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REPORTAJES

La historia más triste de Hemingway

Texto: César Coca
05/05/2005


Ernest Hemingway y Valerie en una terraza de Pamplona, en los sanfermines de 1959. / FOTOS DEL LIBRO ‘CORRER CON LOS TOROS’

Un día de mayo de 1959, Valerie Danby-Smith, que sólo tenía 19 años y acababa de llegar a Madrid desde su Irlanda natal, fue enviada al hotel Suecia para que entrevistara a Ernest Hemingway, que asistía a la feria de San Isidro. La joven comenzó su entrevista con una metedura de pata: preguntó al célebre escritor por qué estaba en España tras una ausencia de veinte años. El autor de El viejo y el mar corrigió a Valerie: no eran veinte, porque había estado tres años antes, y también en 1953.



Valerie, la última secretaria del escritor, que luego se casó con su hijo pequeño,
narra en un libro la peripecia de una familia marcada por el éxito y la tragedia

A partir de ahí, no hubo entrevista como tal, sino una lección de periodismo que cambió la vida de la frustrada entrevistadora: en pocos días se convertiría en la secretaria de Hemingway, luego éste le declararía su amor hasta el extremo de confesar que si se alejaba de su lado se suicidaría. Efectivamente, Valerie estaba lejos cuando el escritor que hizo famosos los sanfermines en todo el mundo se descerrajó un tiro de escopeta. Después, en el funeral conocería a su hijo pequeño, Gregory, de quien se enamoró y con quien estuvo casada veinte años, un matrimonio que terminó cuando él decidió pasar por el quirófano para cambiar de sexo. Valerie Hemingway publica Correr con los toros. Mis años con los Hemingway (Taurus), la «historia más triste que jamás he oído», dice.

Antonio y Carmen Ordóñez bailan cerca de Valerie y Ernest.

El verano de 1959 tuvo que ser necesariamente inolvidable para aquella muchachita que acababa de conocer a un escritor que, según confiesa en el libro, distaba de ser su favorito. De la cita en el hotel Suecia, cerca de la calle Alcalá, a dos pasos de la Cibeles, salió convencida de que la conversación había sido decepcionante para el novelista. Falsa impresión. Unos días después el viejo Hemingway, que había recibido el Nobel de Literatura en 1954, la invitaba a pasar las fiestas de San Fermín con su cuadrilla, un heterogéneo grupo de admiradores, amigos, toreros, muchachas que acababa de conocer, actores y gentes que entraban y salían con facilidad de aquella especie de secta que tenía como dios único y todopoderoso al escritor.

Secretaria sin funciones


Sin saber muy bien cómo, Valerie se vio en el centro de la cuadrilla: Hemingway le ofreció ser la secretaria del grupo, un trabajo bien remunerado y sin funciones definidas, para el que sólo era precisa una cierta habilidad para tomar notas y una probada capacidad para trasegar dosis masivas de alcohol. Durante semanas, la joven siguió al escritor y su grupo allá donde fueran, y conoció a gente de toda condición. Allí estaba ella cuando Lauren Bacall llegó a Pamplona. Junto a él esutvo en Bilbao, una ciudad que al novelista le parecía «de ambiente estirado, aburguesado y burocrático», pero con gran afición por los toros. Con él sufrió un accidente de coche en Aranda de Duero que pudo haberles costado la vida.
Fue también testigo de todos los excesos de Hemingway y de su afán casi enfermizo por ser el centro de atención (llegó a enfadarse porque su mujer, Mary, se hizo un corte en un dedo y le restó algo de protagonismo). Vivió con pasión viajes y conoció de primera mano las excentricidades del escritor y su entorno. Una de ellas fue el regalo de cumpleaños de Mary a su marido. Estaban en la casa de unos amigos, en Málaga, en días de intenso calor, y ella compró unas toneladas de hielo, que llegaron en un camión y fueron inmediatamente descargadas en la piscina...

Ernest entrega a Castro un trofeo de pesca.

En Cuba

En el otoño de 1959, en Poitiers, Hemingway confiesa su amor a Valerie, y le dice incluso que piensa divorciarse de Mary para poder casarse con ella. La muchacha, perpleja, no sabe bien qué contestar. Entonces, él le anuncia que, si no les acompaña a Cuba para pasar los próximos meses, se suicidará. En Finca Vigía, la casa de Hemingway situada en San Francisco de Paula, cerca de La Habana, Valerie mecanografió originales, ordenó documentos, ayudó en las tareas domésticas, acompañó al escritor en excursiones de pesca de altura. Por allí habían pasado muchos actores de Hollywood, y allí el premio Nobel recibió una carta de su gran amigo Gary Cooper en la que le comunicaba que le habían diagnosticado un cáncer. Allí también asistió a una charla entre el escritor y el embajador de EE UU en la isla, en la que éste le decía –«como amigo no como embajador», insistía–, que Washington veía con malos ojos que pasara tanto tiempo en la Cuba de Castro.

Fueron meses en los que el escritor cobró conciencia de su decadencia física. No veía bien, sufría de insomnio, estaba frecuentemente deprimido, era incapaz de corregir sus textos y a veces se sentía acabado. Volvió a España, pero ya nada era igual. Valerie, cuyas relaciones con Mary eran contradictorias, decidió entonces alejarse de los Hemingway. Se despidió del escritor en Barajas y volvió a Irlanda. El 2 de julio de 1961, cuando ella vivía en Nueva York, donde trabajaba para Newsweek, recibió una llamada de Mary: Ernest se había disparado con su escopeta.

Ernest junto a un puesto de helados en Bermeo, en 1959.

