Ernest
Hemingway y Valerie en una terraza de Pamplona,
en los sanfermines de 1959. / FOTOS DEL LIBRO
CORRER CON LOS TOROS
Un día de mayo de 1959, Valerie Danby-Smith,
que sólo tenía 19 años y acababa
de llegar a Madrid desde su Irlanda natal, fue enviada
al hotel Suecia para que entrevistara a Ernest Hemingway,
que asistía a la feria de San Isidro. La joven
comenzó su entrevista con una metedura de pata:
preguntó al célebre escritor por qué
estaba en España tras una ausencia de veinte
años. El autor de El viejo y el mar corrigió
a Valerie: no eran veinte, porque había estado
tres años antes, y también en 1953.
Valerie, la última
secretaria del escritor, que luego se casó
con su hijo pequeño,
narra en un libro la peripecia de una familia
marcada por el éxito y la tragedia
A partir de ahí, no hubo entrevista como tal,
sino una lección de periodismo que cambió
la vida de la frustrada entrevistadora: en pocos días
se convertiría en la secretaria de Hemingway,
luego éste le declararía su amor hasta
el extremo de confesar que si se alejaba de su lado
se suicidaría. Efectivamente, Valerie estaba
lejos cuando el escritor que hizo famosos los sanfermines
en todo el mundo se descerrajó un tiro de escopeta.
Después, en el funeral conocería a su
hijo pequeño, Gregory, de quien se enamoró
y con quien estuvo casada veinte años, un matrimonio
que terminó cuando él decidió pasar
por el quirófano para cambiar de sexo. Valerie
Hemingway publica Correr con los toros. Mis años
con los Hemingway (Taurus), la «historia más
triste que jamás he oído», dice.
Antonio
y Carmen Ordóñez bailan cerca de
Valerie y Ernest.
El verano de 1959 tuvo que ser necesariamente inolvidable
para aquella muchachita que acababa de conocer a un
escritor que, según confiesa en el libro, distaba
de ser su favorito. De la cita en el hotel Suecia, cerca
de la calle Alcalá, a dos pasos de la Cibeles,
salió convencida de que la conversación
había sido decepcionante para el novelista. Falsa
impresión. Unos días después el
viejo Hemingway, que había recibido el Nobel
de Literatura en 1954, la invitaba a pasar las fiestas
de San Fermín con su cuadrilla, un heterogéneo
grupo de admiradores, amigos, toreros, muchachas que
acababa de conocer, actores y gentes que entraban y
salían con facilidad de aquella especie de secta
que tenía como dios único y todopoderoso
al escritor.
Secretaria sin funciones
Sin saber muy bien cómo, Valerie se vio en el
centro de la cuadrilla: Hemingway le ofreció
ser la secretaria del grupo, un trabajo bien remunerado
y sin funciones definidas, para el que sólo era
precisa una cierta habilidad para tomar notas y una
probada capacidad para trasegar dosis masivas de alcohol.
Durante semanas, la joven siguió al escritor
y su grupo allá donde fueran, y conoció
a gente de toda condición. Allí estaba
ella cuando Lauren Bacall llegó a Pamplona. Junto
a él esutvo en Bilbao, una ciudad que al novelista
le parecía «de ambiente estirado, aburguesado
y burocrático», pero con gran afición
por los toros. Con él sufrió un accidente
de coche en Aranda de Duero que pudo haberles costado
la vida.
Fue también testigo de todos los excesos de Hemingway
y de su afán casi enfermizo por ser el centro
de atención (llegó a enfadarse porque
su mujer, Mary, se hizo un corte en un dedo y le restó
algo de protagonismo). Vivió con pasión
viajes y conoció de primera mano las excentricidades
del escritor y su entorno. Una de ellas fue el regalo
de cumpleaños de Mary a su marido. Estaban en
la casa de unos amigos, en Málaga, en días
de intenso calor, y ella compró unas toneladas
de hielo, que llegaron en un camión y fueron
inmediatamente descargadas en la piscina...
