Hay mucha gente preocupada en Madrid por si a Victoria
Adams pudiera haberle dado algo: un mal aire, una ligera
parálisis facial que le impide sonreír.
Esta semana, la esposa de Beckham acudió a recoger
un galardón, ganado sin el menor esfuerzo Premio
a la mujer Elle internacional, ya me dirán
y se subió al escenario con una cara (creo
que María Antonieta iba bastante más animada
al patíbulo). Que o bien es que a esta chica
le deben y no le pagan o bien estaba a punto de hacerle
efecto el Fave de Fuca.
Victoria estaba con su madre, y se agarraba a ella como
un náufrago se aferra a un tablón, así
esté lleno de clavos, en mitad del océano.
Que te vistan los mejores modistos, te pongan de joyas
hasta arriba los más exclusivos joyeros, te maquille
y peine el más inspirado estilista, te calce
el mejor zapatero todo ello gratis total,
te agasajen con un premio y hasta te aplaudan, y tú
reacciones con cara de aburrimiento y fastidio es raro,
por no decir increíble. Salvo que pertenezcas,
como Victoria, a la familia Adams y tengas un singular
concepto del mundo.
Será por los paparazzi, pero cada vez que pisa
España a esta británica se le pone cara
de explorador victoriano en territorio caníbal.
Como si en su país no cocieran habas
Dicen allí y aquí que los Beckham están
en crisis. Él lo ha negado en un comunicado.
Y ella, más subliminal, se ha puesto una camiseta
que dice: «Puede que no sea perfecta, pero hay
partes de mí excelentes». A lo que Paquirrín,
muy patriota, ha respondido con otra camiseta que reza:
«Qué suerte tengo, Señor, de haber
nacido en Sevilla». Ahora se espera la respuesta
de Victoria con un ajustado top que proclame: «Donde
esté el Big Ben que se quite la Giralda».
Digo.