En el funeral conoció a Gregory, el hijo pequeño del escritor, que se había alejado de la familia. Luego, con Mary, se fue a Cuba, con objeto de catalogar y recuperar cuanto de valor había en Finca Vigía. La casa había sido cedida por el escritor al pueblo cubano. Mary recurrió a Castro para conseguir los permisos para llevarse a EE UU los cuadros y objetos de gran valor que había en la casa. El comandante le dijo que no habría problema, pero pocos días después llegó una funcionaria que les comunicó que todo era propiedad del Estado cubano y ni siquiera Castro podía cambiar la ley. Así que tuvieron que sacar todo de allí de forma ilegal.

Entrar en la familia

La segunda parte del drama comenzó con el matrimonio de Valerie y Gregory Hemingway. Apenas habían pasado unos días de la boda cuando ella descubrió en la guantera de su coche una barra de labios. Después halló ropa interior femenina. Pensó en una infidelidad, pero no era eso. Gregory se vestía a veces con ropa de mujer. Por lo demás, todo era normal, y la vida matrimonial estuvo más condicionada por el temor al fracaso de quien, descendiente del escritor más admirado de su tiempo, sólo podía aceptar para sí el éxito.

El escritor norteamericano, en actitud pensativa.

Hasta que un día, después de muchos años de convivencia, varios hijos, proyectos profesionales acometidos con entusiasmo y abandonados con prisa y tratamientos de electrochoque ante el avance de su trastorno maníaco-depresivo y bipolar, Gregory comunicó a su esposa que estaba pensando cambiarse de sexo. «¿Podríamos seguir viviendo como amigas, saliendo a almorzar, de compras, al salón de belleza? ¿No te parece que sería divertido?», le preguntó. Entonces ella no tuvo más remedio que contar a sus hijos que el padre ejemplar que tenían deseaba convertirse en mujer. Gregory le pegó una bofetada cuando lo supo.

Así acabó la vida de Valerie con los Hemingway. Mucho después, el 1 de octubre de 2001, recibió una llamada de su hijo Edward. Era para comunicarle que Gregory había muerto en una cárcel de mujeres. Tiempo atrás había cumplido su deseo de cambiar de sexo. Cinco días antes de su muerte fue detenido por «conducta indecente» cuando volvía de una fiesta desnudo, desnuda por decirlo con propiedad. Ingresó en prisión y falleció por un ataque al corazón. Quince años antes había muerto Mary, la viuda de Ernest Hemingway. Terminaba la historia que había comenzado en julio de 1959, en un salón del hotel que el escritor escogía siempre para alojarse en Madrid.

VALERIE HEMINGWAY / PERIODISTA Y ESCRITORA

«Ernest no aceptaba el deterioro
de su cuerpo y su mente»

Valerie Hemingway (Dublín 1940) vive en Montana (EE UU) y trabaja como periodista. Lo que cuenta en su libro es la historia de los Hemingway, pero también es su propia vida.

–Ha contado la historia más triste, pero la vida de Hemingway parece una continua aventura...
–Es cierto que la vida de Ernest Hemingway fue una historia de éxito y una aventura continua, que terminó en tragedia por elección propia, a causa de su profunda depresión. Por otra parte, su hijo Gregory –una persona brillante, médico, gran atleta, guapo– tuvo una vida atormentada por su enfermedad mental y por el sentimiento de ser un inadaptado. Lo de la «historia más triste» es por el resultado de la combinación de ambos. Uno acabó con su vida, el otro tuvo una muerte vergonzosa. ¿Puede haber una historia más triste?

–¿Cree que Hemingway era como los héroes de sus novelas?
–Cada novelista pone algo de su propio carácter en sus héroes. Creo que Hemingway fue como los protagonistas de sus libros, una combinación de lo que fue y de lo que quiso haber sido.

Valerie con Gregorio Fuentes, el personaje que inspiró ‘El viejo y el mar’, en 1999.

–¿Tiene más recuerdos de Ernest o de su hijo? Dedica más páginas al primero que al segundo...
–Pasé dos años con Ernest y estuve casada veinte con su hijo. Los dos con Ernest estuvieron llenos cada día de nuevas aventuras para mí. Era una persona joven probando la vida por vez primera. Los veinte años con Gregory fueron una etapa distinta de vida y aprendizaje: matrimonio, maternidad... pero gradualmente la sombra de la enfermedad mental amenazó con destruir nuestras vidas. He intentado equilibrar lo malo con lo bueno, la tristeza con la alegría.

–¿Era Ernest Hemingway muy egocéntrico?
–En los años en que le conocí, Ernest era egocéntrico hasta cierto punto. Hemingway tuvo mucho éxito y era el centro de atención allá donde iba. Eso aumentó su egocentrismo. Pero también era sorprendentemente considerado con los demás y muy generoso con los escritores jóvenes.

–¿Temía envejecer?
–Lo que no aceptaba no era tanto cumplir años como el deterioro de su cuerpo y su mente. La perspectiva de quedarse ciego, por ejemplo, fue terrible para él. Necesitaba ver bien para escribir, pero también para practicar deportes como la caza y la pesca, sus actividades favoritas.

–¿Cuál de sus libros prefiere?
–Fiesta fue el primer libro de Hemingway que leí, a los 16 años. Mi madre me llevó a ver Por quién doblan las campanas cuando cumplí 12 años. Luego, fue el propio Hemingway quien me habló del libro y lo leí en el verano de 1959. Pero mi favorito es París era una fiesta. Leí el manuscrito en octubre de ese año. La siguiente primavera, en Cuba, pasé a máquina el manuscrito final. Siento que parte de ese libro me pertenece.



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