Ernest
entrega a Castro un trofeo de pesca.
En Cuba
En el otoño de 1959, en Poitiers, Hemingway confiesa
su amor a Valerie, y le dice incluso que piensa divorciarse
de Mary para poder casarse con ella. La muchacha, perpleja,
no sabe bien qué contestar. Entonces, él
le anuncia que, si no les acompaña a Cuba para
pasar los próximos meses, se suicidará.
En Finca Vigía, la casa de Hemingway situada
en San Francisco de Paula, cerca de La Habana, Valerie
mecanografió originales, ordenó documentos,
ayudó en las tareas domésticas, acompañó
al escritor en excursiones de pesca de altura. Por allí
habían pasado muchos actores de Hollywood, y
allí el premio Nobel recibió una carta
de su gran amigo Gary Cooper en la que le comunicaba
que le habían diagnosticado un cáncer.
Allí también asistió a una charla
entre el escritor y el embajador de EE UU en la isla,
en la que éste le decía «como
amigo no como embajador», insistía,
que Washington veía con malos ojos que pasara
tanto tiempo en la Cuba de Castro.
Fueron meses en los que el escritor cobró conciencia
de su decadencia física. No veía bien,
sufría de insomnio, estaba frecuentemente deprimido,
era incapaz de corregir sus textos y a veces se sentía
acabado. Volvió a España, pero ya nada
era igual. Valerie, cuyas relaciones con Mary eran contradictorias,
decidió entonces alejarse de los Hemingway. Se
despidió del escritor en Barajas y volvió
a Irlanda. El 2 de julio de 1961, cuando ella vivía
en Nueva York, donde trabajaba para Newsweek, recibió
una llamada de Mary: Ernest se había disparado
con su escopeta.
Ernest
junto a un puesto de helados en Bermeo, en 1959.
En el funeral conoció a Gregory, el hijo pequeño
del escritor, que se había alejado de la familia.
Luego, con Mary, se fue a Cuba, con objeto de catalogar
y recuperar cuanto de valor había en Finca Vigía.
La casa había sido cedida por el escritor al
pueblo cubano. Mary recurrió a Castro para conseguir
los permisos para llevarse a EE UU los cuadros y objetos
de gran valor que había en la casa. El comandante
le dijo que no habría problema, pero pocos días
después llegó una funcionaria que les
comunicó que todo era propiedad del Estado cubano
y ni siquiera Castro podía cambiar la ley. Así
que tuvieron que sacar todo de allí de forma
ilegal.
Entrar en la familia
La segunda parte del drama comenzó con el matrimonio
de Valerie y Gregory Hemingway. Apenas habían
pasado unos días de la boda cuando ella descubrió
en la guantera de su coche una barra de labios. Después
halló ropa interior femenina. Pensó en
una infidelidad, pero no era eso. Gregory se vestía
a veces con ropa de mujer. Por lo demás, todo
era normal, y la vida matrimonial estuvo más
condicionada por el temor al fracaso de quien, descendiente
del escritor más admirado de su tiempo, sólo
podía aceptar para sí el éxito.
El
escritor norteamericano, en actitud pensativa.
Hasta que un día, después de muchos años
de convivencia, varios hijos, proyectos profesionales
acometidos con entusiasmo y abandonados con prisa y
tratamientos de electrochoque ante el avance de su trastorno
maníaco-depresivo y bipolar, Gregory comunicó
a su esposa que estaba pensando cambiarse de sexo. «¿Podríamos
seguir viviendo como amigas, saliendo a almorzar, de
compras, al salón de belleza? ¿No te parece
que sería divertido?», le preguntó.
Entonces ella no tuvo más remedio que contar
a sus hijos que el padre ejemplar que tenían
deseaba convertirse en mujer. Gregory le pegó
una bofetada cuando lo supo.
