La torre del alcázar, las calles rectas y
flanqueadas de edificios blancos y el destruido puente de Ajuda son los símbolos
de la villa
Los portugueses siguen visitando Olivenza
con la sensación de que no han cruzado la raya que les separa de España.
Pocas diferencias encuentran entre esta villa y aquellas que quedan en la margen
derecha del Guadiana, pero sólo unos pocos nostálgicos defienden
algo a lo que, según los tratados internacionales, podrían tener
derecho: la devolución de Olivenza. En 2001 se cumplieron doscientos años
de la incorporación de esta localidad, situada a unos 30 kilómetros
al sur de Badajoz, y que se ha convertido en el último resto del eterno
enfrentamiento entre dos reinos vecinos.Los rescoldos del viejo conflicto
renacen cada cierto tiempo en las instituciones. El año pasado, un tribunal
lusitano instó a su Gobierno a impedir la reconstrucción del puente
de Ajuda, que una ambas riberas. Aceptar la obra impulsada por el Ejecutivo español
reconocería la soberanía de este país sobre un enclave en
disputa. El puente es, como Olivenza, un resto hermoso de lo que fue. Volado en
varias ocasiones para evitar el paso de tropas, permanece inutilizado desde hace
dos siglos.
El tiempo ha debilitado el debate sobre si la señorial villa pacense pertenece
a España o Portugal, que la perdió en 1801
Ahora, será el Parlamento portugués
el que analizará la cuestión de Olivença, a petición
de una asociación que reivindica la retrocesión del municipio y
su comarca. El colectivo ha recogido 5.000 firmas y reclama que se cumpla el tratado
firmado por ambos países en Viena en 1817, por el que España se
compromete a impulsar la devolución. Claro que ya advierte el refrán
que Portugal, de España, no puede esperar «ni buen viento ni buen
casamiento». Las instituciones lusas, en cualquier caso, nunca han hecho
del enclave un casus belli diplomático.
Al margen de pleitos y soberanías,
Olivenza vive volcada en la agricultura y la admiración de sus hermosas
calles, blancas y limpias, que conducen de forma inexorable a la torre del homenaje,
ubicada en el centro de su alcázar. El edificio, de 37 metros de altura
y rodeado de un foso, es fiel reflejo de las construcciones defensivas erigidas
para repeler al agresor fuera español o portugués. Hoy
acoge un museo etnográfico.
La población conserva también
restos de los baluartes, un prodigio de la arquitectura militar, lienzos de murallas,
cuarteles y una de las tres puertas, para que quede claro en todo momento que
la vida en la frontera es un ir y venir de tropas y contrabandistas.
La
presencia de Portugal es una constante en las calles y los edificios, como en
la singular portada del palacio de los duques de Cadaval, en la que sobresalen
el escudo de armas lusitanas y el blasón de la villa pacense. El inmueble
sirve desde hace décadas como sede del Ayuntamiento.
Son también
hermosas las dos iglesias principales de la localidad, tan dignas de ver como
diferentes de los templos de los municipios menos influenciados por la cultura
del país situado al otro lado del Guadiana. Santa María del Castillo
es clasicista, de altar barroco, y se adorna con los azulejos tan típicos
de Portugal. La Magdalena, por su parte, es una obra maestra del arte manuelino.