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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
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Gente de Murcia | |

García Martínez |
Esta
semblanza tiene, desde su mismo principio, vocación
de glorificar al personaje y dar lustre a su estoicismo
ejemplar. Nunca se viera un presidente de la Asamblea
Regional con tanta melsa y tantísima impasibilidad.
¡Ni Collado! Ante él, allí en el hemiciclo,
discurre el río de las palabras, muchas de ellas
necias. No por nada, sino porque es algo propio de la
condición humana y dominar la oratoria no está
al alcance de todos. Por más que los vote el pueblo.
Ya puede llover o tronar, ya pueden los diputados gritarse
o golpear con los puños en el escaño, que
él no se ha de inmutar. Lo ves allá en lo
alto, con su barba entrecana, la faz seria, las mandíbulas
paralelas, los ojos entornados (soñando otro lugar,
muy posiblemente el mar y a bordo de su velero). Lo que
pasa es que el ensimismamiento no le impide intervenir
de tarde en tarde: bien para decirle al orador que vaya
cerrando el pico, pues se le acabó el tiempo, bien
para reprender a las señorías (pero sin
ninguna convicción) por montar alguna revolica.
Viéndolo así, me he asustado a veces, por
parecerme Dios no lo quiera que se había
muerto. Ganas me daban de subir y palparlo, por si hubiera
que hacerle un boca a boca. Debo decir también
porque de lo contrario no sería sincero
que en alguna ocasión se me ha representado como
el Cristo, uno de esos Cristos de pinacoteca, en cuyo
rostro se condensa un sufrimiento inefable. Parece como
si Celdrán hubiera echado sobre las espaldas los
pecados de sus señorías, las de su propio
partido y las de la oposición.
No puede decirse que desprecia a los diputados, que se
la repampinflan o traen floja, como pensaría un
observador primerizo. Es verdad que los mira sin verlos
y que les habla como si no esperase nada de ellos. Pero
eso es a consecuencia de llevarlos montados en su benéfico
lomo.
Todo el peso de la democracia, en forma de diputados y
discursos, lo sufre sin rechistar, resignado, impertérrito,
este marinero en tierra que añora la mar. |
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