Así acabó la vida de Valerie con los Hemingway.
Mucho después, el 1 de octubre de 2001, recibió
una llamada de su hijo Edward. Era para comunicarle
que Gregory había muerto en una cárcel
de mujeres. Tiempo atrás había cumplido
su deseo de cambiar de sexo. Cinco días antes
de su muerte fue detenido por «conducta indecente»
cuando volvía de una fiesta desnudo, desnuda
por decirlo con propiedad. Ingresó en prisión
y falleció por un ataque al corazón. Quince
años antes había muerto Mary, la viuda
de Ernest Hemingway. Terminaba la historia que había
comenzado en julio de 1959, en un salón del hotel
que el escritor escogía siempre para alojarse
en Madrid.
VALERIE
HEMINGWAY / PERIODISTA
Y ESCRITORA
«Ernest no aceptaba el deterioro
de su cuerpo y su mente»
Valerie Hemingway (Dublín 1940) vive en Montana
(EE UU) y trabaja como periodista. Lo que cuenta en
su libro es la historia de los Hemingway, pero también
es su propia vida.
Ha contado la historia más triste,
pero la vida de Hemingway parece una continua aventura...
Es cierto que la vida de Ernest Hemingway fue
una historia de éxito y una aventura continua,
que terminó en tragedia por elección propia,
a causa de su profunda depresión. Por otra parte,
su hijo Gregory una persona brillante, médico,
gran atleta, guapo tuvo una vida atormentada por
su enfermedad mental y por el sentimiento de ser un
inadaptado. Lo de la «historia más triste»
es por el resultado de la combinación de ambos.
Uno acabó con su vida, el otro tuvo una muerte
vergonzosa. ¿Puede haber una historia más
triste?
¿Cree que Hemingway era como los
héroes de sus novelas?
Cada novelista pone algo de su propio carácter
en sus héroes. Creo que Hemingway fue como los
protagonistas de sus libros, una combinación
de lo que fue y de lo que quiso haber sido.
Valerie
con Gregorio Fuentes, el personaje que inspiró
El viejo y el mar, en 1999.
¿Tiene más recuerdos de Ernest
o de su hijo? Dedica más páginas al primero
que al segundo...
Pasé dos años con Ernest y estuve
casada veinte con su hijo. Los dos con Ernest estuvieron
llenos cada día de nuevas aventuras para mí.
Era una persona joven probando la vida por vez primera.
Los veinte años con Gregory fueron una etapa
distinta de vida y aprendizaje: matrimonio, maternidad...
pero gradualmente la sombra de la enfermedad mental
amenazó con destruir nuestras vidas. He intentado
equilibrar lo malo con lo bueno, la tristeza con la
alegría.
¿Era Ernest Hemingway muy egocéntrico?
En los años en que le conocí, Ernest
era egocéntrico hasta cierto punto. Hemingway
tuvo mucho éxito y era el centro de atención
allá donde iba. Eso aumentó su egocentrismo.
Pero también era sorprendentemente considerado
con los demás y muy generoso con los escritores
jóvenes.
¿Temía envejecer?
Lo que no aceptaba no era tanto cumplir años
como el deterioro de su cuerpo y su mente. La perspectiva
de quedarse ciego, por ejemplo, fue terrible para él.
Necesitaba ver bien para escribir, pero también
para practicar deportes como la caza y la pesca, sus
actividades favoritas.
¿Cuál de sus libros prefiere?
Fiesta fue el primer libro de Hemingway que leí,
a los 16 años. Mi madre me llevó a ver
Por quién doblan las campanas cuando cumplí
12 años. Luego, fue el propio Hemingway quien
me habló del libro y lo leí en el verano
de 1959. Pero mi favorito es París era una fiesta.
Leí el manuscrito en octubre de ese año.
La siguiente primavera, en Cuba, pasé a máquina
el manuscrito final. Siento que parte de ese libro me
pertenece.