Un contratiempo obligó a la actriz a cambiar su Galliano por un Versace en una noche donde la más elegante fue Helen MirrenL
La actriz española Penélope cruz...radiante / AP
La noche de los Oscar fue como siempre la de las paradojas, la de los contrastes entre el altruismo benéfico que recaudó más de dos millones de dólares contra el sida en la fiesta de Elton John, y la exhibición impúdica de pedrerías, brocados y joyas de Chopard, Van Cleef o Harry Winston.
Entre la moda de la sostenibilidad inducida por Al y Tipper Gore y los cocktails Velvet Rope a base de Dom Perignon Rosé y Chambord, por cierto muy de moda en el Windows Lounge del Four Seasons.
Una noche de frívola concienciación, claro, pero sobre todo una noche para pasar sin pudor del cine y de sus premios a la batalla del corte y de las formas decididas por publicistas y estilistas.
En esto, en la incruenta guerra del gusto y de la proporción, la vencedora evidente fue Helen Mirren, cuyo tailleur color champán de Lacroix era un prodigio de elegante contención, desde el brocado en el cuerpo al vuelo simétrico de la falda. Ahora bien, como quiera que el estilismo americano y los millones de vouyeurs televisivos sólo querían sensualidad de marca a granel, pues nada como una noche protagonizada por los cristalitos de Swaroski, por los vestidos de un hombro al descubierto y, en muchas ocasiones, por la apertura generosa de la cadera hasta el Averno. A cierta distancia de ese estereotipo, tal vez las mejores fueron Penélope Cruz y Cameron Díaz.
En cuanto a la española, la rotura de una inoportuna cremallera obligó al cambio de Galliano por Versace, lo cual incrementó su sex appeal a la europea con un entallado bustier de seda y una complejísima cola de plumas con mucho vuelo. Por su parte, el original Valentino blanco con escote de medio barco de Cameron Díaz y sus pendientes Cartier que costaban 2,9 millones de dólares entonaron a la perfección con un atractivo peinado de corte retro. Peor estuvo Nicole Kidman, ya que el rojo eléctrico de su Balenciaga y el lazo desmesurado que nacía de un hombro drapeado parecían el resultado de un mal sueño de Ghesqhière.
Lo mismo que el diseño medio art-decó lucido por Gwyneth Paltrow, con un imposible color de melocotón tostado. Otra cosa fue el Armani Privé metálico, asimétrico y muy ceñido de Cate Blanchett, tal vez ensombrecido por el fulgor de la pulsera de Lorraine Schwartz o la pedrería de Swaroski que colgaba en el hombro.
A falta de los vintage de otros años, Kate Winslet hizo acompañar a su Valentino asimétrico de una bufanda trasera con un bolso decorado con tres monedas de Alejandro El Grande, lo cual fue un alarde de clasicismo multimillonario. Y para no perder comba, Jennifer López se presentó con un horrendo modelo a lo Medea elegido por Marc Anthony, cuyo entallado se fijó a propósito en el esternón.
Con todo, lo peor fue el disparatado bolero metálico de pintón con el que Jennifer Hudson destrozó su vestido diseñado por Oscar de la Renta; y el tirante de conchitas y moluscos adosado a un vestido drapeado de color verde menta, con el que Beyoncé casi arruina el buen nombre de Giorgio Armani, triunfador absoluto de la noche con los esmoquin masculinos.