Las tres bes del cine español, Buñuel,
Berlanga y Bardem, comparten en sus filmes la lucidez
de un discurso personal, fuera de modas, y al que el
paso del tiempo ha hecho justicia. Juan Antonio Bardem
(Madrid, 1922) siempre ha sido el más politizado
e irreductible de los tres. Debutó junto a Luis
García Berlanga con quien firmó
el guión de Bienvenido Mr. Marshall, hasta
que, a comienzos de los 50, dirigió dos películas
fundamentales de nuestro cine: Muerte de un ciclista
y Calle Mayor.
El Goya de Honor reivindica
la obra del veterano realizador, que, pese
a su edad y aunque se siente «infrautilizado»,
se resiste a jubilarse: «Mientras
me funcione la cabeza, seguiré»
La militancia comunista y el contenido didáctico
e ideológico de su obra le trajeron tantos problemas
con la censura que su filmografía posterior es
un vaivén de coproducciones alimenticias, proyectos
frustrados y largometrajes de tesis, siempre con la
pretensión de resultar útil, testimonial,
crítico y social. Este hijo de cómicos,
miembro de una estirpe teatral que finaliza por ahora
en su sobrino Javier Bardem, se sabe uno de los grandes
olvidados del cine del postfranquismo. Sin embargo,
su tono cascarrabias está más cerca del
afán provocador que de la amargura.
¿Cómo ha recibido la concesión
del Goya?
Con orgullo y alegría. Ya sabe: a
caballo regalado .
Hombre, tampoco es que se lo hayan dado
por nada.
No. Recompensa 50 años haciendo películas.
Y, además, me lo dieron los compañeros
por unanimidad. Me lo dijo Roberto Bodegas, que está
en la junta directiva. ¿El premio supone el reconocimiento
a una carrera ya conclusa?
Espero que no. Yo sigo en activo y tengo muchos
proyectos, lo que pasa es que nunca he sido bueno a
la hora de encontrar financiación. Y, como en
mis guiones no aparecen travestis, drogatas, maricones
ni asesinos, sino hombres y mujeres normales, pues no
interesan. Ahora lo que se lleva es Tarantino y esas
cosas. Pero, mientras me funcione la cabeza, seguiré.
Los directores no nos jubilamos nunca.
Regreso a Calle Mayor
Entre esos proyectos, figura un regreso a los
personajes y situaciones de Calle Mayor.
Pienso que es una idea muy brillante. Tomo la
película de 1956 no como una ficción,
sino como un hecho real. La historia arranca cuando
un periodista, acompañado de un cámara
de televisión, entrevista a los supervivientes
de aquel filme. Las imágenes de Calle Mayor
se entremezclan con la actualidad. Ya tengo la primera
secuencia: Isabel camina bajo la lluvia, absolutamente
desolada .
¿Sería una película
pesimista?
No. Yo soy un optimista histórico. Pero
sí dejaría un testimonio crítico,
como en todas mis películas. Porque, tras esta
apariencia de modernidad, consumismo y globalización,
cualquier persona lúcida se da cuenta de que
España no ha variado lo más mínimo
en 50 años.
También ultima sus memorias.
Ya están listas. Saldrán en febrero,
coincidiendo con el Goya y con un ciclo de la Filmoteca
que, por fin, repasará toda mi obra. Será
estupendo.
¿Ha llegado a alguna conclusión
al mirar hacia atrás?
Que he sido un cineasta infrautilizado, aunque
no por culpa mía. Los estudiosos del cine nunca
hablan de las películas que uno no ha podido
hacer y que han consumido una parte muy importante de
su vida. Mi amigo Titón Gutiérrez Alea,
que dirigió la mejor película cubana,
Memorias del subdesarrollo, se me adelantó
al publicar un libro titulado Las películas
que no he hecho. En mis memorias aparecen muchas
de estas frustraciones.
¿Se siente orgulloso de algo?
De haber luchado por tratar de alcanzar esa fórmula
de la felicidad que consiste en unir el oficio y la
afición. Y de que jamás he renunciado
a mis principios políticos por el éxito.
Sigo siendo militante del Partido Comunista de España
y miembro de su comité federal.
Emérito, eso sí, porque tengo muchos años.
