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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
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Gente de Murcia | |

García Martínez |
Lo
diré desde el principio. En corto, por derecho
y caiga quien caiga: López Pina es un hombre puro.
Me temo que, desde la Biblia para acá, apenas se
ha usado la palabra. Se conoce que cada vez hay menos
hombres puros. La pureza que le asigno a este Antonio
de San Antolín añorante de su adolescencia
murciana, es la de quien, en todo tiempo y lugar, hace
lo que sus convicciones le piden que haga. Así
se cumple su propósito vital de domir tranquilo.
Ha vuelto a Murcia para hablar de Murcia. Lo ha hecho,
como me creo que lo hace todo en su vida, desde la reflexión.
De ese modo evita decir tonterías. En esta su reflexión
murcianística hay azahar, inciensos de Semana Santa,
y olores y colores que emanan de la mesa de la Última
Cena que montara el señor Salzillo. Reflexionado
y todo, su discurso no es tieso y árido, pues que
se demora en la alhábega, la palmera, el jumilla
y el paparajote. Mas sin caer en lo meloso indigesto.
López Pina predica y sigue a un dios verdadero,
que es el Derecho. Y a partir de ahí, venga a nosotros
la concordia. Antes de irse de Murcia para finalmente
quedarse sedente pero no sedado en su cátedra
de Derecho Constitucional, en la Complutense, hizo un
manojo de cosas buenas por Murcia. Ayudó a componer
y redactar el Estatuto de Autonomía. Y lo mismo
con la Constitución, una vez que accedió
a su escaño en el Senado. Como para esto último
tenía que pedirle permiso y voluntad al personal
de a pie, hizo mítines por los pueblos murcianos.
Pero no arengas, ni fervorines, que eso no se lo tolera
su naturaleza. Le puso rigor al mítin. Eso es algo
que hace tiritar de envidia a ciertos conspicuos vividores
de la política.
Lo veo al cabo del tiempo un miaja desengañado,
pero nada más que lo justo. Sigue poniéndole
tarea a su cerebro de pensador del mundo y de las contingencias
que el mundo nos trae cada día. Encontró
la mujer apropiada en Alemania. Y dice de ella: «Llevo
cincuenta años cortejándola». |
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