CON
MUCHO GUSTO.
Cervantes, Quevedo y Lope hablan de gastronomía.
/ Ilustraciones: José Luis Cabañas
Comer en la España del Siglo de Oro era,
como tantas otras cosas, una cuestión de clases.
La nobleza exhibía una insaciable glotonería,
encarnada en el rey Carlos V, un tragaldabas que en
sus mejores momentos daba cuenta de 300 platos de una
sentada. Los hidalgos con algo de dinero tenían
una despensa digna, lo mismo que los labradores. La
hidalguía que vivía del cuento, sin embargo,
aparentaba haber comido echándose migas de pan
por la barba, cuando pasaba la misma hambre canina que
estudiantes y pícaros.
El sociólogo y periodista
Lorenzo Díaz hurga en las ollas de
las que se nutrieron los personajes de Cervantes,
Quevedo y Lope de Vega en La cocina
del Barroco
El sociólogo y periodista Lorenzo Díaz
acaba de publicar un libro, La cocina del Barroco, que
hurga en los pucheros y sartenes de los siglos XVI y
XVII a través de las obra de sus más eximios
representantes, gente de buen saque y mejor pluma, como
Cervantes, Lope de Vega y Quevedo.
«Fue la gran época de la olla podrida»,
tercia Lorenzo Díaz, plato de altísimo
contenido nutritivo que integraba las más variadas
verduras con carnes de todo tipo, desde cordero a perdiz
pasando por los distintos tipos de vacuno, y que luego
se diversificó en los diferentes cocidos que
aún se sirven en las mesas.
Polilla de los bodegones
En Madrid, hacia 1665, se sacrificaban al año
medio millón de carneros, 12.000 vacas, 60.000
cabritos, 10.000 terneras y 13.000 cerdos. Alrededor
de la Puerta del Sol , por las calles Desengaño
y Montera, se vendía comida preparada y también
alimentos sin cocinar. Tal era la fama de Lope «el
Beckham del Siglo de Oro», según Díaz
que toda la villa sabía de las excelencias de
su huerta, situada en la parte trasera de su casa en
el Barrio de las Musas.
Los vendedores callejeros aprovechaban el tirón
del autor de Fuenteovejuna para hacer publicidad de
sus productos, al grito de «¡lechugas de
Lope!», «¡tomates de Lope!»,
«¡pepinos de Lope!», como si las hortalizas
procedieran de su huerta.
Lorenzo Díaz insiste en que, como la literatura
picaresca fue el gran invento de la época, a
los escritores «les pareció más
vistoso retratar a un hidalgo con hambre» que
a una persona que se alimentaba con decencia. En La
vida del buscón, de Francisco de Quevedo, se
habla de la hidalguía de este modo: «Somos
susto de los banquetes, polilla de los bodegones, cáncer
de las ollas y convidados por fuerza; sustentámonos
casi del aire y andamos contentos. Somos gente que comemos
un puerro y representamos un capón».
La olla podrida de uno de los personajes de la novela,
el Dómine Cabra, es según Díaz,
«liviana y mezquina», compuesta por un solo
garbanzo en el fondo del puchero, que había que
atrapar con los dedos. Pasarse de esa estricta dieta
era para el Dómine Cabra, un cínico de
cuidado, «vicio y gula».
Hubo en el Siglo de Oro muchos estómagos vacíos.
A mediados del siglo XVII, España tenía
una población de unos cinco millones de habitantes,
de los cuales 160.000 eran mendigos censados, a los
que había que sumar los pícaros sin control.
Adobos de carne
Lope de Vega no era, precisamente, uno de ellos. Sus
obras teatrales tenían una enorme aceptación
popular, pareja a sus ingresos. Su desayuno, como para
los madrileños de posibles, consistía
en una confitura de cortezas de naranja sumergidas en
miel, aguardiente y torreznos, es decir, tocino frito.
Por las cazuelas de Cervantes a las que Díaz
ya dedicó un libro, La cocina del Quijote,
pasan los guisos de la gloriosa Sevilla, una ciudad
muy próspera en aquella época, donde se
comía gazpacho, ajoblanco, adobos de carne, cazuelas
de palominos y conejos. De origen familiar humilde,
trotamundos a la fuerza, Cervantes encontró la
felicidad con Catalina de Salazar, una mujer joven con
la que se trasladó a vivir a Esquivias, localidad
manchega famosa por sus vinos.
El Siglo de Oro, apunta Lorenzo Díaz, fue también
una época brillante en la gastronomía,
en la que despuntaron cocineros cortesanos como Francisco
Martínez Matiño, autor de un recetario
que superó en ventas al mismísimo Quijote.
El pescado llegaba fresco a las capitales desde La Coruña
gracias a un sistema de neveras (de huecos cubiertos
de nieve), la carne de caza era muy apreciada y los
vinos de La Mancha ganaban a los de cualquier otra parte.
Góngora recomendaba olvidarse de las intrigas
políticas para centrarse en la mesa, un consejo
que resumió en dos sencillos y famosos versos:
«Ande yo caliente/ y ríase la gente».