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REPORTAJES

Vivir para contarlo

Texto: Juan Luis Tapia
09/12/2004


EXPERIENCIAS. El acto de escribir va precedido de la documentación y las vivencias personales.

La literatura es vida y experiencia; luego, llega la inspiración, el reto del folio en blanco. Para documentarse y producir obras creíbles, los autores deben recurrir a la investigación. Y la investigación no se limita a sumergirse en montañas de papel. Hay quienes comprueban si a tal hora da el sol o la sombra en el lugar que describen en su novela. La ficción debe ser verosímil.




Viajes por islas exóticas, consumo de drogas y alcohol, vivencias en barrios marginales e investigaciones detectivescas se convierten para los escritores en material de sus novelas

Internarse en manicomios, viajar por el mundo y conocer lugares en los que han acaecido hechos históricos, y entrevistar a los testigos de los hechos son algunos de los métodos a los que recurren los escritores para elaborar una obra digna de ser leída.

Al escritor, periodista y abogado Torcuato Luca de Tena no le bastó su afición por los temas psiquiátricos y pedir prestados varios libracos relacionados con el tema para dar forma a personajes con mentes transtornadas y enfermas. Para escribir Los renglones torcidos de Dios, este hombre logró internarse en un manicomio simulando una psicosis depresiva.

Nada de tratamiento especial. Nada de clínicas privadas. Luca de Tena se las arregló para entrar de incógnito y con nombre supuesto a un hospital psiquiátrico público, después de pasar todos los trámites requeridos. Allí permaneció ingresado durante 18 días. Casi nada, dirán algunos, pero se trataba de la intensa vida de un manicomio. Y fruto de este sacrificio dio a luz la historia de Alice Gould, la mujer internada en el ficticio hospital Nuestra Señora de la Fuentecilla, en el que un hombre con fobia al agua, un niño mimético, la niña péndulo, el gnomo y el inventor de la teoría de los nueve universos, entre otros renglones torcidos que los sacrificados batas blancas intentan enderezar, surgen como la muestra de lo que aprendió viviendo entre perturbados mentales.

En busca del paraíso
El viaje de Vargas LLosa por islas del Pacífico, rincones desconocidos de Perú y de Bretaña le proporcionaron documentación para El paraíso en la otra esquina.

En busca del paraíso

Más divertida debió ser la experiencia de Mario Vargas Llosa quien, en su más reciente novela El paraíso en la otra esquina, narra la vida de Flora Tristán y su nieto el pintor francés Paul Gauguin.

No será raro encontrar una imagen del escritor fotografiado por su hija, Morgana, sentado sobre la tumba de Gauguin, en las islas Marquesas. En su viaje tras las huellas de Tristán, pionera del feminismo socialista, y de Gauguin, pintor neoimpresionista, el autor se la pasó «de esquina en esquina», del mundo real. Fue a las islas del Pacífico, admiró las vistas de Bretaña y, por supuesto, hurgó en su natal Perú, a donde Tristán llegó en una ocasión para reencontrarse con sus antepasados de América.

El resultado de este paseo no es sólo la novela que intenta reconstruir la vida de los dos rebeldes nacidos en el siglo XIX. Morgana siguió a su padre, el autor de La fiesta del chivo, y con las imágenes que capturó hizo el libro Las fotos del paraíso. Otro de los frutos de la búsqueda fue un calendario en el que se incluían imágenes y fragmentos de El paraíso en la otra esquina.

‘On the road’
El viaje de Kerouac por Estados Unidos dio lugar a En el camino, la mítica novela de los sesenta.

Ballenero

Moby Dick, de Melville, no se debe al relato fortuito de un marinero sino a la experiencia del autor en un barco ballenero. La vida de Melville es toda una aventura. A los 19 años, descartó la posibilidad de ir a la universidad y comenzó a embarcarse en viajes que inspiraron sus obras, pasando algún tiempo en las islas del Pacífico. De regreso a Estados Unidos trabajó como profesor y en 1841 viajó a los Mares del Sur a bordo del ballenero Acushnet. Tras 18 meses de travesía abandonó el barco en las islas Marquesas y vivió un mes entre los caníbales. Escapó en un mercante australiano y desembarcó en Papeete (Tahití), donde pasó algún tiempo en prisión, antes de regresar a su hogar en 1844.

Escribió sus primeras novelas sobre su experiencia como marino. Al tema del mar corresponden sus obras Mardi (1849), Omoo (1847), Taipi, un edén caníbal (1846) y Redburn (1849). Después de sus múltiples viajes, decidió casarse y estableció su residencia en Massachusetts, en donde cultivó la amistad con el escritor Nathaniel Hawthorne, a quien dedicó su obra maestra, Moby Dick o la ballena blanca (1851), que no resultó un éxito comercial.

