CORAZÓN DE PAPEL - PROTAGONISTA
JOSÉ SARAMAGO / Escritor
«He sido coherente
cada día de mi vida»
CÉSAR COCA/MADRID
07/02/2007
El Nobel portugués, que acaba de publicar sus
memorias de infancia y adolescencia, asegura que nunca
ha tenido ninguna ambición
LETRAS. El premio Nobel
deLiteratura, José Saramago. / LAVERDAD
En su discurso de recepción del Nobel, uno de
los más bellos de cuantos se hayan pronunciado
nunca en esa ceremonia, ya habló José
Saramago (Azinhaga, 1922) de su abuelo Jerónimo,
el hombre más sabio que ha conocido a pesar de
que no sabía leer ni escribir. Ahora, Jerónimo
cobra de nuevo vida literaria en Mis pequeñas
memorias (Ed. Alfaguara), un texto autobiográfico
en el que el Nobel portugués rememora sus primeros
años y por el que desfilan algunos personajes
que luego han encontrado acomodo en su mundo de ficción.
De sus sueños y sus temores, sus militancias
y su responsabilidad habla Saramago en esta entrevista,
en la que se define por encima de todo como una persona
coherente, mientras anuncia que está trabajando
ya en otro libro, pero será una novela. No habrá
más memorias, adelanta, porque no tiene la menor
intención de contar su vida a partir de la adolescencia.
-En su libro habla de su infancia y adolescencia.
¿Ha hecho un ejercicio de nostalgia?
-No, no creo que haya nostalgia en este libro. He hecho
un ejercicio de objetividad relativa, porque yo recuerdo
lo que viví durante la niñez y han pasado
muchos años. Es algo que tiene que ver con las
vivencias y con lo que han significado para mí.
La relación que yo tengo con el pasado no tiene
que ver con la nostalgia. Aunque le aseguro que no me
importaría nada revivir todo, sin excluir nada,
ni el sufrimiento ni, por supuesto, las alegrías.
-¿Ha sido doloroso en alguna medida recordar
algunos aspectos de su vida?
-¿Doloroso? Algo sí, pero no más
que mantener el recuerdo de esas cosas a lo largo de
mi vida, el hecho de tenerlas en la memoria. He dudado
si algunos hechos debían ser contados y decidí
que sí, que no había motivo para ocultar
algunas cosas mías y de mi familia.
-¿Es más duro tener la conciencia
de que el tiempo no se detiene o el recuerdo de la pérdida
de los seres queridos?
-La pérdida es algo sobre lo que ya he tenido
tiempo de habituarme. Mi abuelo Jerónimo fue
el primero de mi familia más inmediata en morir.
Fue en 1948 y fue un golpe muy duro. Luego murió
mi padre, que ya tenía más de 60 años,
después mi abuela y finalmente mi madre. Son
dolores que de alguna forma se integraron en la conciencia
y pueden ser recordados y revividos si uno quiere. Lo
que más me importa tiene que ver con la muerte.
-¿Por qué?
-Yo he escrito hace poco una novela sobre la muerte,
con un cierto tono de ironía. Mi problema en
relación con la muerte y por tanto con el tiempo,
dado que éste conduce de la mano hasta la muerte,
no es tanto por el hecho de morir. Para mí, lo
verdaderamente dramático es que estabas y ya
no estás. Parece una obviedad, pero yo lo siento
así, lo veo así: antes estabas y ya no
estás. Mis abuelos, mis padres, estaban condenados
a desaparecer. Al ponerlos en este libro han vuelto
a estar, de alguna forma. Mientras tú recuerdas
algo, lo recuperas. El recuerdo es la segunda vida que
se puede dar a alguien. Si tienes el privilegio de poder
escribir, les estás dando una vida que no pudieron
imaginar. Aunque por supuesto ese recuerdo se acabará
un día y llegará el olvido.
-¿Debemos entender por tanto que tener buena
memoria es una ventaja porque permite dar esa segunda
vida o termina siendo una forma de herirse y herir al
recordar determinados episodios?
-No creo que sea una manera de herir, salvo a aquellos
que ya estaban heridos antes. Hay que entenderlo como
una catarsis. Yo podría no haber escrito ciertas
cosas de la relación entre mis padres, que no
fue exactamente pacífica. Cuento en el libro
que mi padre pegaba a mi madre. Al hacerlo, me he colocado
en la piel no de mi madre, sino de las mujeres de ahora
que sufren maltrato. Es como si les dijera a los lectores
que conozco eso y lo tengo en mi memoria. Yo no quería
denunciar a mi padre con esos recuerdos, no. Me pongo
en aquel momento y sé que un niño no puede
entender lo que pasa entre sus padres. Sólo lo
menciono, ni siquiera lo describo, aunque podría
hacerlo con detalle, porque lo tengo muy nítido
en mi memoria.
-En 'Las pequeñas memorias' habla de sus
miedos infantiles. ¿A qué tiene miedo
hoy Saramago?
