Gente de Murcia | |

García Martínez |
Lo ves venir, gigante él, con ese bigote tan
de manito, con los ojos hechos canicas y te pasmas.
Por favor, quite usted. No diré que es Lucifer
quien se te arrima, pero casi. Sus primeras palabras
confirman esa impresión terrible que digo. Y
luego, al muy poco, válgame San Válgame,
lo tienes cariñoso, blandico, manifestándose
como lo que es verdaderamente: un Ángel de Dios.
El caso es que te advierte de ello su segundo apellido
que es de Dios, aunque él se cuide
mucho de no divulgarlo. No es que tenga nada contra
su propia línea materna. Lo que ocurre es que
le da cosa ir por la vida diciendo que es un Ángel
(Hernansáez) de Dios. Pero, claro, quienes lo
saben no se dejan engañar por esa primera impresión
que decía, la que te lo presenta como el Ángel
Rebelado.
Te lo topas por la calle. Ves que va dándole
con el dedico a los pelos de un pincel. Que no le gusta
el mechón, que se le ha pelado. Se tuvo que dejar
el cuadro a medio para comprar otro pincel. Lo paras
y te informa, con su vozarrón, de que el mejor
pelo para un pincel es el pelo humajo. Parece un come
hombres. Pero, luego, en su estudio de la plaza por
buen nombre Preciosa, ves cómo se enternece con
su propia obra, digo mientras pinta, y hastra puede
que le caiga un lagrimón de medio cuartillo.
Y tienes también que cría palomos. Y hace
pasar el pico del bicho por el arco de su bigote y le
susurra currucucú al animalico. Sépase,
pues, cómo es el verdadero Hernansáez
de Dios.
Pinta arriesgando. Le gusta tirar por ese camino, y
por el otro, y por el de más allá. No
se encasilla. Geometría unas veces. Manchas,
otras. Conoce el oficio. Y hasta puede que se conozca
a sí mismo, pues pintó un autorretrato
que le delata enteramente. No conoce tregua mientras
el cuadro no quede a su gusto. Si, estando a medias,
se le escoña el pincel, agarra la pelliza, se
la pone y se echa al monte que es la calle... hasta
tocar pelo. Y, en habiéndolo tocado, ya de regreso
al lienzo, sosegado, da serenamente a luz.
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