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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
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Gente de Murcia | |

García Martínez |
De
toda la vida de Dios, un fiscal es un fiscal, de manera
que lo menos que hay que anteponerle es el don. Y, desde
luego, llamarle Manolo al don Manuel-fiscal suele tenerse
por cosa de herejes. Bien mirado, un fiscal, más
aún que un juez, es figura que, tallada en madera,
merece ponerla encima de la cómoda, junto a la
imagen de la Patrona y las fotos de familia.
Pero, claro, a este fiscal de mi historia, aun siendo
como es más fiscal que quienes lo inventaron, no
le puedes llamar sino Manolo. Digo los que no andamos
en pleitos, ni en su demarcación, que entonces
ya primarían los formalismos. Con eso quiero significar
que el talante y la personalidad de Manolo Campos, fiscal
por la gracia de su privilegiada cabeza, están
fuera de norma. Aun cuando él sea, en el terreno
profesional, servidor estricto de la norma que a todos
obliga.
Su extraversión tan cordial te habla de un jurídico/judicial
que tiene los pies en el suelo, que incluso pilota sin
pudores ese chisme aparatoso que en Murcia es la amoto
(gigantesca) y que no responde al arquetipo del acusador
severo e implacable. Tampoco es Campos una calcomanía
de los peliculados fiscales de distrito de los Estados
Unidos, tan yuppies. El talante de Manolo hace que la
Señora Justicia se siente con nosotros en torno
a la mesa camilla para jugar al parchís. Y sin
que por eso se le pierda el respeto. Esa es la virtud
suya que tengo por principal. El fiscal Campos ha metido
en su cabeza yo qué sé los códigos,
mas no por eso es un fiscal/biblioteca. Toda esa teoría
está al servicio, sí que de la erudición,
pero sobre todo del mundo, el confuso y alocado mundo
que requiere concierto antes que orden. Su misma flamante
tesis doctoral es el trabajo redondo de un estudioso,
al servicio de algo tan pragmático como las indemnizaciones
por accidente.
Es cazador de los que no cazan, pero participa con entusiasmo
en la jalanda y en la tertulia. Y, desde luego, sin acusar
a nadie de nada, sino al revés: afectuoso. |
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