Para llegar a San Juan de Gaztelugatxe, la ermita
en la que se casaron Anne Igartiburu e Igor Yebra, hay
que subir 203 escalones de piedra. Los que de niños
veraneábamos en esa preciosa zona lo recordamos
muy bien porque los trepamos muchas veces, jugando a
ver quién llegaba antes y perdiendo el resuello,
ya que además nos habían dicho que si
los escalabas de un tirón, y al llegar arriba
tocabas la campana, jamás en tu vida tendrías
un dolor de muelas.
No sé si fue porque los subí en más
de una ocasión de carrerilla y porque toqué
con gran entusiasmo la campana, pero lo cierto es que
las muelas, hasta ahora, me han dado más bien
poca guerra. Eso sí, nadie ha dicho que los mágicos
poderes que se le atribuyen a Gaztelugatxe en el terreno
de la estomatología puedan hacerse extensivos
a la ciencia siempre inexacta del matrimonio.
Anne Igartiburu subió aquellos 203 escalones
en septiembre de 2004 desafiando el más difícil
todavía: vestida de novia y sobre unos tacones
de vértigo. No buscaba evitar un dolor de muelas,
sino reunirse con el supuesto hombre de su vida y casarse
con él para siempre. El resultado, menos de dos
años después, es la tramitación
de un divorcio; algo infinitamente más doloroso
que el peor de los flemones.
Dicen que lo que ha separado a Igartiburu y Yebra es
la distancia. Pero eso resulta tan vago e inexacto como
culpar a la convivencia. La distancia ya existía
en sus años de noviazgo y los mantuvo tan unidos
como para pensar en casarse y en adoptar una hija.
El problema suele ser otro: descubrir que el matrimonio
es una empinada escalera zigzagueante con muchos más
de 203 escalones; que subirla duele, y que la tentación
de apearse es enorme. Porque, encima, no quita el dolor
de muelas.