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REPORTAJES
Juan Antonio Bardem / Director de cine

Texto: Oskar L. Belategui
27/12/2001


Juan Antonio Bardem

Las tres bes del cine español, Buñuel, Berlanga y Bardem, comparten en sus filmes la lucidez de un discurso personal, fuera de modas, y al que el paso del tiempo ha hecho justicia. Juan Antonio Bardem (Madrid, 1922) siempre ha sido el más politizado e irreductible de los tres. Debutó junto a Luis García Berlanga –con quien firmó el guión de Bienvenido Mr. Marshall–, hasta que, a comienzos de los 50, dirigió dos películas fundamentales de nuestro cine: Muerte de un ciclista y Calle Mayor.

El Goya de Honor reivindica la obra del veterano realizador, que, pese a su edad y aunque se siente «infrautilizado», se resiste a jubilarse: «Mientras me funcione la cabeza, seguiré»

La militancia comunista y el contenido didáctico e ideológico de su obra le trajeron tantos problemas con la censura que su filmografía posterior es un vaivén de coproducciones alimenticias, proyectos frustrados y largometrajes de tesis, siempre con la pretensión de resultar útil, testimonial, crítico y social. Este hijo de cómicos, miembro de una estirpe teatral que finaliza por ahora en su sobrino Javier Bardem, se sabe uno de los grandes olvidados del cine del postfranquismo. Sin embargo, su tono cascarrabias está más cerca del afán provocador que de la amargura.

–¿Cómo ha recibido la concesión del Goya?
–Con orgullo y alegría. Ya sabe: ‘a caballo regalado…’.

–Hombre, tampoco es que se lo hayan dado por nada.
–No. Recompensa 50 años haciendo películas. Y, además, me lo dieron los compañeros por unanimidad. Me lo dijo Roberto Bodegas, que está en la junta directiva.

–¿El premio supone el reconocimiento a una carrera ya conclusa?

–Espero que no. Yo sigo en activo y tengo muchos proyectos, lo que pasa es que nunca he sido bueno a la hora de encontrar financiación. Y, como en mis guiones no aparecen travestis, drogatas, maricones ni asesinos, sino hombres y mujeres normales, pues no interesan. Ahora lo que se lleva es Tarantino y esas cosas. Pero, mientras me funcione la cabeza, seguiré. Los directores no nos jubilamos nunca.

Regreso a ‘Calle Mayor’

–Entre esos proyectos, figura un regreso a los personajes y situaciones de Calle Mayor.

–Pienso que es una idea muy brillante. Tomo la película de 1956 no como una ficción, sino como un hecho real. La historia arranca cuando un periodista, acompañado de un cámara de televisión, entrevista a los supervivientes de aquel filme. Las imágenes de ‘Calle Mayor’ se entremezclan con la actualidad. Ya tengo la primera secuencia: ‘Isabel camina bajo la lluvia, absolutamente desolada…’.

–¿Sería una película pesimista?
–No. Yo soy un optimista histórico. Pero sí dejaría un testimonio crítico, como en todas mis películas. Porque, tras esta apariencia de modernidad, consumismo y globalización, cualquier persona lúcida se da cuenta de que España no ha variado lo más mínimo en 50 años.

–También ultima sus memorias.
–Ya están listas. Saldrán en febrero, coincidiendo con el Goya y con un ciclo de la Filmoteca que, por fin, repasará toda mi obra. Será estupendo.

–¿Ha llegado a alguna conclusión al mirar hacia atrás?
–Que he sido un cineasta infrautilizado, aunque no por culpa mía. Los estudiosos del cine nunca hablan de las películas que uno no ha podido hacer y que han consumido una parte muy importante de su vida. Mi amigo Titón Gutiérrez Alea, que dirigió la mejor película cubana, ‘Memorias del subdesarrollo’, se me adelantó al publicar un libro titulado ‘Las películas que no he hecho’. En mis memorias aparecen muchas de estas frustraciones.

–¿Se siente orgulloso de algo?


–De haber luchado por tratar de alcanzar esa fórmula de la felicidad que consiste en unir el oficio y la afición. Y de que jamás he renunciado a mis principios políticos por el éxito. Sigo siendo militante del Partido Comunista de España y miembro de su comité federal.
Emérito, eso sí, porque tengo muchos años. Dispongo de voz, pero no de voto. El voto lo tienen los jóvenes, y me parece correcto.

