Pues
aquí, el joven, acaba de cumplir treinta años
de servicio a las instituciones. Por mejor decirlo,
a las instituciones murcianas. Por precisarlo aún
más, a Murcia. Esto último es lo que le
hace sentirse a gusto, ahora que toca rememorar.
El título de Ricardo de Prado, fuera cual fuese
el puesto que ocupaba, ha sido el de conciliador. Principalmente
en las formas, poe tratarse de una persona que se ocupa
de los protocolos. Pero la forma no puede existir sin
su fondo, como ocurre con los capazos esos de esparto.
De ahí que, a la postre (o a los postres), también
el alma se beneficia. Llevar una conversación
como es debido, acercarse a la persona adecuada, manejar
bien los cubiertos, todo eso, quieras que no, sirve
al espíritu. Lo mismo que la música, formas
y formalidades amansan a las fieras.
Las capacidades de Ricardo van más allá
de lo profesional. Su habilidad para que las relaciones
no chirríen se manifiesta también en lo
particular cotidiano. En esto se parece al cronista
Carlos Valcárcel, cuyo asiento en la Diputación
pasó a ocupar cuando aquel se jubiló.
Ricardo Corazón de Paloma, por así decirlo,
empezó en la vieja Diputación Provincial
a las órdenes de otro personaje mitad funcionario,
mitad periodista llamado Eduardo Corvalán.
No era Eduardo, siendo persona excelente, hombre de
excesivos protocolos. Pero eso se compensaba, a favor
del aprendiz Ricardo, con el hecho de que el departamento
en el que trabajaban era Cultura y Beneficencia siempre,
¡ay!, inseparables, lo cual ayuda a guardar
mejor las maneras que estando en Vías y Obras.
Debería nuestro hombre escribir sus memorias,
pues ha sido testigo de muy sabrosos protocolos murcianísticos.
Sabe mucho de muchas interioridades. Lástima
que sea tan discreto. Me temo que no podrá tomar
la pluma mientras no abandone la dorada jaula. Hoy por
hoy, como director general de Relaciones Institucionales,
todavía se debe al Sistema.