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MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
 


UN LUGAR EN EL MUNDO - OLIVENZA (BADAJOZ)
Viejos pleitos

25/02/2002


La torre del alcázar, las calles rectas y flanqueadas de edificios blancos y el destruido puente de Ajuda son los símbolos de la villa

Los portugueses siguen visitando Olivenza con la sensación de que no han cruzado la raya que les separa de España. Pocas diferencias encuentran entre esta villa y aquellas que quedan en la margen derecha del Guadiana, pero sólo unos pocos nostálgicos defienden algo a lo que, según los tratados internacionales, podrían tener derecho: la devolución de Olivenza. En 2001 se cumplieron doscientos años de la incorporación de esta localidad, situada a unos 30 kilómetros al sur de Badajoz, y que se ha convertido en el último resto del eterno enfrentamiento entre dos reinos vecinos. Los rescoldos del viejo conflicto renacen cada cierto tiempo en las instituciones. El año pasado, un tribunal lusitano instó a su Gobierno a impedir la reconstrucción del puente de Ajuda, que una ambas riberas. Aceptar la obra impulsada por el Ejecutivo español reconocería la soberanía de este país sobre un enclave en disputa. El puente es, como Olivenza, un resto hermoso de lo que fue. Volado en varias ocasiones para evitar el paso de tropas, permanece inutilizado desde hace dos siglos.

El tiempo ha debilitado el debate sobre si la señorial villa pacense pertenece
a España o Portugal, que la perdió en 1801

Ahora, será el Parlamento portugués el que analizará la cuestión de Olivença, a petición de una asociación que reivindica la retrocesión del municipio y su comarca. El colectivo ha recogido 5.000 firmas y reclama que se cumpla el tratado firmado por ambos países en Viena en 1817, por el que España se compromete a impulsar la devolución. Claro que ya advierte el refrán que Portugal, de España, no puede esperar «ni buen viento ni buen casamiento». Las instituciones lusas, en cualquier caso, nunca han hecho del enclave un casus belli diplomático.

Al margen de pleitos y soberanías, Olivenza vive volcada en la agricultura y la admiración de sus hermosas calles, blancas y limpias, que conducen de forma inexorable a la torre del homenaje, ubicada en el centro de su alcázar. El edificio, de 37 metros de altura y rodeado de un foso, es fiel reflejo de las construcciones defensivas erigidas para repeler al agresor –fuera español o portugués–. Hoy acoge un museo etnográfico.

La población conserva también restos de los baluartes, un prodigio de la arquitectura militar, lienzos de murallas, cuarteles y una de las tres puertas, para que quede claro en todo momento que la vida en la frontera es un ir y venir de tropas y contrabandistas.

La presencia de Portugal es una constante en las calles y los edificios, como en la singular portada del palacio de los duques de Cadaval, en la que sobresalen el escudo de armas lusitanas y el blasón de la villa pacense. El inmueble sirve desde hace décadas como sede del Ayuntamiento.

Son también hermosas las dos iglesias principales de la localidad, tan dignas de ver como diferentes de los templos de los municipios menos influenciados por la cultura del país situado al otro lado del Guadiana. Santa María del Castillo es clasicista, de altar barroco, y se adorna con los azulejos tan típicos de Portugal. La Magdalena, por su parte, es una obra maestra del arte manuelino.

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