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Por José A. Lozano Teruel 15/07/2002 |
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Dibujo creado por Alex |
Trancurridos más de 200 años tras la muerte del genial músico,
se descubrió, siempre rodeado de polémica, el que se ha bautizado
como efecto Mozart, divulgado tras los sorprendentes resultados expuestos, por
la psicóloga de la Universidad de Wisconsin Frances Rauscher y el neurobiólogo
Gordon Shaw, en 1993, en la revista NATURE, respecto al efecto sobre el cerebro
de la audición de la sonata para dos pianos en re mayor, K448, de Mozart.
Efectivamente, grupos de estudiantes, después de haber escuchado durante
10 minutos la sonata, mejoraron temporalmente su razonamiento espacio-temporal,
medido mediante pruebas objetivas de coeficientes intelectuales, en cuantías
de 8 ó 9 puntos.
| Después
de haber escuchado durante 10 minutos la sonata K448 de Mozart, grupos de estudiantes
mejoraron temporalmente su razonamiento espacio-temporal en cuantías de
8 o 9 puntos, medido mediante pruebas objetivas de coeficientes intelectuales |
| Muchos años antes, Albert
Einstein, que aparte de extraordinario científico era un experto mozartiano,
había señalado que: «la sonata K448 es una de las más
profundas y maduras de todas las composiciones escritas por el compositor».
Según parece, acostumbraba a escucharla en sus momentos más creativos.
Coeficiente intelectual Entonces, ¿la audición
de esa sonata u otras posibles piezas musicales, mejoran los coeficientes intelectuales
de los escuchantes, o al menos, algunas de sus actividades cerebrales?. La discusión
no es baladí ya que interesa a uno de los debates más interesantes
de la neurociencia contemporánea: el de la plasticidad cerebral. Las dos
posturas extremas estarían representadas por los seleccionistas y los constructivistas.
Los primeros sostienen que nuestro genoma determina las conexiones cerebrales
y, por tanto, esencialmente, la capacidad intelectual del individuo está
determinada desde el nacimiento. Los constructivistas sostienen que la actividad
neuronal, tanto intelectual como motora, modula el desarrollo del cerebro sin
un determinismo a priori. Para los primeros el medio ambiente ejerce su influencia
en la ontogenia de la especie; para los segundos, en la filogenia. Posiblemente,
el punto de equilibrio, y la razón, se encuentre en lo expuesto por Cajal
en 1894: «el órgano del pensamiento es, dentro de ciertos límites,
maleable y puede ser perfeccionado...por una bien estructurada gimnasia mental».
Dos
años después de su primera investigación Rauscher y Shaw
extendían sus hallazgos con investigaciones con 79 jóvenes que deberían
averiguar la forma que tendrían unos pedazos de papel tras doblarlos y
cortarlos de cierto modo. Tras obtener las respuestas, se dividieron en tres grupos,
a los que se ofrecía, respectivamente, la sonata K448 de Mozart, una composición
minimalista de Philip Glass, o silencio. Tras ello, se repetía la prueba.
Los resultados mostraron que el grupo que había escuchado a Mozart acertaba
un 62% más que la vez anterior, mientras que la mejora de los otros dos
grupos se situaba en solo un 10%.
Terapia musical El interés
suscitado por estos hallazgos hizo que apareciesen numerosas iniciativas, sobre
todo en Estados Unidos. En el estado de Georgia, se les entrega a todas las nuevas
madres una cassette Otro regalo semejante, a todas las madres, hace la Academia
Nacional Americana de las Artes y Ciencias. Y una reciente ley de Florida obliga
que todos los niños con edades inferiores a cinco años escuchen
en sus colegios 30 minutos diarios de música clásica.
De
un modo paralelo y rápido también se ha desarrollado la conocida
como Terapia Musical para el tratamiento de diversas enfermedades. Al último
Congreso mundial de Terapia Musical asistieron más de 2.500 participantes
procedentes de 44 países.
El médico francés Alfred
Tomatis, que ha dedicado más de 50 años de su vida al estudio de
los efectos fisiológicos del sonido fue quien usó por primera vez,
en los 50, el término efecto Mozart, que fue patentado poco después
por Don Campbell un controvertido escritor-psicólogo-terapeuta-educador
musical. Con ese título, en 1997, escribió un libro, pronto convertido
en gran éxito de ventas, traducido a 14 idiomas y millones de ejemplares
vendidos, con 8 CD anexos, 5 para niños, 2 para bebés y 1 para el
feto antes de nacer. En muchas tiendas musicales se abrieron secciones especiales
dedicadas a las ediciones específicas que varias compañías
discográficas han realizado de composiciones a las que se les pretende
adjudicar un cierto efecto Mozart. Lo cierto es que Campbell y lo que le rodea
constituye, desde hace unos años, un verdadero imperio financiero.
