TERRAZAS.
Las próximas a la Grand Place son las más
visitadas por los turistas.
Cuando viajamos a Bruselas, llevamos en la cabeza
una serie de referencias que funcionan como iconos:
la Grand Place, el Menneken Pis, el chocolate, Tintín,
los encajes, Jacques Brel o la capitalidad europea.
Pero resulta que este inmenso exponente urbano del art
noveau es eso y mucho más. Entre otros atractivos,
acumula animados y bellos mercados, herencia de una
ciudad que creció y se enriqueció con
el comercio; magníficos museos que encierran
tesoros de arte desde la pintura flamenca hasta el surrealismo;
espléndidas iglesias góticas; parques
arbolados y surcados de paseos; o calles con seis siglos
de arquitectura a sus espaldas.
BRUSELAS. Sede de la mayoría
de los organismos de la UE, también
es famosa
por su cultura, historia y arquitectura
La Ciudad Baja y la Ciudad Alta están separadas
por un quiebro del terreno que abarca desde el extremo
de la calle Royale hasta el Palacio de Justicia. Hace
un siglo, las diferencias entre una y otra zona eran,
al parecer, más evidentes: abajo, en el núcleo
antiguo, se concentraba la vida comercial y administrativa;
arriba, la urbe representativa, aristocrática
y residencial. En la actualidad, desaparecida casi enteramente
esta división, sólo el trazado de las
calles permite hacer distingos entre las dos ciudades.
El mirador de la plaza Poelaert ante el monumento
a los caídos en la I Guerra Mundial y junto a
la entrada principal del imponente Palacio de Justicia
ofrece un panorama completo de la Ciudad Baja. Entre
el conglomerado de tejados grises, unas cuantas torres
ayudan a identificar sus principales hitos. La más
alta, la filigrana gótica que remata el Ayuntamiento,
indica la situación de la Grand Place.
Víctor Hugo la calificó como «la
plaza más bella del mundo» y sus fachadas,
trabajadas como labores de encaje, siguen siendo uno
de los motivos de orgullo de los bruselenses. Ni un
solo edificio desentona en este conjunto armónico,
rectangular, perfecta escenografía para una urbe
que rinde culto a los gremios que le dieron fama y riqueza
desde la Edad Media.
INTERACCIÓN.
La bella arquitectura y las zonas verdes conviven
en el centro de la ciudad. Le Mont des Arts es un
buen ejemplo, con su arbolado dominado por la cúspide
de la Torre del Ayuntamiento. / FOTOS: TURISMO DE
BÉLGICA
Por las mañanas, el mercado de flores inunda
de colores el recinto mientras la iluminación
nocturna arranca chispas anaranjadas de las fachadas
de piedra y oro. Cuando llega el verano, en estas horas
mágicas, las terrazas de la Grand Place son el
lugar más demandado de la ciudad: los afortunados
que encuentran un hueco en alguna de ellas apuran hasta
la última gota de sus jarras de cerveza gueuze,
la variedad más popular de esta bebida nacional.
Los aromas medievales se esparcen por los alrededores
de la Grand Place mezclados, alternados o superpuestos
con edificios religiosos y civiles de un amplio abanico
de estilos y épocas. Los nombres de las calles
y plazas hablan de árboles y flores, de especieros,
carniceros y tintoreros, de mercados de trigo y de carbón,
de santos y obispos. Junto a casitas de ladrillo rojo,
portón de madera y tejado picudo se levantan
edificios barrocos, neoclásicos, art nouveau
y grandes moles de hormigón con cientos de ventanas
idénticas, que transmiten la inquietud de lo
inescrutable. No hay que buscar armonía en Bruselas,
pero, tal vez, esa carencia arquitectónica le
da un aire de ciudad vital que pese a algunas
pifias urbanísticas de bulto ha ido renovándose
sin más miramientos que los imprescindibles.
Lluvia y compras
El corazón es un área reducida y perfectamente
abarcable a pie. En él se encuentran el edificio
neoclásico de la Bolsa, adornada su fachada de
la calle H. Maus por esculturas de Auguste Rodin, y,
junto a él, la taberna Falstaff, igual a sí
misma desde hace un siglo. Y también la famosa
Ópera a la que Maurice Béjart y su Ballet
del siglo XX han relanzado en nuestros días;
las galerías Saint-Hubert, fantástico
espacio acristalado en lo alto y repleto en sus bajos
de tiendas elegantes, cafés con historia, librerías
y locales del más avanzado diseño, además
de la gran catedral gótica de San Miguel y Santa
Gúdula, cuya sobria decoración se ve compensada
por la fantasía cromática de sus vidrieras.
POLIVALENTE.
El Jardín Botánico se transforma habitualmente
en escenario musical.
Si cruzamos la imperceptible frontera que separa la
Ciudad Baja de la Ciudad Alta, encontraremos en el eje
de la calle Royale el hermoso parque de Bruxelles y,
a uno y otro lados de éste, el Palacio Real y
la sede del Parlamento belga. Aquí también
se levantan los magníficos museos de Bellas Artes
antiguo y moderno y el Palais des Beaux
Arts, un centro en torno al que gira buena parte de
la vida cultural de Bruselas, obra del gran arquitecto
Victor Horta, la figura más señalada del
art nouveau.
Un estilo surgido con diversos nombres (Jugendstil,
Liberty o modernismo) a finales del XIX, que adorna
la capital con cientos de proyectos tutelados por maestros
de esta corriente como Paul Hankar autor del edificio
del antiguo Gobierno Civil de la Plaza de Moyua, en
Bilbao o Henry Van de Velde. Líneas curvas,
ventanales irregulares, rejas de hierro con temas florales
y decoraciones en mosaico son algunos de sus rasgos.
Según un tópico bastante extendido, es
ésta una ciudad de lluvias frecuentes plagada
de funcionarios internacionales. Si lo primero tiene
algún fundamento en otoño e invierno,
el hecho de ser sede del cuartel general de la OTAN,
del Parlamento Europeo, de la UE y de un buen puñado
de instituciones y organismos más no parece interferir
mucho en la vida diaria bruselense. Si acaso, puede
ser un estímulo que favorece la amplia cartelera
de espectáculos y actividades, desde el teatro
y la música, a las grandes exposiciones, aparte
de la proliferación de tiendas de altísimo
nivel.
LE
CINCUANTENAIRE. Enclave muy concurrido, además
de señorial.
Para conocer la moda de los más avanzados creadores
belgas e internacionales hay que darse una vuelta por
la Rue A. Dansaert, cerca del edificio de la Bolsa,
mientras que las firmas más consagradas se sitúan
en torno a la plaza Louise. Los anticuarios, por su
parte, se concentran en torno a la plaza del Gran Sablon
y especialmente en la calle Haute. Pero si la densidad
de hombres encorbatados y mujeres vestidas con traje
sastre no es aparentemente más elevada que en
cualquier otra capital europea la mayoría
de las sedes comunitarias se sitúan en los alrededores
de la glorieta Robert Schuman, algo alejada del centro,
donde sí se hace sentir su presencia es en los
restaurantes, cafés y bares de copas.
La gastronomía bruselense, de excelente tradición,
ha ido subiendo enteros y precios al calor de las exigencias
y la capacidad adquisitiva de los numerosos altos cargos
y ejecutivos que transitan por la ciudad. Pese a ello,
no es difícil encontrar agradables bistrós
donde sirven sopa, pescados en salsa con verduras y
deliciosos postres a precios muy razonables, o cafés
y bares de exquisita decoración art nouveau o
rabiosamente modernos donde se puede comer, tomar una
cerveza o una copa sin arruinarse.