Casi todas las personas echan embustes 'sin importancia' en sus conversaciones habituales Detrás de cada 'bola' se esconde un motivo, como sortear una situación o mejorar nuestra imagen
Cada uno de nosotros miente unas tres veces cada diez minutos. Así lo constató un estudio psicológico de la Universidad de Massachussets, Estados Unidos, que investigó a 242 estudiantes a los que se les dijo que el propósito era examinar cómo interactuaban al conocer a otra persona y tener una breve conversación. El 60% de los participantes mintió al menos una vez en la charla organizada por el investigador Robert Feldman.
Las mentirijillas de los participantes estadounidenses variaron desde cuestiones irrelevantes, como decir que les agradaba una persona determinada, cuando en realidad no era cierto, hasta otras más extremas como afirmar descaradamente ser un conocido cantante de rock. Hombres y mujeres fingieron con igual frecuencia, pero persiguiendo distintos fines. Las mujeres tendían a mentir para hacer que el interlocutor se sintiera mejor, mientras que los hombres engañaban más para dar una mejor imagen de sí mismos.
No nos escandalicemos. La mayoría de los individuos finge de forma cotidiana y automática para sortear situaciones o mejorar su imagen ante los otros. Si usted no ha dicho una trolilla para quedar bien o no ha echado un piropo sin sentirlo realmente, no forma parte de los retratados en este reportaje.
Y no es grave verse reflejado en estos mentirosos piadosos, ya que las medias verdades cumplen una función adaptativa en los seres humanos; sirven para mantener un equilibrio. Por ejemplo, si un padre recibe un dibujo de su hijo de cinco años es obvio que le va a decir que es el más lindo que ha visto en su vida. Así, el papá está generando confianza y autoestima en su niño, señalan los profesionales consultados.
«A veces por no dañar a otras personas y en otras ocasiones para mantener el concepto que uno tiene de sí mismo se recurre a estas excusas. Es muy frecuente, más de lo que pensamos, y no tiene por qué incidir en un daño en los demás», aclara Cristóbal Rozúa, del Centro Psicológico CEPP, de Granada.
Qué solemos decir...
Claudine Biland, autora de La Psicología del mentiroso, ha catalogado en varios grupos las mentiras más frecuentes y qué tipo de personas suelen echarlas.
'Ese vestido te sienta muy bien'. El motivo de esta mentira es altruista. El embustero no tiene nada que ganar, sino que quiere alimentar el narcisismo del otro. Pero, no nos engañemos, esta calumnia representa una forma de hipocresía social. Detrás de ella en ocasiones se esconde una crueldad: «Por una vez en la vida estás bien vestida». «Este tipo de frases a veces enmascara una manera de agredir al otro», apostilla la psicóloga.
'El ordenador se me ha quedado bloqueado' o 'tengo problemas con Internet'. En una situación compleja, la persona es pillada sin haber realizado lo que se le ha encargado y no encuentra otra excusa. Miente porque es incapaz de reconocer que necesita más tiempo. Echándole la culpa al ordenador anula cualquier posibilidad de discusión o reproche. El que escucha la invención hace como que se lo cree.
'He pillado un atasco'. Recurrir al tráfico o a los transportes públicos para enmascarar que se nos han pegado las sábanas, por ejemplo, es muy frecuente. «Se trata de otro ejemplo de hipocresía social», dice Claudine Biland, quien aclara que de esta manera el interlocutor esconde sus motivos reales y evade reconocer una realidad: podría haber previsto el atasco y salir antes de casa. De la misma manera, exclamar «¿La cena estaba estupenda!», tras una ingesta de platos infames es una estrategia de supervivencia. El mentiroso deja en manos del otro creerse o no el piropo. Sólo tipos como Groucho Marx se atreven a decir: «He pasado una tarde estupenda, pero no ha sido ésta precisamente».
'Nunca he conocido a nadie como tú'. Se trata de una maniobra de seducción para engordar el ego de nuestra pareja, según la autora del libro, quien recalca que detrás de estas afirmaciones se suele esconder un interés. Aunque si realmente hay un enamoramiento, quien lo dice puede estar convencido (o tener la ilusión) de que está con una persona única y maravillosa; entonces no sería una mentira, sino un halago.
'¿Vaya, se me ha olvidado la tarjeta!' o 'No me he dado cuenta de que no tenía dinero en el monedero'. Quien recurre a estas frases no necesariamente es el más pobre de la reunión, aunque personas que andan muy escasas de fondos suelen emplear esta técnica. En algunos casos extremos, este engaño expresa un desprecio por los otros, ya que el cuentista se cree con el derecho de que le paguen la cuenta.
'Sí, jefe, es una idea excelente'. Destinada a adular al otro, es una de las mentiras más frecuentes, según la especialista. «No cuesta casi nada hacer la pelota a un superior, el 80% de las personas toleran esta práctica sin juzgarla», añade. El receptor no es necesariamente ingenuo y mide así su poder. El mentiroso asume su rol de adulador. A veces este piropo es sincero, ya que el jefe ha podido tener una gran idea. «Otras personas tienen la necesidad de creer que su superior es brillante para poder respetarle», concluye.
¿Un problema?
Un futbolista podrá contar más goles de los que realmente ha marcado delante de sus nuevos compañeros de equipo; se pueden exagerar las proezas sexuales entre varios hombres que se retan en su capacidad viril, o una madre puede hacer que su hijo mejore las notas y apruebe' cursos con el fin de que parezca una madre exitosa con un hijo bien educado.
La inseguridad y desconfianza en nuestra capacidad de ser aceptados tal como somos nos llevan a adornar nuestra historia para causar una impresión favorable en los demás.
Engañar es un recurso fácil, aunque el riesgo que se corre es ser descubierto. Muchos padres tienen la preocupación de que sus hijos, al echar embustes, vulneren los derechos de otras personas. «Si desde pequeños se dan cuenta de que cruzando esa línea consiguen más cosas que si no mintieran, incorporan el fingimiento como una conducta habitual», abunda Cristóbal Rozúa, quien pone como extremo aquellos que llegan a creerse las propias mentiras que echan.
«Se convierte en algo patológico, a pesar de que sus amigos, familiares y compañeros de trabajo critiquen sus conductas. Priorizan el objetivo antes que la forma de conseguir el objetivo. Eso es un problema», narra el experto.
Lo curioso es que estas últimas personas no acuden a las clínicas psicológicas conscientes de que 'mienten más que hablan', sino que les llevan «problemas con la pareja, despidos laborales continuos, conflictos familiares...».