Mientras
tanto, bastantes investigadores han mostrado su escepticismo respecto a la naturaleza
y magnitud del efecto Mozart. Varios estudios de Iwaki y Larkin, publicados entre
1995 y 1999, sugieren que cualquier mejora temporal se debe más a un cambio
de ánimo que a un aumento de actividad cerebral por la audición
musical. Y, otros investigadores, como Steele y Newman, no fueron capaces de repetir
los resultados positivos de Rauscher. Y, lo más significativo, fue el estudio
realizado por Christopher Chabris, de la Harvard Medical School, publicado en
1999 en la revista NATURE. Tras analizar 16 investigaciones previas concluía
con la aseveración general de la inexistencia de mejoras estadísticamente
significativas en los coeficientes intelectuales de los oyentes, concluyendo que
«escuchar la música clásica es bueno para los niños,
pero no porque los vayan a hacer más inteligentes».
En uno
de los últimos números de la revista JOURNAL OF THE ROYAL SOCIETY
OF MEDICINE el Dr. J. S. Jenkins ha realizado una excelente recapitulación
respecto al efecto Mozart. El efecto Mozart existe, pero hay que delimitarlo y
estudiarlo con más profundidad. He aquí algunos hechos recientes:
1. Usando ratas como animales de experimentación, tras escuchar la sonata
K448, salieron más rápidamente de un laberinto que las expuestas
a silencio o música minimalista.
2. En cuanto a niños, tras
6 meses de clases de piano y aprender a tocar melodías simples (incluyendo
a Mozart), mostraron mejores resultados en los tests espacio-temporales que otros
niños que dedicaron el mismo tiempo a los ordenadores.
3. No es
la música de Mozart la única en producir esos efectos favorables.
Algunas melodías contemporáneas también lo hacen, como ciertas
composiciones del músico griego-americano Yanni, cuya música new
age, analizada informáticamente, ha mostrado poseer una estructura similar
a la de Mozart.
4. Las técnicas tomográficas y otras han
mostrado que el cerebro humano utiliza diversas zonas para procesar la música.
El ritmo y el tono tienden a procesarse en el lado izquierdo; el timbre y la melodía
en el derecho. Las zonas que corresponden a tareas espacio-temporales se superponen
a las musicales, por lo que el profesor Jenkins afirma que «la audición
musical podría estimular la activación de las zonas cerebrales relacionadas
con el razonamiento espacial».
5. El principal y más claro
efecto Mozart, con la sonata K448, ha sido su gran acción disminuyendo
la actividad epileptiforme en un gran número de pacientes con diversos
grados de gravedad de episodios epilépticos.
6. ¿Cuál
es el componente mágico del efecto Mozart?. Los potentes análisis
realizados informáticamente sobre la naturaleza de la música de
varios compositores ha mostrado que la que posee propiedades sobre el razonamiento
espacial o la epilepsia, como la de Mozart y Bach, posee una «periodicidad
de largo plazo», que no tiene el resto de música sin efecto. Ello
consiste en formas de ondas que se repiten regularmente, pero espaciadas. En
resumen. Hace falta profundizar científicamente más en las relaciones
entre música y actividades cerebrales. Mientras tanto deleitémonos
con la de Mozart y aconsejemos que hagan lo mismo nuestros futuros arquitectos,
matemáticos, pilotos, controladores aéreos, jugadores de ajedrez,
etcétera, cuyas habilidades espacio-temporales son esenciales. Epilepsia
En algunos países europeos, como Gran Bretaña, una persona de cada
130 sufre epilepsia. Un estudio realizado sobre 39 pacientes con epilepsia severa,
midiendo sus ondas cerebrales, reveló que la audición de la música
de Mozart redujo significativamente la actividad epiléptica en 29 de ellos.
En bastantes pacientes, la presencia de ondas epilépticas se redujo a la
mitad de tiempo. Al interrumpir la música la mayoría de los efectos
favorables disminuyeron.
Persistencia
Lo más llamativo del efecto Mozart es la disminución de los episodios
epilépticos. Para comprobar también si se dan consecuencias a largo
plazo a una niña de 8 años que sufría episodios epilépticos
durante el tiempo diario que estaba despierta se le hizo que escuchase la sonata
K448 de Mozart durante 10 minutos cada hora. El número de episodios ee
redujo desde 9 en las primeras 4 horas.
Sensatez Frances
Rauscher, la investigadora y profesora de psicología de la Universidad
de Wisconsin-Oshkosh, que realizó el primer estudio experimental en 1993
está escandalizada con el grado de explotación comercial del efecto
Mozart. En todas sus conferencias deja claro que no existe evidencia científica
de que al escuchar algún tipo de música se incremente la inteligencia. |