más presente. Reducir su dispersión se ha convertido en el desafío medioambiental de cabecera para muchos gobiernos, incapaces de cumplir lo convenido en Kioto. Sin ir más lejos, España tendría que pagar 4.000 millones de euros dentro de cuatro años tras haber rebasado, por décimo año consecutivo, el máximo de emisiones marcado por el acuerdo internacional.Una solución esperanzadora, por original, se ha planteado desde la Universidad de Nottingham, en Reino Unido. Allí, una joven científica española, Mercedes Maroto-Valer, lidera el Centro de Innovación en Captura y Almacenamiento de Carbono (CICCS, por sus siglas en inglés). El objetivo que persiguen es tan simple como ambicioso: desarrollar el ciclo perfecto de la energía basándose en el proceso fotosintético de los vegetales.
Para conseguirlo, un amplio equipo multidisciplinar está trabajando en un mecanismo capaz de capturar el CO2 liberado por las fábricas y transformarlo posteriormente en metano, el principal componente del gas natural.
«La técnica no es nueva, existe hace diez años. Lo que hemos hecho ha sido mejorar los catalizadores y llevar, en definitiva, la teoría a la práctica», indicó Maroto-Valer.
Las plantas toman CO2, agua y luz, y lo transforman en azúcares. De modo análogo y manejando las mismas variables, el equipo británico produce metano en vez de carbohidratos.
La investigación del CICCS es pionera en este campo, ya que no existe otro laboratorio en el mundo con dedicación exclusiva al ciclo del carbono. Naturalmente, el tiempo de aplicación de la rutina guarda estrecha relación con los fondos de los que se disponga. Actualmente el Gobierno británico está financiando con 1,1 millones de libras (alrededor de 1,3 millones de euros) el estudio, si bien el equipo científico está tratando de establecer acuerdos con empresas para sufragar experimentos adicionales.
Consultada sobre la necesidad de emigrar que tienen muchos científicos nacionales, Maroto-Valer lamentó la escasa inversión en materia científica que se ha venido practicando en España, para después reconocer que «ahora se empieza a invertir, seguramente porque los datos que arroja el cambio climático son muy alarmantes».
De comprobarse eficaz esta metodología, se podría preservar el medio ambiente sin tener que cambiar de arriba a abajo el proceso de obtención de la energía. Éste es uno de los problemas endémicos que presentan las soluciones propuestas al cambio climático, y el punto fuerte del «ciclo perfecto de la energía».
Un enfoque tan pragmático, más viable que reducir las emisiones o extender las energías renovables, sería una victoria en dos frentes: no sólo se eliminaría el grueso de los nocivos gases de efecto invernadero, sino que además se reciclarían en energía.
«Sólo se necesita -explica Maroto-Valer- gas, luz, agua y los catalizadores que nosotros hemos desarrollado. Ya estamos trabajando con empresas americanas e inglesas que los quieren poner en marcha. Es cuestión de optimizar los rendimientos».
«La idea -añade- es trabajar con las empresas que producen más CO2 para reducir su aportación contaminante. Estamos hablando con multinacionales termoeléctricas, petroleras y cementeras interesadas en aplicar estos procedimientos en sus industrias. El objetivo es que las líneas de investigación se conviertan en un producto comercial», subrayan desde el CICCS.
Pero no todo podía ser de color rosa. Ciertos aspectos relacionados con el uso y procesamiento masivo del dióxido de carbono despiertan suspicacias. Por un lado, el almacenamiento del citado gas no ofrece garantías de seguridad. Se desconoce con exactitud cuánto tiempo podría estar el anhídrido carbónico almacenado sin presentar riesgo. Además, depositarlo bajo tierra tendría unos costes altos en infraestructuras y plantea dificultades de acceso.
«Si se dan las condiciones óptimas, lo más inmediato es el almacenamiento en pozos de petróleo o minas de carbón. Una técnica en la que España está mal situada, pero es posible en otros países», explica Maroto-Valer.
Otro punto caliente es la posibilidad de fuga. Pese a que esta posibilidad podría quedar minimizada extremando las medidas de seguridad, los efectos sobre las personas y el medio ambiente de una gran fuga de CO2 serían imprevisibles.
Tampoco se puede olvidar que el dióxido de carbono, a pesar de su mala reputación, cumple un rol decisivo en el ciclo biológico. Amén de otro biogeoquímico, mucho más complejo, que regula la transferencia de carbono entre la atmósfera, los océanos y la litosfera. Un consumo irracional del gas sería, a largo plazo, tan perjudicial como las emisiones desmedidas.
En cinco años
En unas condiciones ideales, los científicos de la Universidad de Nottingham calculan que la idea podría estar implementada en las rutinas empresariales en un plazo de cinco años. «Es una vía de investigación -precisa la experta española- no la única. Es importante no centrarse en un solo proceso y que cada país diseñe una estrategia a tenor de sus necesidades».
En el caso de España, el «ciclo perfecto de la energía» sería muy efectivo, pues el 80% de la energía que consumimos proviene de los combustibles fósiles. Por el momento es un nuevo frente que se abre en la batalla contra el cambio climático, pero, de funcionar, podríamos estar ante «la solución definitiva».