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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
 


Gente de Murcia
 

García Martínez
Venancio Luis Agudo
03/03/2003

Era tremendo. Y puede que lo siga siendo. Tengo que preguntarle si, finalmente, se ahorcó o no el señor cura párroco de su barrio. Esto lo digo porque, desde que me explicó que entretenía su tiempo de jubilado ayudando en la parroquia, me dije: «No tardará en ahorcarse el sacerdote». Claro que, a lo mejor le sucede al cura lo que me pasó a mí hace más de treinta años: que, de tantas y tan duras pruebas como me hizo superar Venancio Luis, supe que la Naturaleza me había fabricado animal periodista. Y el cura debió de descubrir que era animal santo. Pero santo con altar y todo.

El lector querrá saber por qué afirmo lo que afirmo acerca de Agudo. La explicación es que, por tomarse tan a pecho su trabajo de convertir La Verdad en un periódico verdadero, nos llevó a todos como puta por rastrojo, como se suele decir. No fue del Movimiento Nacional, sino al revés, pero doy fe de que es la persona más inasequible al desaliento que haya visto en mi vida. ¡Dios, qué pedazo de dinosaurio!

Para poder conllevarlo, en la redacción y en los talleres –¡ay, pobres talleres míos, sin plomo, desplomados!–, le sacábamos motes, no tanto por él como por nosotros mismos: llamarle en privado de una forma estrambótica, era una vía de escape para nosotros sus dirigidos. Nos relajaba.

Le gustó comunicarse por medio de papelinas autógrafas que se llamaban volantes. Al llegar al periódico íbamos, antes de nada, al casillero de la redacción, a ver si había volante. Y, de haberlo, mirabas si daba positivo o negativo. Como un analís.

A sus órdenes trabajé más que un tonto. Pero sin demasiado mérito, ya que, bajo su mando, trabajar así era lo natural. A Venancio Luis lo mandó a Murcia la Edica para la que se consideraba una misión imposible. Por eso prescindía del uniforme sólo en raras ocasiones. Claro que, conforme el periódico mejoraba, iba él quitándose prendas, bien que sin llegar al striptease. ¡Que era humano, coñe! Conmigo lo ha demostrado. Estuvo a mi lado en las maduras y, después, en las duras. Yo me entiendo.

 

 

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