Gente de Murcia | |

García Martínez |
Era un torrente. Ahora es ya un río aparentemente
tranquilo. Aunque de cuando en cuando bulle, pues dice
el dicho que donde hubo siempre queda. Lo que hubo fue
un entusiasmo desbordante por hacer periodismo cada
día que Dios amaneciese, sin tregua ninguna.
Lo que queda, todo aquello de entonces, pero más
piano. El discurrir de la vida a veces puto,
cuidar de dos hijos, no es que sea incompatible con
una periodista alada, pero, vaya, te frena. Y, entonces,
a la vocación primera, la de informar, añades
otra, la de formar, más pausada. Y en eso anda.
Era, ya digo, la alegría del batallón,
entendiendo por batallón la redacción
de un periódico, de este mismo periódico.
No sólo se sentía como pez en el agua
en aquel ambiente mucho más chispeante
y bohemio que el de ahora, sino que ella misma
se encargaba de que el resto de los peces saltáramos
y bailáramos. El periodismo era, así,
más agradable.
Cuando Carmen se cambió de la prensa a otros
medios debió de ser porque ya el cuerpo le pedía
bailar un poco más lento. Si hablamos de bailar,
cuando me hicieron, con perdón, Gran Pez y me
presenté en en La Verdad vestido de jerezano
y acompañado de una charanga, Carmen y yo bailamos
la Mujer de Rojo, del Steve Wonder, entre las mesas,
las sillas y las olivettis de la redacción. Además
de ser la Carmen de Murcia, y no la de Mérimée
(como cuando bailamos al Steve), el resto del tiempo
era doña Campos, una periodista muy considerable,
que diría José Pla. Tenía (tiene)
una gracia especial, un don de Dios que llaman
en la UCAM, donde enseña para embelesar
al entrevistado, para convencer a quien se resista a
largar, para hacer bajar de su hornacina al importante
y hasta para vestirse de pobre, sentarse con la mano
tendida en una acera de esta ciudad y hacer un reportaje,
lo que se dice vívido y vivido.
En fin, lo que antiguamente se llamaba una real hembra,
siempre dentro de un orden y a la mayor gloria del periodismo.
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