EN MARCHA. Ascenso a la cumbre del Monte Moisés. / LV
CARMEN FUENTES
La península del Sinaí mezcla paisajes desérticos y mar azul, en cuya orilla se han construido complejos turísticos de todas las categorías, que tienen en Sharm el Sheik y Naama Bay sus epicentros. Ambas son una especie de ciudades artificiales levantadas en los últimos 20 años, al amparo del desarrollo turístico. Sharm el Sheik es un zoco, una pura tienda, donde todo el mundo habla lo preciso en cualquier idioma para encasquetar al visitante los más variopintos objetos, mientras invitan a un té en aras de la hospitalidad árabe. Lleno de restaurantes y cafés, y con las tiendas abiertas toda la noche, es el único lugar de «shopping» de una zona (aparte de las tiendas de los grandes hoteles), porque todo lo que nos rodea es desierto que los más osados recorren en quads, peligrosísimas motos, tan de moda y tan inestables (sé de qué les hablo).
Desgraciadamente, y antes de la excursión, ninguna agencia avisa de sus peligros, algo que sí hacen los monitores de buceo con el manejo de las bombonas de oxígeno, que exigen al cliente firmar la asunción de los riesgos de este deporte.