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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
 


Gente de Murcia
 

García Martínez
Francisco Celdrán
14/10/2002

Esta semblanza tiene, desde su mismo principio, vocación de glorificar al personaje y dar lustre a su estoicismo ejemplar. Nunca se viera un presidente de la Asamblea Regional con tanta melsa y tantísima impasibilidad. ¡Ni Collado! Ante él, allí en el hemiciclo, discurre el río de las palabras, muchas de ellas necias. No por nada, sino porque es algo propio de la condición humana y dominar la oratoria no está al alcance de todos. Por más que los vote el pueblo.

Ya puede llover o tronar, ya pueden los diputados gritarse o golpear con los puños en el escaño, que él no se ha de inmutar. Lo ves allá en lo alto, con su barba entrecana, la faz seria, las mandíbulas paralelas, los ojos entornados (soñando otro lugar, muy posiblemente el mar y a bordo de su velero). Lo que pasa es que el ensimismamiento no le impide intervenir de tarde en tarde: bien para decirle al orador que vaya cerrando el pico, pues se le acabó el tiempo, bien para reprender a las señorías (pero sin ninguna convicción) por montar alguna revolica.

Viéndolo así, me he asustado a veces, por parecerme –Dios no lo quiera– que se había muerto. Ganas me daban de subir y palparlo, por si hubiera que hacerle un boca a boca. Debo decir también –porque de lo contrario no sería sincero– que en alguna ocasión se me ha representado como el Cristo, uno de esos Cristos de pinacoteca, en cuyo rostro se condensa un sufrimiento inefable. Parece como si Celdrán hubiera echado sobre las espaldas los pecados de sus señorías, las de su propio partido y las de la oposición.

No puede decirse que desprecia a los diputados, que se la repampinflan o traen floja, como pensaría un observador primerizo. Es verdad que los mira sin verlos y que les habla como si no esperase nada de ellos. Pero eso es a consecuencia de llevarlos montados en su benéfico lomo.

Todo el peso de la democracia, en forma de diputados y discursos, lo sufre sin rechistar, resignado, impertérrito, este marinero en tierra que añora la mar.

 

 

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