-Los temores de hoy son planetarios. Yo he sido un
niño que viví en el terror mientras estábamos
en una casa concreta. Allí todo me suscitaba
temores. Luego, cuando nos cambiamos de piso, se acabaron.
¿Los temores de hoy? Uno cotidiano ha sido a
perder el puesto de trabajo. Antes pensábamos
que un oficio te alimentaría toda tu vida, y
que eso pasaría con tus hijos. Eso ya no es así.
Luego hay otros temores más generales. El mundo
ha sido siempre inseguro, pero hoy lo es tanto que no
sé cómo podemos soportarlo. Cuando yo
tenía 17 años y estaba en Lisboa, podía
cruzar la ciudad a las cuatro de la madrugada y no pasaba
nada. Hoy no es así. Y luego están los
miedos a una guerra, a una bomba atómica, a si
ETA ataca otra vez, que es un miedo que ha vuelto a
instalarse en la conciencia del pueblo español
desde el 30 de diciembre... Podríamos decir que
hoy vivimos en el miedo, que vivimos en una sociedad
asustada.
-Hay una imagen en el libro, la de ese niño
que tiene su primer globo y que de pronto descubre que
se ha desinflado y lo va arrastrando por el suelo, mientras
algunos adultos se ríen. Ese globo arrugado y
sucio era el mundo, escribe. ¿Así ve el
mundo ahora?
-El mundo es un globo sucio y arrugado, sí.
Lo que pasa es que los niños sufren y luego transforman
ese sufrimiento en una materia distinta. Me acuerdo
de esa escena: mi madre me compró un globo; era
la primera vez que lo hacía y no recuerdo su
color, quizá fuera blanco. A los 200 ó
300 metros, yo creía que iba llevando el globo
por el hilo y me dí cuenta de que estaba desinflado
y arrastraba por el suelo. Unos hombres que venían
detrás se estaban riendo. Lo peor no fue lo sucedido
al globo, sino la crueldad de esos hombres que se reían.
No se dieron cuenta de que eso no se puede hacer a un
niño, y lo que me duele aún fue esa incapacidad
de ponerse en mi lugar. Yo no pensé en ese momento
que el mundo era ese globo, pero ahora sí lo
creo.
-Al escribir estas memorias habrá hecho de
alguna forma balance de su vida. ¿Qué
resultado da ese balance?
-No, no lo he hecho. Creo que hacer balance es algo
que tiene todo el sentido si uno ha tenido un objetivo
en su vida. Pero conmigo ocurre algo extraño:
nunca he tenido ninguna ambición. Quizá
si mi familia hubiese tenido una vida más acomodada
podría haber pensado en algo así. Pero
tal y como era mi familia era absurdo hacer planes para
el futuro. La ambición es algo que estaba excluido.
-¿Tampoco ha tenido sueños?
-Sueños sí tenía, claro. Tenía
el de ser maquinista de tren, algo que no he sido. Fui
cerrajero, y trabajé con mi mono azul, sin guantes
como era común en aquella época, durante
casi dos años. He tenido otros oficios, como
el de dibujante industrial, trabajé en la sanidad
pública, luego en una editorial, y otros más.
Lo único que me ha preocupado ha sido vivir cada
día con lo que ese día me proponía.
Siempre acepté lo que me venía, sin luchar
por llegar a esto o aquello. Puede ser sorprendente
esto que cuento. Parece que lo que soy es el resultado
de algo, de unos objetivos, y no es cierto. O de la
suerte, pero tampoco quiero llamarlo así. Es
verdad que mi vida no es fácil de explicar. Un
amigo mío me dijo un día que mi vida es
un milagro porque todo lo que ocurrió era muy
improbable que sucediera.
-¿Incluida su carrera literaria?
-Cuando publiqué en 1982 Memorial del convento,
que es el libro que me dio nombre internacional, yo
tenía 60 años. Había escrito algunos
libros, pocos, pero no tenía una obra por así
decirlo. He tenido la suerte de seguir viviendo para
escribir en los últimos 25 años, siendo
mayor, cuando lo normal es que el período de
creatividad más importante de un escritor sea
entre los 40 y los 50. Soy de alguna manera un viejo
escritor de la nueva generación. Sólo
llevo 25 años trabajando en serio. Hay pocos
casos así. Pero ¿por qué ocurrió?
Por eso, en este aspecto concreto mi vida no es fácil
de explicar.
-¿Y en otros?
-En otros sentidos sí lo es, y se explica con
una palabra: coherencia. Lo he sido cada día
en todos los aspectos: en la política y como
ciudadano, y con la conciencia de que el Nobel multiplicó
mis responsabilidades. Si yo ya no vivía tranquilo
antes, luego mucho menos. Tengo 84 años y podría
decir ya no escribo más, pero sigo escribiendo
porque debo seguir poniendo sobre el papel lo que pienso.
Mi gran suerte es haber vivido mucho, y eso me lleva
a decir a la gente que no se margine a los mayores.