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LUGARES
Art noveau y funcionarios

Texto: María Unceta
31/03/2004


TERRAZAS. Las próximas a la Grand Place son las más visitadas por los turistas.

Cuando viajamos a Bruselas, llevamos en la cabeza una serie de referencias que funcionan como iconos: la Grand Place, el Menneken Pis, el chocolate, Tintín, los encajes, Jacques Brel o la capitalidad europea. Pero resulta que este inmenso exponente urbano del art noveau es eso y mucho más. Entre otros atractivos, acumula animados y bellos mercados, herencia de una ciudad que creció y se enriqueció con el comercio; magníficos museos que encierran tesoros de arte desde la pintura flamenca hasta el surrealismo; espléndidas iglesias góticas; parques arbolados y surcados de paseos; o calles con seis siglos de arquitectura a sus espaldas.



BRUSELAS. Sede de la mayoría de los organismos de la UE, también es famosa
por su cultura, historia y arquitectura

La Ciudad Baja y la Ciudad Alta están separadas por un quiebro del terreno que abarca desde el extremo de la calle Royale hasta el Palacio de Justicia. Hace un siglo, las diferencias entre una y otra zona eran, al parecer, más evidentes: abajo, en el núcleo antiguo, se concentraba la vida comercial y administrativa; arriba, la urbe representativa, aristocrática y residencial. En la actualidad, desaparecida casi enteramente esta división, sólo el trazado de las calles permite hacer distingos entre las dos ‘ciudades’. El mirador de la plaza Poelaert –ante el monumento a los caídos en la I Guerra Mundial y junto a la entrada principal del imponente Palacio de Justicia– ofrece un panorama completo de la Ciudad Baja. Entre el conglomerado de tejados grises, unas cuantas torres ayudan a identificar sus principales hitos. La más alta, la filigrana gótica que remata el Ayuntamiento, indica la situación de la Grand Place.

Víctor Hugo la calificó como «la plaza más bella del mundo» y sus fachadas, trabajadas como labores de encaje, siguen siendo uno de los motivos de orgullo de los bruselenses. Ni un solo edificio desentona en este conjunto armónico, rectangular, perfecta escenografía para una urbe que rinde culto a los gremios que le dieron fama y riqueza desde la Edad Media.

INTERACCIÓN. La bella arquitectura y las zonas verdes conviven en el centro de la ciudad. Le Mont des Arts es un buen ejemplo, con su arbolado dominado por la cúspide de la Torre del Ayuntamiento. / FOTOS: TURISMO DE BÉLGICA

Por las mañanas, el mercado de flores inunda de colores el recinto mientras la iluminación nocturna arranca chispas anaranjadas de las fachadas de piedra y oro. Cuando llega el verano, en estas horas mágicas, las terrazas de la Grand Place son el lugar más demandado de la ciudad: los afortunados que encuentran un hueco en alguna de ellas apuran hasta la última gota de sus jarras de cerveza ‘gueuze’, la variedad más popular de esta bebida nacional.

Los aromas medievales se esparcen por los alrededores de la Grand Place mezclados, alternados o superpuestos con edificios religiosos y civiles de un amplio abanico de estilos y épocas. Los nombres de las calles y plazas hablan de árboles y flores, de especieros, carniceros y tintoreros, de mercados de trigo y de carbón, de santos y obispos. Junto a casitas de ladrillo rojo, portón de madera y tejado picudo se levantan edificios barrocos, neoclásicos, art nouveau y grandes moles de hormigón con cientos de ventanas idénticas, que transmiten la inquietud de lo inescrutable. No hay que buscar armonía en Bruselas, pero, tal vez, esa carencia arquitectónica le da un aire de ciudad vital que –pese a algunas pifias urbanísticas de bulto– ha ido renovándose sin más miramientos que los imprescindibles.

Lluvia y compras

El corazón es un área reducida y perfectamente abarcable a pie. En él se encuentran el edificio neoclásico de la Bolsa, adornada su fachada de la calle H. Maus por esculturas de Auguste Rodin, y, junto a él, la taberna Falstaff, igual a sí misma desde hace un siglo. Y también la famosa Ópera a la que Maurice Béjart y su Ballet del siglo XX han relanzado en nuestros días; las galerías Saint-Hubert, fantástico espacio acristalado en lo alto y repleto en sus bajos de tiendas elegantes, cafés con historia, librerías y locales del más avanzado diseño, además de la gran catedral gótica de San Miguel y Santa Gúdula, cuya sobria decoración se ve compensada por la fantasía cromática de sus vidrieras.

POLIVALENTE. El Jardín Botánico se transforma habitualmente en escenario musical.

Si cruzamos la imperceptible frontera que separa la Ciudad Baja de la Ciudad Alta, encontraremos en el eje de la calle Royale el hermoso parque de Bruxelles y, a uno y otro lados de éste, el Palacio Real y la sede del Parlamento belga. Aquí también se levantan los magníficos museos de Bellas Artes –antiguo y moderno– y el Palais des Beaux Arts, un centro en torno al que gira buena parte de la vida cultural de Bruselas, obra del gran arquitecto Victor Horta, la figura más señalada del art nouveau.

Un estilo surgido con diversos nombres (Jugendstil, Liberty o modernismo) a finales del XIX, que adorna la capital con cientos de proyectos tutelados por maestros de esta corriente como Paul Hankar –autor del edificio del antiguo Gobierno Civil de la Plaza de Moyua, en Bilbao– o Henry Van de Velde. Líneas curvas, ventanales irregulares, rejas de hierro con temas florales y decoraciones en mosaico son algunos de sus rasgos.

Según un tópico bastante extendido, es ésta una ciudad de lluvias frecuentes plagada de funcionarios internacionales. Si lo primero tiene algún fundamento en otoño e invierno, el hecho de ser sede del cuartel general de la OTAN, del Parlamento Europeo, de la UE y de un buen puñado de instituciones y organismos más no parece interferir mucho en la vida diaria bruselense. Si acaso, puede ser un estímulo que favorece la amplia cartelera de espectáculos y actividades, desde el teatro y la música, a las grandes exposiciones, aparte de la proliferación de tiendas de altísimo nivel.

LE CINCUANTENAIRE. Enclave muy concurrido, además de señorial.

Para conocer la moda de los más avanzados creadores belgas e internacionales hay que darse una vuelta por la Rue A. Dansaert, cerca del edificio de la Bolsa, mientras que las firmas más consagradas se sitúan en torno a la plaza Louise. Los anticuarios, por su parte, se concentran en torno a la plaza del Gran Sablon y especialmente en la calle Haute. Pero si la densidad de hombres encorbatados y mujeres vestidas con traje sastre no es aparentemente más elevada que en cualquier otra capital europea –la mayoría de las sedes comunitarias se sitúan en los alrededores de la glorieta Robert Schuman, algo alejada del centro–, donde sí se hace sentir su presencia es en los restaurantes, cafés y bares de copas.

La gastronomía bruselense, de excelente tradición, ha ido subiendo enteros y precios al calor de las exigencias y la capacidad adquisitiva de los numerosos altos cargos y ejecutivos que transitan por la ciudad. Pese a ello, no es difícil encontrar agradables bistrós donde sirven sopa, pescados en salsa con verduras y deliciosos postres a precios muy razonables, o cafés y bares de exquisita decoración art nouveau o rabiosamente modernos donde se puede comer, tomar una cerveza o una copa sin arruinarse.



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