Suplemento especial del diario LA VERDAD
 
 
 


RUTAS

Cerezos en los valles de la Marina Alta

Foto
BARRANCO DEL INFIERNO. Tiene 14,5 kilómetros de longitud y une los valles de Ebo y Laguard. La ruta sólo es apta para experimentados montañeros.

A la entrada del alicantino Valle de Ebo se ven frutales y ramas vencidas por el peso de las frutos que alegran el camino

El río Girona, a lo largo del tiempo, ha labrado entre dos valles una hendidura llamada el Barranco del Infierno


El silencio reina en los valles de la Marina Alta. Son los últimos coletazos del sistema Bético, la cordillera alpina más importante de la Península Ibérica que, antes de sumergirse en los azules del mar Mediterráneo, deja atrás una imponente barrera de montañas calcáreas, desnudas y redondeadas, sierras muy antiguas -las jóvenes son puntiagudas- partidas en dos por cañones profundos que parecen llegar a las entrañas de la tierra.

Un puerto de montaña (CV-712) separa la ciudad de Pego del Valle de Ebo, apenas doce kilómetros de carretera sinuosa, ceñida y empinada que, en tan corto espacio, asciende a 600 metros desde el nivel del mar, una subida vertiginosa jalonada de castillos en ruinas, frondosas heredades, una reserva de caza, peñascales, quitamiedos, hinojos, peonias en flor y una panorámica memorable del litoral de la Marina Alta alicantina.

Vencida la cumbre, la carretera pierde altura y regala unos pocos miradores que detienen el tiempo y la respiración: montes quemados, agrestes relieves, apriscos de piedradonde guardar el ganado, rodales de pinos, terrazas de almendros, cursos de agua que a lo largo de siglos han labrado despeñaderos tan escalofriantes como el Barranco del Infierno, ríos de cantos rodados y adelfas, huertas fecundas y ramas de cerezos vencidas por la abundancia de un fruto que ha contribuido a divulgar el nombre de estos valles poco habitados y desconocidos.

Un cocinero de altos vuelos, Quique Dacosta, ha consagrado el gazpacho de cerezas del valle de la Gallinara, de golosa y delicada textura. En El Poblet (Denia), Dacosta oficia una cocina basada en las algas, el enebro, la galera, el aloe vera, los germinados, el bróculi, la naranja sanguina, las verduras de hoja, el arroz, las hierbas, las flores y las cerezas de los valles de la Marina Alta.

El Valle de Ebo aguarda al caminante en la umbría de la sierra de la Carrasca (964 metros), junto a un río Girona de cauce precario que busca la sombra de una chopera. Un tapiz de verduras y frutales abrazan este pequeño núcleo de población, cuya parroquia, fechada en 1816, parece añadida a una fortificación de altos ventanos y muros de piedra. El campanario, abierto al aire, despierta a los 330 vecinos empadronados que se dedican a las tareas agrícolas: elaboración de aceite y embutidos, pastoreo, cultivo de almendros y viñas, hortalizas para consumo propio y predominio de cerezos en los bancales que se entreveran de manzanos, perales, algarrobos, naranjos, limoneros...

Gabriel Miró

El río Girona se desvía hacia el este y bordea las tapias del pequeño cementerio verdecido por media docena de cipreses. El escritor Gabriel Miró, vecino de Polop de la Marina, compró una granja en Parcent donde pasaba los veranos: «La era delante de la solana; un fondo de álamos en sendero que se va alejando y cerrando, pequeñito y azul; un pueblo cerca, con su calvario de escalones de cipreses...».

En el corazón de la Marina Alta se conservan tradiciones de otro tiempo con la misma naturalidad que se cultiva la tierra. Los vecinos desconocen la prisa, hablan un valenciano cerrado, atienden a los visitantes y les indican, afables, donde queda la casa rural más próxima, la cueva del Rull o Alcalá de la Jovada, cabeza del valle de Alcalá, residencia del legendario caudillo Al Zaraq, que se enfrentó a Jaime I El Conquistador y murió a los pies de la muralla de Alcoy en 1276. Junto al ayuntamiento de Alcalá se alzan los muros de una fortificación que pudo ser su alcazar. Una lápida lo recuerda.

Cinco siglos de dominio musulmán han dejado especial huella en estos valles, no en vano la definitiva expulsión de los moriscos se produjo en el año 1609. Ese pasado morisco pervive en el paisaje, como el olor de las viejas masías de la Marina.

Alcalá dista 18 kilómetros del Valle de Ebo. De abril a junio las cerezas también dan color a las vegas y el sotobosque desprende un profundo olor a brezo, espliego, tomillo y romero. Eso sí, en los inviernos, el cielo se encapota y las nubes bajas ocultan las montañas de los alrededores.

Patria de apátridas, refugio de moriscos, cabreros, maquis y poetas, en estos valles cuajados de fruto rojos han sobrevivido trece pueblos de origen musulmán, apéndices de los municipios de La Gallinera, Alcalá, Ebo y Laguar, espacios de libertad donde la naturaleza se ofrece pura e invita a conocer una docena de senderos de pequeño recorrido e itinerarios ciclistas por caminos agrícolas y pistas forestales. La ruta más tentadora y ambiciosa es la del Barranco del Infierno, aunque sólo la afrontan los escaladores más avezados. Ceñida por la sierra de la Manzaneda (725 metros), es una de las travesías naturales más hermosas de la geografía valenciana. Une los valles de Ebo y Laguard a lo largo de un recorrido de 14,5 kilómetros y en sus laderas zigzaguean 6.500 escalones de piedra; para la Federación Valenciana de Montañismo esta ruta es la «catedral del senderismo».

De regreso a Pego, pasada la Heredad de San Juan, verá el castillo de Pego que circunda un cabezo amesetado. Pego es una ciudad industrial, agrícola y turística que conserva un patrimonio histórico artístico del que destaca la iglesia arciprestal de la Asuncion edificada en el siglo XVIII.

El Valle de Ebo es un tesoro mayor, especialmente cuando se desploma la luz y el silencio pasea por el filo de los montes.



 


 
 
© La Verdad Digital S.L.U.
C/ Camino Viejo de Monteagudo, s/n. 30160 - Murcia.
Teléfono: 968 36 91 00. Fax: 968 36 91 11
internet@laverdad.es