El viajero Stevenson

El primer libro de Robert Louis Stevenson fue Un viaje al continente (1876), una obra en la cual relataba sus avatares en canoa junto a Walter Simpson, en un trayecto que iba desde la ciudad belga de Antwerp hasta Pontoise. Escribió un buen número de obras basadas en sus múltiples viajes y vida bohemia, como Viaje tierra adentro (1878) o Viajes en burro por las Cevanness (1879).

Stevenson
Viajó por los países exóticos, lo que plasmó en sus novelas. Su ansia aventurera se reflejó incluso en su primer libro, un viaje en burro.

La vida aventurera de Stevenson definió su proceder literario, en especial sus viajes por países exóticos, que culminaron en la Isla de Samoa, en donde residió los últimos años de su vida con su familia, desde su llegada en 1889. En la Polinesia fue conocido como el Tusitala (el cuenta cuentos) y escribiría varias obras en colaboración con Lloyd Osbourne, hijo de Fanny en su primer matrimonio. Sus obras más importantes, grandes clásicos de la novela de aventuras, son La isla del tesoro (1883), El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde (1893), y La flecha negra (1888).

A tinta fría

Aunque Truman Capote (Nueva Orleáns 1924-1984) se caracterizó durante sus primeros años de escritor por publicar obras hasta cierto punto autobiográficas, las cosas cambiarían por el matiz de la sangre.

En el 1959, los cuatro miembros de una familia en Kansas son asesinados. El hecho, desde el primer instante, llama la atención del controvertido escritor.

No fue una atracción pasajera ni lejana. Capote, que en sus años mozos se inició como aprendiz de periodista en The New Yorker, iniciaría una investigación periodística de nada más y nada menos que cinco años. Durante ese lustro entrevistó a cientos de personas que podían arrojar luz sobre lo acaecido y sobre el desarrollo de las vidas de los implicados.

Truman Capote
‘A sangre fría’ fue el resultado de una investigación del escritor que incluso le llevó a presenciar la ejecución de los culpables.

Su compenetración fue tal que, al ser ejecutados los culpables del sangriento hecho, Capote estuvo entre los asistentes. Los cinco años de investigación valieron la pena. A sangre fría dio un giro a la carrera de su autor, quien se convirtió en toda una celebridad acuñó el concepto novela de no-ficción, para referirse a la que versa sobre acontecimientos reales y que es creada a partir de técnicas periodísticas.

Secuestros y náufragos

Seguro que dentro de ese género se inscribiría Noticia de un secuestro, del colombiano Gabriel García Márquez, que le costó a su autor tres años de indagación. Sobre ese libro que trata el problema de los secuestros y el narcotráfico en su tierra natal, el Gabo dijo en una ocasión: «No tiene una línea imaginaria ni un dato que no esté comprobado hasta donde es humanamente posible».

Lo tuvo más fácil con Relato de un náufrago. El 28 de febrero de 1955 cunde la noticia de que una tormenta en el mar Caribe ha hecho naufragar al destructor Caldas, de la marina de guerra de Colombia. La búsqueda de los náufragos se inicia de inmediato, pero al cabo de pocos días de esfuerzos inútiles los marineros perdidos son declarados oficialmente muertos. Sin embargo, una semana después aparece uno de ellos. Es Luis Alejandro Velasco, que ha permanecido diez días, sin comer ni beber, en una balsa a la deriva.

Pasión por la India
Dominique Lapierre recorrió Estados Unidos por un puñado de dólares y después se embarcó en una serie de viajes a la India. Tras conocer a Ghandi y el modo de vida del país, decide implicarse en labores sociales. La ciudad de la alegría es fruto de su experiencia marginal en Calcuta.

El renombre inmediato rodea al náufrago, un muchacho robusto, de veinte años, «con más cara de trompetista que de héroe de la patria». El sobreviviente acude un día a la sala de redacción de El Espectador de Colombia. Propone a un joven periodista narrar la verdadera historia del naufragio, sin las deformaciones del oficialismo. El joven periodista se llamaba Gabriel García Márquez.

