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 CORAZÓN DE  PAPEL

CORAZÓN DE PAPEL - GENTE
«En la isla me ven como a una marciana y ellos lo son para mí»
G. E
La cooperante es consciente de que su integración cultural en Bali es imposible
BEGOÑA LÓPEZ, con fotografías de lisiados favorecidos por la ONG Kupu-Kupu en Bali.

Un día, antes de denegar su enésima petición de fondos y acompañarla a la puerta, le dijeron que era un Quijote sin Sancho y que fracasaría en su lucha contra los molinos tropicales. «Cuando nadie da un duro por ti, te sublevas y te creces», asegura. Y suma este motivo a las primeras razones que contribuyeron a mantener su empeño.

También se siente afortunada por contar con una motivación que la anima aún a luchar. «En España faltan causas para el compromiso», lamenta. En los últimos años, su abanico de causas se ha ampliado. Se ha casado con Made, aquel joven que la conducía por las aldeas arroceras en busca de lisiados sin recursos, y de la unión nació, hace tres años, una niña de ojos almendrados que se llama Niluh.

Poco después del parto, una enfermedad infecciosa los llevó urgentemente hasta un hospital de Singapur. «Fue espantoso», recuerda. «Creía que nos moríamos los tres». Entonces se descubrió una privilegiada, lo admite con cierto pudor. «Pudimos pagar los billetes del vuelo y conseguir una atención sanitaria de la que todos allí carecen». Debido a su matrimonio con un nativo, y por respeto a las tradiciones locales, se ha convertido al hinduismo, la fe mayoritaria en la isla. «En Bali se vive para la religión y el trabajo es secundario», explica. «Nuestra vida es una constante celebración de ceremonias y he tenido que poner un orden, porque los empleados de la ONG pedían permiso para asistir a ellas de un día para otro y aquello era un caos».

Más allá de etiquetas espirituales, Begoña no ha cambiado sus hábitos. «Rezar, yo sigo rezando», señala. «Yo entro a un templo y me sigo dirigiendo al mismo Dios, sea cristiano o no».

Cada vez más lejos

Admite que ni su boda ni la maternidad la han acercado a un mundo extraño, demasiado exótico para una occidental. A pesar de su tesón, las fronteras culturales permanecen más o menos infranqueables. «Yo cada vez me siento más lejos de ellos», confiesa. «Me ven como a una marciana y ellos lo son para mí. En Bali el 95% de la vida gira en torno a la vida comunitaria y los ritos».

Según confiesa, cada cierto tiempo necesita relacionase con gente con la que comparta cultura y mentalidad y, a través de Internet, se asoma al mundo y contacta con turistas de Japón o Australia que le facilitan sillas de ruedas. «Me dicen que han disfrutado mucho en la isla y que quieren colaborar con esta labor», cuenta. «También recibí muchos mensajes de solidaridad cuando se produjo el atentado terrorista en la zona turística».

Tras seis años fuera de España, sus visitas le demuestran que tampoco pertenece ya plenamente a la sociedad de origen. «Vosotros no sois conscientes de los cambios, pero se producen con celeridad», asegura. «Me sorprenden cosas tontas como la telebasura, los famosos de hoy en día, que haya periodistas haciendo esas cosas y el boom de los centros comerciales. ¿Me alucina ver un carrito de la compra totalmente lleno y a la gente tan apresurada!»

En su isla, nadie tiene prisa y los niños se ríen de su forma de caminar un tanto acelerada. Allí todo es muy relajado, la gente se desplaza andando o en motocicleta y Begoña reconoce que necesita aquel rincón tropical para vivir, que no podría hacer las maletas definitivamente y volver a España. «Pero no me engaño, sé que no puedo integrarme, que allí siempre seré una extranjera y mi mundo me resulta progresivamente más ajeno», admite. «¿Sabes? Me siento atrapada entre dos mundos».




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