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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
 


Gente de Murcia
 

García Martínez
Antonio Murcia
13/10/2004

En aquella Murcia de los setenta, era como un torrente. No he visto jamás en mi vida a nadie que se tomara tan a pecho a los pobres. Como lo cuento. Era presidente de Cáritas. En esos años que digo había demasiados pobres, muchos de ellos vergonzantes, que son los peores, dicho sea en el buen sentido.

Me refiero al pobre que tiene su casa, más o menos en precario, y que, de cara la calle, es uno más, pues se supone que hace las tres comidas todos los días. Era un pobre –algunos quedan todavía– que se mortificaba no tanto por la falta de medios, como por la necesidad que tenía de que nadie supiera de su pobreza.

Comoquiera que Antonio es religioso –digo de los que practican– hacía lo que hacía por amor de Dios. Pero no funcionaba en beato, ni se daba golpes de pecho, sino que ejercía una actividad frenética y gerencial. Ayudaba a los pobres con realismo y racionalidad. Se trataba de arreglar entuertos, pero de arreglarlos verdaderamente, como quien lleva una empresa de la que se esperan buenos resultados.

No muy alto de estatura, se crecía con el verbo encendido de quien sabe que su trabajo iba a misa, en los dos sentidos de la expresión. Era un trabajo mejor que cualquier otro trabajo en el mundo. No se atascaba nunca. Y si había que cantarle la gallina a la autoridad competente –lo mismo civil, que militar, que incluso eclesiástica– se la cantaba bien cantada. Su fuerza era la de aquellos que están convencidos de que su misión –justo por parecer una misión imposible– contaba con el soplo divino sin el cual no es posible superar las dificultades. Ahora disfruta –hasta donde los achaques de la edad se lo permiten– de una vejez recogida pero, a la vez, llena de curiosidad y de compasión por los hombres. Me llamó para comentar, escandalizado, el asesinato de treinta y siete niños en Irak. También él casi renegaba de nuestra condición de seres humanos. Y me comentaba que le había preguntado al Padre cómo es posible que sucedan cosas tan horribles.

 

 

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