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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
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Gente de Murcia | |

García Martínez |
Tanto
años como llevo conociéndolo y es ahora,
con el inicio del año nuevo, cuando me entero de
que es de Barranda. Me lo tenía que haber imaginado.
Este cura porque es cura, aunque no vista sotana,
ni alzacuello no me cuadraba a mí nacido
en la Huerta. El presbítero huertano es más
ligero, más liviano, como el propio clima. El cura
de Barranda, que es nuestro caso, se manifiesta recio
incluso en la voz. Y practica una socarronería
entera, de secano.
Aunque luce la cabeza nevada, Juan tiene cosas de zagal.
Como, por no ir más lejos, que le entre añoranza
y casi, casi lloraera, cuando le toca abandonar
Barranda después de las vacaciones de Navidad.
De allí regresa todas las veces cargado de ropa
usada para quienes no poseen ninguna. Ya le llaman en
su pueblo el terror de los armarios.
Estas ganas de vestir al desnudo (y con la obsesión
siempre de que la ropa no sea muy vieja) le viene se
dirá de su condición eclesiástica.
Puede que sí, pero sólo en parte. Lo que
pasa es que su profesión verdadera, más
allá incluso del ministerio, es la de consolar.
En otro tiempo consoló a los ecuatorianos, pero
no aquí, sino en el mismísimo Ecuador. Formaba
en aquel ejército de curas murcianos que pasaron
allí unos años echando una ayuda y alzando
a Dios. Ahora, como las gentes de allá se han venido
para acá, Juan se ocupa de ellas cuando recalan
en el Hospital General, de donde es capellán. (Como
no se para en razas, consuela igualmente a los enfermos
españoles).
En su calidad de cura, lo mismo te aprovecha para un roto
que para un descosido. Él asiste, a petición,
a todos aquellos que no saben manejarse por los caminos
de la ortodoxia litúrgica. Los que cren en Dios,
pero no en el clero oficial. Así es que bautiza
a chiquillos de diez y doce años, cuando sus padres
se dan cuenta de que se les pasó y temen que no
haya remedio. Juan llega con el guisopo y mete a los mindangos
en el redil, sin mirar la edad, tal como hacía
(y hacía bien) el Bautista. |
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