Los best seller de Dominique Lapierre son fruto de experiencias personales y documentales. Desde Esta noche la libertad a La ciudad de la alegría, la India es una de las pasiones de este escritor, que pasó largas temporadas en los barrios marginales de Calcuta para escribir algunos de sus libros. Lo que más le impactó fue conocer a Ghandi: «Ese pequeño ser, casi desnudo, que supo aglutinar a 650.000 pueblos, me produjo una de las emociones más fuertes de mi vida. Ese encuentro fue un flechazo, el principio de una historia de amor con ese país». Otro de los episodios que han marcado la vida del escritor y sus obras fue cuando se encontró con Teresa de Calcuta. En Dominique Lapierre las experiencias aparecen desde su primer libro, que escribió en plena juventud, ‘Un dólar cada mil kilómetros’, en el que cuenta su aventura en solitario por Estados Unidos.

A partir de las vivencias en un barrio de chabolas en Calcuta narradas en ‘La ciudad de la alegría’, decide donar la mitad los derechos de autor para la realización de proyectos humanitarios en Calcuta y las zonas rurales más pobres del delta de Ganges, Madrás y Bhopal, para cuyo fin se crea la Fundación Ciudad de la Alegría.

Sexo, drogas y letras
Los escritores norteamericanos Allen Ginsberg y William S. Burrougs abrazaron todo tipo de drogas para elaborar sus textos literarios, auténticos viajes que ponían en duda los cimientos de la sociedad americana.

Beber para contarlo

Muchos son los autores que han hecho del alcoholismo materia literaria, pero pocos han retratado las desdichas y miserias del licor con el lirismo, la objetividad y la intensidad de Malcolm Lowry. Ultramarina, su primera novela, fue el resultado de su temprana llamada del mar, acuciado por las lecturas de Conrad, O’Neill y la proximidad del hogar paterno al puerto de Liverpool. Obedeciendo a un mismo motivo, Bajo el volcán, su obra maestra, es el resultado de su larga experiencia como borracho. Maldito entre los malditos, a su constante afán por la autodestrucción hay que sumar una increíble mala suerte, que jalona su biografía de desgracias tan grotescas como las distintas perdidas de sus manuscritos.

‘Don Geraldo’

Con 25 años, a lomos de unas mulas y 2.000 libros llegó a Yegen un joven británico aspirante a escritor llamado Gerald Brenan. Eran los primeros años veinte del siglo pasado y para la estricta educación victoriana que había recibido, pensar en el sur de España, en Andalucía, era sinónimo de libertad, sensualidad, romanticismo y alegría de vivir. Gerald Brenan, Don Geraldo para los del pueblo, no sólo encontró la paz que quería para leer y escribir, sino que también descubrió el amor en toda su plenitud física. Fue una experiencia iniciática que le marcó para siempre; de hecho su obra posterior sobre España no es sino la de alguien que se enamoró de Andalucía, donde vivió durante largos periodos y adonde volvió en 1984, para pasar los últimos años de su vida. En Al Sur de Granada narra su experiencia y vivencia en Yegen.

Su interés por instalarse en un lugar tan tranquilo y salvaje como La Alpujarra respondía también a su intención de leer a todos los autores que le interesaban y no había podido conocer debido a los tres años que pasó en el frente, durante la I Guerra Mundial. Andalucía supuso para Brenan el encuentro con escritores como Góngora, Quevedo, Garcilaso, San Juan de la Cruz y, sobre todo, Santa Teresa, a quien profesó siempre una absoluta admiración.

LSD y rock, la Beat Generation

J. L.TAPIA

Si tuviéramos que situar la irrupción de la droga, en forma masiva, en el siglo XX diríamos que, la década del sesenta, marca el hito fundamental de su aparición. Una sociedad, la norteamericana, que atravesaba la post-guerra, con su dejo de triunfalismo y su espíritu puritano, proclamando el American Way of Life, ve nacer una nueva expresión literaria con la Beat Generation.

Los escritores beats como Burroughs, Cassady, Ginsberg o Kerouac, desarrollan una nueva forma de expresión donde todo aquello que produzca efectos sobre los sentidos, llámese anfetaminas, LSD, marihuana y alcohol, constituye un proyecto explícito de protesta contra los valores preestablecidos de la sociedad capitalista. La literatura, comienza a expresar el cambio de la figura de la droga como medio de actuar sobre sí mismo, y como una forma de protesta a las convenciones sociales existentes. Diferentes críticos señalan de esta escritura beat que es un flujo ininterrumpido, desde el fondo del espíritu, de ideas y palabras que soplan sobre las imágenes; no hay periodos que separen las frases, ridículas puntuaciones, sino vigorosos blancos, que separan las respiraciones retóricas. No hay selectividad de la expresión, sino aceptación de las asociaciones libres producidas por la mente en un mar ilimitado, nadando en un océano, sin otra disciplina que los ritmos de la respiración retórica y de las puntuaciones como un puño que golpea sobre la mesa.

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