Dispongo de voz, pero no de voto. El voto lo tienen
los jóvenes, y me parece correcto.
¿La gente del cine era más
solidaria durante el franquismo?
Cierta gente, sí. En general, la mayoría
de los que hacían cine en aquella época
eran afectos al régimen. Después vino
la transición y resultó que todos eran
demócratas de siempre, cuando ni Dios había
dado un palo al agua. Salvo contadas excepciones. Además,
el cine que se hizo en la transición fue una
mierda. Se pasó sobre ascuas sobre los temas
que importaban.
Su última película, Resultado
final, tocaba ese período.
Hablaba del compromiso del colectivo de cineastas
comunistas, de los cinco muertos de Fraga, de la matanza
de Atocha La película fue criticada porque
se veía cómo en las primeras elecciones
democráticas nosotros fuimos la punta de lanza
de la lucha antifranquista. Los socialistas venían
de pasar cien años de honradez y cuarenta de
vacaciones. Por eso fue ninguneada por el imperio de
Polanco.
También se criticó a su protagonista,
Mar Flores.
Teníamos un presupuesto muy ajustado. Yo
no podía pagar a una estrella española,
de esas que viven de espaldas a la realidad y han elevado
su sueldo sin asegurar después que el público
vaya al cine a ver sus trabajos. ¡Qué más
quisiera yo que contratar a Sharon Stone, una actriz
que me encanta! Cuesta un huevo, pero trae gente a las
salas.
¿Por qué eligió a Mar
Flores?
Hice una criba y la encontré. Lo que no
sabía es que esta chica arrastraba tras de sí
una aureola de escándalos y telebasura,
tan del gusto de las marujas. No lo podía
prever. Aunque desafío a que alguien me diga
que no estuvo a la altura de su papel. Comparo la utilización
de Mar Flores con la que hice en su día de Lucía
Bosé. Pero, claro, a Lucía no la conocía
nadie y no traía una aureola de escándalos.
De todos modos, han sido muy injustos con ella.
Cine mimético
¿Sigue yendo al cine?
Cada vez me da más pereza salir de casa.
No hago vida nocturna, pero me dejo caer por las salas
que están cerca de mi pueblo, Pozuelo.
¿Le gusta el cine español?
No.
¿Y eso?
¿Quiere que estemos dos horas hablando?
Pues porque me parece un cine mimético, que busca
el éxito en taquilla como bien supremo. Las nuevas
generaciones han entronizado la taquilla como guía.
No les preocupa hacer buenas o malas películas,
sino tan sólo que den dinero. Para mi generación,
no era lo fundamental. Ni Berlanga ni yo estábamos
obnubilados por el éxito. En cuanto a la crítica,
en fin, se ha reducido a una Guía Michelín
que concede estrellitas.
Eso refleja el estado de cosas de un país.
Claro. Como yo estoy en contra de la aldea global,
me hace muy feliz comprobar cómo los esfuerzos
se renuevan. La mayoría de la gente se conforma,
pero también hay jóvenes que luchan contra
el pensamiento único, ahora que el movimiento
obrero se ha aburguesado. Salvo destellos, como la huelga
de Sintel, compruebo que la clase obrera ha vuelto al
redil. Tiene el mismo espíritu que los españoles
que, durante el franquismo, emigraban a Alemania con
sus maletitas de cartón. Sólo piensan
en traer dinero para su casa y para el tesoro español.
¿Tiene su esperanza, entonces, depositada
en los jóvenes?
Mucha. En aquéllos que son políticamente
conscientes de en qué mundo viven y qué
mundo pueden alcanzar. También tengo confianza
en los emigrantes, que son los que van a suministrar
la mano de obra sobre la cual se asentarán movimientos
revolucionarios.
¿Cómo vive el éxito
de su sobrino Javier?
Es un buen muchacho. El trabajo que hizo en Antes
que anochezca fue notabilísimo. Y lo que
más me llena de orgullo es que no se ha dejado
fagocitar por la industria americana. En Hollywood se
han quedado turulatos al ver que rechazaba ofertas.
Javier sabe que, si entra en esa órbita, irá
de culo.
¿A quién va a dedicar el Goya?
A los míos. Al clan Bardem.