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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
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Gente de Murcia | |

García Martínez |
Una
vez, hace ya muchos años, me dijo muy dolido: «Es
que, joder, cuando has hablado de mí, siempre ha
sido para mal». Me quedé a disgusto, fíjate.
Tocado. Tanto fue así que todavía sigo sintiendo
el malestar que me produjo aquel reproche. El caso es
que tenía razón. Y por eso me entró
inquietud. Desde entonces, siempre me he referido a Miguel
Navarro con buenas palabricas. Sobre todo cuando le dio
el achuchón, que bien cariñoso estuve con
él, como no tendrá más remedio que
reconocerme.
A mí me parece que aquella obcecación mía
debíase a un prejuicio. Empecé a ser demasiado
crítico con el personaje, desde el momento en que
me confesó que no le gustaba el marisco. Ni olerlo,
vaya. Me quedé estupefacto. ¿Pues de dónde
viene este extraño Miguel tan diferente, en lo
del marisco, al resto de los españoles? Siendo
como fue un chiquillo de postguerra, ¿cómo
podré entender que ese manjar que son las gambas
con sus cabezas no le diga nada a este hombre?
Me cayó mal aquello.
Ahora, en cambio, las cosas son de otra manera. Aun cuando
él siga sin catarlo. Uno se ha hecho mayor. Y,
lo que es más importante, él también.
De forma que este Miguel es otro Miguel. Más evolucionado,
más suave de formas y gestos, más sereno,
en fin. No llega a impasible, como el americano aquel,
que eso sería malo. Simplemente, que se excita
menos. (No me refiero al sexo). Una pizca de eclecticismo,
me creo yo, ha hecho que su espectro, por así decirlo,
de seguidores y simpatizantes haya engordado tremendamente.
También influye que, a partir de un momento dado,
debió de decirse a sí mismo que, como político,
lo mejor que podía hacer era ponerse a trabajar
para Lorca. Y me cuentan muchos que ha trabajado bien.
Lo mismo que dije una cosa, digo la otra. Todo esto ha
devenido en un Miguel igual, pero enriquecido tal que
uranio.
Lo único que lamento es que, después del
arrechucho aquel, no tenga voluntad para perder un par
de arrobas. |
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