–¿La gente del cine era más solidaria durante el franquismo?

–Cierta gente, sí. En general, la mayoría de los que hacían cine en aquella época eran afectos al régimen. Después vino la transición y resultó que todos eran demócratas de siempre, cuando ni Dios había dado un palo al agua. Salvo contadas excepciones. Además, el cine que se hizo en la transición fue una mierda. Se pasó sobre ascuas sobre los temas que importaban.

–Su última película, Resultado final, tocaba ese período.
–Hablaba del compromiso del colectivo de cineastas comunistas, de los cinco muertos de Fraga, de la matanza de Atocha… La película fue criticada porque se veía cómo en las primeras elecciones democráticas nosotros fuimos la punta de lanza de la lucha antifranquista. Los socialistas venían de pasar cien años de honradez y cuarenta de vacaciones. Por eso fue ninguneada por el imperio de Polanco.

–También se criticó a su protagonista, Mar Flores.

–Teníamos un presupuesto muy ajustado. Yo no podía pagar a una estrella española, de esas que viven de espaldas a la realidad y han elevado su sueldo sin asegurar después que el público vaya al cine a ver sus trabajos. ¡Qué más quisiera yo que contratar a Sharon Stone, una actriz que me encanta! Cuesta un huevo, pero trae gente a las salas.

–¿Por qué eligió a Mar Flores?
–Hice una criba y la encontré. Lo que no sabía es que esta chica arrastraba tras de sí una aureola de escándalos y ‘telebasura’, tan del gusto de las ‘marujas’. No lo podía prever. Aunque desafío a que alguien me diga que no estuvo a la altura de su papel. Comparo la utilización de Mar Flores con la que hice en su día de Lucía Bosé. Pero, claro, a Lucía no la conocía nadie y no traía una aureola de escándalos. De todos modos, han sido muy injustos con ella.

Cine mimético

–¿Sigue yendo al cine?
–Cada vez me da más pereza salir de casa. No hago vida nocturna, pero me dejo caer por las salas que están cerca de mi pueblo, Pozuelo.

–¿Le gusta el cine español?
–No.

–¿Y eso?
–¿Quiere que estemos dos horas hablando? Pues porque me parece un cine mimético, que busca el éxito en taquilla como bien supremo. Las nuevas generaciones han entronizado la taquilla como guía. No les preocupa hacer buenas o malas películas, sino tan sólo que den dinero. Para mi generación, no era lo fundamental. Ni Berlanga ni yo estábamos obnubilados por el éxito. En cuanto a la crítica, en fin, se ha reducido a una Guía Michelín que concede estrellitas.

–Eso refleja el estado de cosas de un país.
–Claro. Como yo estoy en contra de la aldea global, me hace muy feliz comprobar cómo los esfuerzos se renuevan. La mayoría de la gente se conforma, pero también hay jóvenes que luchan contra el pensamiento único, ahora que el movimiento obrero se ha aburguesado. Salvo destellos, como la huelga de Sintel, compruebo que la clase obrera ha vuelto al redil. Tiene el mismo espíritu que los españoles que, durante el franquismo, emigraban a Alemania con sus maletitas de cartón. Sólo piensan en traer dinero para su casa y para el tesoro español.

–¿Tiene su esperanza, entonces, depositada en los jóvenes?
–Mucha. En aquéllos que son políticamente conscientes de en qué mundo viven y qué mundo pueden alcanzar. También tengo confianza en los emigrantes, que son los que van a suministrar la mano de obra sobre la cual se asentarán movimientos revolucionarios.

–¿Cómo vive el éxito de su sobrino Javier?
–Es un buen muchacho. El trabajo que hizo en ‘Antes que anochezca’ fue notabilísimo. Y lo que más me llena de orgullo es que no se ha dejado fagocitar por la industria americana. En Hollywood se han quedado turulatos al ver que rechazaba ofertas. Javier sabe que, si entra en esa órbita, irá de culo.

–¿A quién va a dedicar el Goya?
–A los míos. Al clan Bardem.

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