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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
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Gente de Murcia | |

García Martínez |
Esto
fue que llegó por fin el momento en que ya tocaba
que a Miguelico Arregui le comprara su padre una bicicleta.
En aquel tiempo era costumbre que a los chiquillos que
sacaban buenas notas, al llegar a cierta edad se les regalaba
una bici. No sé si la de Miguel Arregui iba a ser
Orbea o BH.
Pero eso da lo mismo porque, finalmente, no hubo bici.
Y eso a pesar de que el chiquillo llevaba bien los estudios,
como lo demuestra que hoy ejerce de prestigioso otorrinolaringólogo.
La bici no llegó porque Miguel renunció,
causando no poco estupor entre su familia y amigos.
La renuncia era relativa, pues lo que hizo el chaval fue
pedir que le cambiaran la burra (así se llamaba
entonces a la bicicleta) por una rueda de tractor, de
esas grandes. La pretensión de Miguel no era absurda.
Sencillamente, prefería viajar por la mar a hacerlo
por la tierra. Así es que tomó la rueda,
le echó al proyecto toda la maña del mundo
y se construyó un barco. Para salir a pescar, más
que nada.
Desde entonces, Miguel Arregui no ha perdido la afición.
Diríase que le ha ido a más. Su consulta
de la Arrixaca la adornan entre seis y ocho carteles en
los que se aprecian el mar y sus barquitas. Hay uno que
a mí me pareció que reproducía los
cebos que se usan en la pesca. Pero resultó que
se trataba del corte de un oído, en el que hay
como un gusanillo enroscado. Con lo cual se demuestra
que, en las paredes de su despacho, están representadas
las dos aficiones principales de Miguel Arregui: la otorrinolaringología
y la pesca. (También maneja con maña la
agenda electrónica).
Aparte de lo dicho, el doctor Arregui posee una cualidad
no frecuente: sabe estar muy solo y muy acompañado.
Disfruta de la soledad, tan pura, del pescador en su barca
y, a la vez, lo pasa en grande en compañía
de muchos. Y si tiene que tomárselas, pues se las
toma. Y si tiene que contar chistes, pues los cuenta.
Digo chistes (y no chiste) porque su repertorio es infinito.
En eso únicamente lo iguala otro médico,
Fulgencio Cervantes. Habrá que juntarlos un día. |
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