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Miguel Ríos / Cantante

Texto: Por Gaizka Olea Ilustración: José Ramón Catalán
05/11/2001

Este hombre se codeó con Elvis, los Beatles o los Jackson Five en las listas americanas con un tema que ha quedado unido a la memoria de varias generaciones de españoles con el poderoso adhesivo de los sentimientos. Miguel Ríos, el cantante que no quería ser Mike, tocó el cielo con el Himno a la alegría y vivió para contarlo y para entusiasmar, bien superados los 50, a una amplia franja de la sociedad. El granadino comienza el próximo fin de semana una gira de 31 conciertos por todo el país para presentar un álbum en el que destacan los dúos con estrellas del pop latino como Rosendo, Joaquín Sabina, Fito Páez o Manolo García.

 

El intérprete granadino, auténtica leyenda del rock español, regresa a las carreteras con un espectáculo que promete dúos virtuales con figuras del pop en castellano

En sus últimas declaraciones, Ríos mantiene el tono deslenguado y un tanto gamberro que le ha acompañado a lo largo de su vida. Es, para bien o para mal, el último espejo de la progresía que maduró con la llegada de la democracia, y que tan bien podría quedar retratada en la gira que, hace unos años, completó con sus amigos Víctor Manuel, Ana Belén y Joan Manuel Serrat. A algunos les resulta un tanto rancio; a otros, les recuerda que aún se puede levantar el dedo –desde posiciones muy acomodadas– para señalar la marea neo-ultra-postliberal.

El menor de los nueve hijos de Miguel Ríos y Antonia Campaña ya cantaba cuando era niño para aplacar los enfados de su madre. Entonaba Torito bravo, de Jorge Negrete. En la escuela se apuntó a todos los coros posibles y a las representaciones de zarzuela. Es de prever que su voz sonara diferente a la de ahora, pues resulta difícil imaginar su tono aguardentoso en alabanzas al Señor o haciendo de chulapo.

A los 15 años, la necesidad de ayudar a las economías familiares le colocó en unos grandes almacenes, en el sector textil, pero no se sintió a gusto hasta que consiguió ser trasladado a la recién creada sección musical. Allí escucha mucho y pregunta más, sobre todo, a los representantes de las discográficas, a quienes plantea la posibilidad de grabar alguna canción.

La Philips le da el visto bueno y, en 1961, el adolescente del lunar en la mejilla viaja a Madrid para grabar un EP con cuatro canciones titulado El Twist. Era el estilo que podía escucharse en las emisoras próximas a la base aérea estadounidense de Morón. Para espanto del cantante, la casa de discos sustituye el castizo nombre de Miguel por el más (¿?) comercial de Mike, apelativo del que se deshará en cuanto tenga la primera oportunidad. Ríos recuerda aún con cierta pesadumbre los problemas que le causó su debut con ritmos anglosajones en la claustrofóbica sociedad granadina –y española– de la época.

Pero el disco, como los siguientes, funciona y comienza una serie de galas allí por donde se lo proponían. Durante varios años, forma parte del espectáculo matinal del mítico y olvidado Circo Price. Incluso participa en dos películas, Dos chicas locas, locas, con Pili y Mili, y otra que no se llegó a estrenar. Visto el título, El guitarrista de Hamelín, puede entenderse.

En 1967 graba dos canciones fundamentales en su carrera, Vuelvo a Granada y El río, que le catapultan como una figura esencial en la música española, tan necesitada de romper con un pasado que sólo miraba a lo peor del flamenco y la copla. La música del régimen, no hay que decirlo, arrasaba. Vuelvo a Granada acaba generando unos derechos anuales superiores al medio millón anual, y fue cedida por el autor a su ciudad.

La bomba estalla dos años después, cuando Waldo de los Ríos pone letra al cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. El himno a la alegría (Escucha hermano la canción…) coloca a Ríos en el mundo y llega incluso al cuarto puesto del Billboard. Pero el deseo de no encasillarse en el papel de baladista le lleva de nuevo al rock, a explorar otros ritmos y a implicarse en las protestas que nacían al calor de los estertores de Franco.

Renovarse o morir
Analiza el floreciente rock andaluz con raíces, que tiene a Triana como su máximo exponente, y se embarca en giras que no tienen nada que ver con lo que se hacía en aquella España de malas comunicaciones y peores infraestructuras para conciertos. En algunas, como Rock de una noche de verano –donde presenta a una joven Luz– o Rock and Ríos, obtiene éxitos resonantes. Otras, como Rock en el ruedo, fueron tan ruinosas que estuvieron a punto de acabar con su carrera.

El viejo dinosaurio, sin embargo, es un superviviente, y puede mirar desde lo alto de un escenario cómo pasan ante él los cadáveres, más o menos dignamente conservados, de casi todos los competidores de su quinta. Compone, saca discos y rueda por España y Sudamérica con regularidad, mientras mantiene intacta su aura de campechanía y protesta.

Su próxima gira es también un reto que se vale de las nuevas tecnologías. Sus parejas en el álbum cantarán con él desde las entrañas de la realidad virtual. El público podrá ver en hologramas proyectados sobre el escenario a los artistas que hacen dúos con el granadino más famoso desde Lorca.

Miguel Ríos desmiente que sea incombustible y que el arduo trabajo que le supone componer no es para él una maldición bíblica. Lamenta, eso sí, que la equiparación de los niveles de vida españoles a los europeos haya domado el idioma del rock, porque, «cuando la gente logra un determinado nivel social, ya no quiere escuchar el tipo de música que lucha por cosas que ellos ya han conquistado. En el primer mundo no pasa la vida y se resiente todo, hasta la creación literaria».

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