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Imperio Argentina - Cantante y actriz

Texto: Manu Mediavilla / Fotos: Marina del Mar
05/11/2001


Imperio Argentina, cantante y actriz

Se llama Magdalena Nile del Río, Malena para su familia y amigos, pero desde que Jacinto Benavente la bautizó artísticamente como Imperio Argentina, este nombre se coló en la legendaria galería de la canción, el baile y el cine. Ahora, camino ya de los 91 años, se atreve también con sus memorias (Malena Clara, Temas de Hoy), escritas con la colaboración del joven periodista Pedro Manuel Villora y en las que pasa revista a innumerables éxitos, dolorosas pérdidas y amores no siempre de película.

La mujer que cimentó, junto a Concha Piquer, la cultura popular de la posguerra española narra su agitada vida en un libro. «Los jóvenes me quieren y los viejos ya están conquistados», dice

Puede presumir de buena salud, agilidad mental, excelente humor (se ríe mucho, a carcajada limpia) y de su maravillosa voz de siempre. Y de optimismo: «He amado mucho, y sigo queriendo. Y cada vez me gusta más la vida.

–¿Cómo es su público?
–Hay de todo. Más gente joven que mayor.

–¿Conecta bien con los jóvenes?
–Completamente. Les encanta Imperio Argentina. Me pasa en Málaga, en Madrid ayer mismo con un grupo de muchachos: se sabían mis películas y mis canciones de memoria. Los jóvenes son los que más me quieren. Los viejos ya están conquistados de toda la vida (se ríe). Porque soy muy vieja, claro.

–Pero parece casi una chavala.
–Tengo ya 90 cumplidos.

–¿Palabra de DNI?
–Yo no niego la edad. Nací el 26 de diciembre de 1910. Tengo todos mis dientes. Leo sin gafas. Y la mente la tengo bien clara.

–Y se siente joven.
–Sí. Pero presumir de joven, no. Me gusta mucho trabajar, estar joven para poder cantar y seguir sirviendo al público. ¿Usted sabe lo que entontece el aplauso? Los artistas somos vanidosos, aceptamos ese aplauso creyendo que somos los mejores del mundo. Es así. Quizás la gente no pueda comprenderlo, pero yo sí. Y lo necesito.

–De retirarse, ni hablar.
–El día que me retire va a ser fatal, ¿eh? Pero fatal. Aunque no lo veo cerca. Porque tengo la voz en mi sitio, trabajo mucho, canto cuanto puedo, y acabo de publicar un libro, que Dios quiera que sea un éxito de ventas.

–¿Se siente más cantante, bailarina o actriz?

–Como estoy enamorada de mi trabajo, no es una profesión, es un arte. Lo llevo en la sangre, mi padre tocaba muy bien la guitarra y mi madre bailaba de maravilla.

–Artista, y punto.
–Nada más. Hay que aprender técnicamente las cosas.

–Y sigue aprendiendo.
–Ya lo creo. En Málaga tengo profesora y profesor, de baile y de canto, aunque más que nada de baile, porque hay que mantener las piernas en su sitio.

–Su voz no necesita tanto.
–Bueno, hay que estudiar y vocalizar todos los días, hasta que crea que ya no debo seguir y me diga ‘no hagas el ridículo y retírate’. Ese día será tremendo, ¿eh?

–¿Pero le queda algo por hacer?
–Siempre hay mucho que queda por hacer. Pero en un escenario no creo que haga el ridículo.

–¿Nunca ha sufrido un pateo o una silbada?
–Nunca. He tenido suerte. Yo creo que la gente intuye que lo hago todo con el corazón, con la verdad. Mentir al público es una indignidad tremenda, no se debe hacer nunca. He estudiado mucho, por eso puedo cantar.

Broncas y maestros

–¿Da miedo el escenario?
–Siempre me ha dado mucho miedo, porque no sabes cómo va a reaccionar el público. Si yo tuviera un fracaso, me quedaría ronca inmediatamente. Si hubiera sufrido un pateo, me habría retirado enseguida.

–Una vez ya le tocó una bronca de rebote.
–Fue en Kentucky, en una sala de fiestas tipo vaquero. Pero fue un pateo a todo el espectáculo. De repente les llegó una corte de argentinos y españoles cantando flamenco y cosas así, y no lo entendieron, claro. Era un buen espectáculo, podían haber aprendido algo.

–Usted lo hizo desde niña.
–Y con grandes academias. En Argentina hay unos profesores estupendos, y en España, no le digo más. Joaquina Ortiz al piano, Juanita Castelao, que era una verdadera maravilla, y Anna Pavlova, con la que estuve bailando clásico un par de años, cuando enseñaba en el Teatro Colón de Buenos Aires.

–Cuentan que era muy dura.
–Incluso llegaba al insulto, aunque me entraba por un oído y me salía por el otro. Un día me dijo: ‘¡Andáte, andáte a hacer puñetas, ché!’. Pero me quería mucho y aprendí muchísimo baile clásico.

