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El impresionante Cañón de Almadenes
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| CAUCE PEREZOSO. El Segura se desliza con calma entre las tupidas frondas de ambas riberas, ricas en fauna y flora; es el llamado bosque de ribera o de galerķa. |
A lo largo de 4 kilómetros, el río Segura fluye salvaje entre un bosque de ribera y farallones de 150 metrosAquí anida la nutria, el galápago leproso y 7 especies de murciélagos, la población más importante de la Región
Alboreaba mayo y María José Alarcón convocó a un grupo de colaboradores y amigos a disfrutar de un paseo por el impresionante cañón de Almadenes, justo cuando los agricultores calasparreños echaban «a voleo» las semillas en los bancales -tal cual se hacía en el siglo XV- y las charcas exhalaban ese olor a humedad de tierra encharcada de continuo, razón por la que, a veces, quitan el agua para que el sol seque la ova y las malas hierbas.Las acequias de Calasparra conservan trazados muy antiguos; por la margen derecha serpentean las del Esparragal y Berberín, y por la izquierda las del Peralejo, Bayo y Rotas, esta última, una vía de agua fundamental en el contexto demográfico y económico de finales del siglo XV y principios del XVI. En la margen izquierda se suceden los pagos del Macaneo, Casablanca, Garita de Arriba, soto del Estanco, Rotas, el Baden, el Viso y la Mulata, un cerro yermo que es preludio del Cañón de Almadenes, espacio natural protegido donde el río, en la confluencia con el Quípar, su afluente, surca gargantas que superan los 150 metros de altura y se torna inaccesible por tierra, felizmente, pues aquí se conserva, como un tesoro, uno de los dos bosques de ribera que quedan en la comunidad murciana, patria del álamo y la gineta, el sauce y el mirlo acuático, el olmo, el martín pescador, el baladre, la garza real, el acebuche, la higuera, el cernícalo, el helecho, el halcón, la orquídea, el águila dorada, el búho real, la hiedra, la nutria, el cormorán, el lirio carrizo, el barbo que por estos pagos alcanza los diez kilogramos de peso. De los bosques de ribera murcianos que existían a principios de siglo sólo queda un 10%, y en los últimos 25 años, la mitad de ese porcentaje ha sido deforestado por iniciativas oficiales; es primordial, por tanto, la conservación de estas feraces selvas fluviales que perduran en torno al caserío de Cañaverosa, en las encajonaduras de Los Almadenes y en la abrupta confluencia del río Quípar: los expertos comparan la vegetación de los bosques de ribera a la de las selvas húmedas del trópico. Az Zuhri, geógrafo andalusí, quien para José Manzano es el que mejor describe el curso alto del Segura, dejó constancia en el siglo XII de que el río, a la altura de la ciudad arrocera, «sigue su curso y recibe a continuación las aguas del río de Calasparra (el Quípar), entrando después en una angosta garganta conocida como la Fuente Negra. Dicho lugar es una de las maravillas del mundo. Creó Dios aquel estrechamiento o garganta, partiendo en dos una montaña de mármol rojo (.) No penetra allí el sol sino cuando está en el signo de Géminis, es decir, cuando el día es más largo». Para soñar El paseo por el río Segura es una especie de sueño, un viaje de retorno a la niñez, una invitación al sosiego y a la cordura. El agua avanza perezosa bajo esa galería vegetal que, en algunos tramos, evita que los rayos del sol traspasen sus frondas: pinos carrascos, álamos negros y blancos, acebuches, parras vírgenes, sauces, olmos, tarays, higueras, fresnos, cañaverales, aneas, zarzamoras, coscojas y rosales silvestres crecen en las márgenes del río dispuestos en bandas paralelas según el grado de humedad del suelo o la pendiente de las orillas. El excursionista se adentra en el río con la prevención del que cruza un espacio desconocido, a cuyo valor biológico y paisajístico se suma el efecto de presa natural frente a las grandes avenidas de agua y la consiguiente sedimentación de limo que va fijando los márgenes del río y actúa como fertilizante natural: así se formó la huerta de Murcia. La belleza del paraje es innegable, pero lo que cala en el navegante ocasional, lo que espeluzna es la contemplación de un río en estado puro, el vuelo rasante de la garza real, la cueva de las nutrias, el limo acumulado desde hace 10.000 años, la palmera que desmaya sus alas sobre la espesura. En las estribaciones de las sierras del Molino y de la Palera, que enmarcan este paisaje, hay restos de molinos, sotos, dunas de interior, abrigos prehistóricos con pinturas rupestres datadas hace 4.500 años, figuras humanas de estilo esquemático, escenas de pastoreo en la cueva del Pozo, centrales eléctricas, cables extendidos sobre la superficie que se utilizaban para cruzar a la otra orilla. El trayecto es una evocación de las viejas almadías, embarcaciones de remo o conjunto de maderos unidos que se conducían flotando río abajo. En este caso, remar es un aliciente añadido,aunque sólo se utilizan los remos para alejarse de las orillas o evitar las ramas de algún álamo suspendido sobre el agua: nunca ha habido accidentes, a lo sumo alguien se ha caído al agua, quizá para bañarse El último tramo es el más emocionante debido la altura de los escarpes. Son los almadenes del Quípar, donde el río serpentea entre paredes que superan los 150 metros de altura, antes de entregar su caudal al río Segura, frente a la casa de la Maestra, que va a rehabilitarse como casa rural y Centro de Interpretación. No menos de diez mil personas visitan cada año este paraíso terrenal, un tercio de ellos escolares que descubren el auténtico río Segura, caudaloso, verde, denso, tranquilo, zigzagueante, un espacio que ha sobrevivido a los siglos. Su salvaje belleza lo convierte en un espacio inolvidable.
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