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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
 


CORAZÓN DE PAPEL - PROTAGONISTA
Jaime Peñafiel / Periodista
«No quise ver morir a
mi hija y ahora me pesa»

Por Arantza Furundarena
28/01/2003


Jaime Peñafiel

Su padre siempre le dijo que tuviera cuidado, que era demasiado extrovertido y que lo mucho que hablaba podría acarrearle problemas. Hoy, con cuarenta años de periodismo a cuestas, el parlanchín Jaime Peñafiel continúa siendo fiel a sí mismo. Acaba de publicar un libro de recuerdos, ‘A golpe de memoria’, donde lo cuenta casi todo.







En su libro de memorias, Peñafiel recuerda que buscó consuelo en la Reina y no lo encontró

–¿Por qué una autobiografía?
–No es que yo me crea una persona especial, es que he vivido mucho. Al principio, este libro iba a ser el relato de una etapa de mi niñez, la historia de algo que presencié con los ojos de la imaginación: la muerte de mi madre.

–Cuente, cuente…
–Yo nací en Granada, en un carmen del Albaicín, mirando a la Alhambra. Tenía seis años cuando una noche me la pasé oyendo a mi madre gritar. Luego vi a mi padre cavar una fosa al pie del limonero y eso marcó mi infancia. Fue la historia irreal de un crimen que nunca existió.

–¿Pensó que su padre había matado a su madre?
–Sí, durante toda aquella terrible noche. Luego supe la verdad, y con todo eso quería hacer un cuento.

–Pero le han salido unas memorias.
–Me gusta ir ligero de equipaje hasta cuando viajo. En este caso, quería aligerar el equipaje de mi vida porque hay recuerdos que me machacan. Pero no he tocado temas que puedan afectar a personas que todavía viven.

–Bueno, habla de la Reina con cierto resentimiento.
–Ahí tengo yo un error. Posiblemente acudí a la Reina porque, equivocadamente, me creí una persona importante. Y me di cuenta de que soy un españolito más.

–Acudió a ella en busca de consuelo por la muerte de su hija Isabel.

–Sí, mi única hija falleció en circunstancias terribles de droga y sida. Antes de que muriera, en un momento de angustia, acudí a la Reina porque ella preside una asociación de lucha contra la droga. Yo intentaba que, a través de ese organismo, se propagara la idea de que no sólo los pobres padecen esa lacra. Mi hija era inteligente, culta, hablaba idiomas… Pero terminó compartiendo la aguja con los marginados. Yo estaba muy confuso y quería reflexionar sobre ello con una persona como la Reina, que conoce el problema de la droga.

–Sin embargo…

–Tuve la sensación de haber desnudado mis miserias ante una persona y luego… para nada. Quizá pensó que no me podía ayudar. No digo que la Reina no sea afectuosa, sólo que conmigo no lo fue.

–En su libro afirma: «Ya nunca más será mi reina».

–Quiero decir que soy un español más y la Reina no lo es mía ni de nadie, sino de España. En aquel momento me creí que era mi reina. Seguramente, estaba en un error.

–¿Le llamó cuando murió su hija?

–No. El que me llamó fue don Juan Carlos. E incluso envió a Almansa a una misa por el alma de Isabel. De la Reina no supe nada, pero, al fin y al cabo, ¿quién era yo?

–Bueno, el hombre que compartió con los Reyes, a solas, las primeras horas tras su coronación.
–A veces pienso que aquella circunstancia nunca existió. A fuerza de recordarla, me resulta tan irreal como la muerte de mi madre.

–¿Por qué en los últimos momentos usted no quiso ver a su hija?
–Cuando me comunicaron que estaba en las últimas, sentí pánico. ¿Fui egoísta? No; fui cobarde, que es peor. Y ahora ese recuerdo me persigue. Quizá contando esto se entienda que pueda estar dolorido con ciertas personas que entonces no quisieron escucharme.

–La Casa Real podría estar dolida con usted por sus comentarios sobre Eva Sannum…

–No me arrepiento de nada de lo que dije, porque además llevaba razón. Pero me trajo muchos disgustos, hasta perdí un programa de televisión y nunca me han vuelto a invitar a una recepción en la Casa Real. Me han dicho que me acredite, pero yo, a estas alturas de la película, no me voy a acreditar. Donde no me quieren, no voy.

–Creo que también ha sido minero.
–De estudiante, al morir mi padre, me quedé un poco desamparado económicamente y me fui a las minas de León. Trabajaba a 700 metros de profundidad, con una gran claustrofobia.Y eso que provengo de una familia acomodada. Mi padre era ingeniero y mi abuelo, magistrado.

Secretos a la tumba

–Un juez muy duro, ¿no?
–Sí, cuando los abogados defensores explicaban que su defendido había matado en un ataque de locura, él replicaba: «Para que escarmienten los locos, garrote vil». Era muy duro, tenía junto a su despacho una pequeña bodeguita con un botellón lleno de vinagre donde guardaba sumergida una fusta. Cuando los nietos nos extralimitábamos, nos bajaba los pantalones y nos daba un azote con aquella fusta, cuyo vinagre cicatrizaba la herida de inmediato. Era un personaje de novela.

–¿Es cierto que tuvo un amor platónico con una princesa?
–Eso fue precioso, pero no hablo de mi vida sentimental por respeto a la persona con la que vivo y a las que he amado.

–Farah Diva ha sido una de sus reinas favoritas.
–Conecté muy bien con ella. Igual que con Noor de Jordania.

–¿Y con Rania?
–No me gusta. La conocí cuando era una chiquita insignificante. Ahora, convertida en soberana, ha descubierto el lujo y quiere ser como Carolina de Mónaco. Pero Jordania no es Mónaco, hay mucha pobreza. Allí no la quieren.

–He leído que su próximo libro será sobre sus conversaciones con Franco.
–Eso ha sido una ‘boutade’, pero es cierto que he estado en muchas cacerías con él. En una de ellas, por cierto, a Fraga se le escapó un tiro y le dio en el culo a la hija de Franco. Menos mal que eran sólo perdigones. El caudillo comentó: «El que no sepa cazar, que no venga». Sin embargo, parece que Fraga no escarmentó y ha seguido cazando.

–Dice que vale más por lo que calla que por lo que cuenta.
–Sí, hay secretos que se irán conmigo a la tumba. Tengo un archivo blindado y la orden de que, el día que yo muera, lo quemen todo. Hay muchas cosas que no las he contado ni en mi casa. Y nunca he traicionado a nadie.


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