–¿Le reñía también doña Joaquina?
–Doña Joaquina Ortiz, la maestra de Gayarre, era una mujer extraordinaria, pero me daba cada chillido: ‘Que esa nota está mal hecha, ¡coño!’. Y yo: ‘Por favor, profesora, no se meta conmigo, y mucho menos diga una palabrota’. ‘Es que el cantar tiene que ser como yo quiero’, insistía ella. ‘Bueno, pues siga usted enseñándome’.

–¿Merece la pena tanto sacrificio?
–Ya lo creo. Es un gran orgullo, no un sacrificio, ¿eh? Lo digo como lo siento: trabajar para mí es una alegría; si no, me retiraba.

–Pero le ha costado incluso algunos amores.
–Sí. Pero el público te hace orgullosa y muy feliz. El día que me separe del público, mala cosa.

–¿Alguna vez se ha sentido sola?
–No, no. He intentado ser feliz, y que la gente que esté conmigo lo sea también. Ahora mismo estoy enamorada, a pesar de mis años. Enamorada de un hombre, malagueño, escritor, una persona que me gusta y a quien yo le gusto, bendita sea.

–Nunca es tarde para el amor.
–Y nunca se quiere demasiado. Hay que inventar más cariño, cosas más nuevas, ¿no? Siempre he sido muy moderna, siempre. Para lo bueno, no para lo malo. Nunca haría daño a nadie. Y a mí me han hecho mucho.

–¿Por ejemplo?
–El mismo conde de las Cabezuelas, que fue mi marido legal, con la Iglesia y todo. Me casé con una bestia, un animal de bellota, y sucio. Lo mandé a paseo y me llamó la Iglesia para decirme: ‘Hija mía, esto es un pecado’. ‘Sí, un pecado, pero como soy yo la que tiene que aguantar a este tío… Se acabó’.

–Florián Rey fue más importante en su vida.
–Yo le debo muchísimo. Era un hombre educadísimo, con mucho talento, pero también muy celoso. Para él, la separación fue muy mala. Y para mí, también. Pero por mi parte no había ya ese enamoramiento bonito del cariño, no había esa pasión que necesita el amor. Y se lo dije. En el amor, como no haya pasión, estás perdida. Aunque la otra persona tenga defectos, tienes que querer por encima de todo. Esa es mi idea.

Hitler y la leyenda

–¿Y cuántos amores de ésos ha tenido?
–Muy pocos.

–Siempre ha dicho que Rafael Rivelles.
–Pero Rafael Rivelles se me murió. Fue un momento tremendo, y para mí fue como decir: ‘Se acabó el amor’. Pero no, el amor no se acaba. De repente te enamoras otra vez. Soy muy enamoradiza, y seguiré enamorada toda mi vida. Y soy una mujer que me gusta que me quieran mucho.

–Bueno, hay amores que matan. Como el de Hitler, ¿no?
–Esa leyenda lleva más de 50 años. En el trato conmigo fue una maravilla, incluso me tiró los ‘tejillos’. Pero no… Había metido la pata con la guerra… Tenía un abuelo judío, parece mentira.

–Usted misma comprobó la tragedia.
–Cuando sucedió ‘la noche de los cristales rotos’, Florián y yo estábamos en Berlín y me dio por ir a ver a mi sombrerera, que era judía. El matrimonio estaba con el tubo del gas en la boca: se habían suicidado para que no los matasen, porque estaban matando a los judíos. Me quedé espantada. Fue un engaño muy grande de Hitler, una cosa estúpida, y empecé a odiarlo. Había sido invitada a Alemania por él, pero esas dos personas allí, con el tubo en la boca…

–También Franco la invitó.

–Franco me invitó a cantar. Canté, pero no era mi tendencia ser como Franco.

–¿Le ha interesado alguna vez la política?
–Nunca. Un escenario, el público y la gente que me aplauda: esa es mi política. Soy una mujer católica y que reza todos los días, pero rezo para que Dios me siga dando mucha salud y voz para cantar.

–Pero no bastará con rezar.
–No, claro, hay que cuidarse. Yo estoy dedicada a esto y he despreciado muchas cosas en mi vida: tengo que comer y dormir bien para que mi voz funcione. Y odio el tabaco. He tenido que fumar en alguna película, pero lo hacía muy de mentiras; tragarme el humo, ni loca. Además, debe de haber algo milagroso, porque no me falla la voz: está igual que si tuviera veinte años.

–Y ya cantaba mucho antes.
–A los cuatro años ya cantaba y bailaba. En un café de Buenos Aires (un café decente, ¿eh?), el Café La Armonía, antiquísimo, que todavía existe.

–En España quedan pocos cafés de ese tipo.
–Aquí beben alcohol, que es malo. Menos el champán, que es muy rico.

–Pero también se sube a la cabeza.
–Si bebo, lo hago siempre respetando el trabajo. Borracha no me ha encontrado nunca nadie, ¡qué horror! Pero el champán sí me gusta. Un poco dulce. Las cosas amargas no me van nada. A mí todo me gusta dulce.

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