|
MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
|
|
|
|
|
|
|
|
 |
Gente de Murcia | |

García Martínez |
Te
enteras de que tu amigo de entonces, al que casi no habías
vuelto a ver en treinta y tantos años, acaba de
morir en accidente. Ese entonces se refiere a la niñez
tan vívida y tan vivida en nuestro
pueblo.
Cuando las cosas suceden así como en el caso
de Paco, Juan Francisco de adulto, no tienes la
sensación de que se ha ido alguien de tu misma
edad, sino que quien se te muere es aquel Paco de entonces,
Paco niño, en la Jumilla de la postguerra. Al marchárseme
ahora el amigo al que no frecuenté después,
me embarga una sensación desconcertante e inédita.
Lo normal hubiera sido morir los dos allá por los
cincuenta. Y más normal todavía, morirnos
ambos ya con las arrugas puestas. Pero no. De forma que
a mí se me acumulan, doliéndome, dos muertes
en una misma persona. La de mi amigo de colegio y juegos,
y la del profesional casado y con hijos que llevaba ya
un notable, aunque incompleto, tramo de vida hecho.
Paco Martínez Ripoll era médico cirujano
y se mató con el coche hace unas semanas, cuando
regresaba a Murcia desde el hospital de Orihuela. La casa
de su infancia era el centro geográfico y espiritual
de nuestro barrio. Estaba pegada a la capilla que queda
encima del viejo Arco de San Roque, una de las antiguas
puertas de la población. Y contaba con un huerto
tan grande, que hasta sembraban patatas y los chiquillos
las recogíamos con alborozo. Desde una de las ventanas
nos llegaba una música extraña que
la llaman clásica, a la que terminamos acostumbrándonos.
El melómano era don Luis, padre de Paco y médico
de mi familia. Se comentaba que don Luis era capaz de
pasarse varias horas escuchando aquellos compases con
ensimismamiento.
Paco era de muy buena presencia. Extravertido y travieso.
La voz, muy grave para su edad, como la de su tío
Juan, que fue alcalde. Manitas como su abuelo don Paco,
el Relojero. Noble la expresión, noble por dentro,
amigo reencontrado al perderlo por culpa de un Dios bromista. |
|

|
|