Lanzagranadas utilizado para
lanzar propaganda en la Guerra Civil
Verano de 1937. Plena Guerra Civil española.
En Extremadura el calor es particularmente demoledor,
derrite las piedras en pleno festín de canto
de chicharras. Es la hora de la siesta y los miembros
de las tropas republicanas se disputan a codazos con
los gorrinos la codiciada sombra de las encinas. Ningún
miliciano quiere saber nada de guerra: todos anhelan
dormir para soportar esas horas de sofoco canicular.
En ésas están los milicianos cuando de
repente cae sobre ellos una lluvia de octavillas del
enemigo en las que Franco promete... ¡tres horas
diarias de siesta para los que se pasen a su bando!
En esas condiciones, resulta sumamente difícil
sustraerse a la tentación de rendirse.
Los bandos de la Guerra
Civil española recurrieron a todo
de tipo de argucias propagandísticas
para conseguir la rendición del enemigo
Y es que en la guerra es esencial comerle la moral
al enemigo: no sólo se trata de no darle ni agua,
sino, además, de hundirlo en la mayor de las
miserias psicológicas para lograr su claudicación.
Y para ese objetivo no hay nada tan devastador como
la propaganda, como bien se encarga de demostrar José
Manuel Grandela con su último libro, Balas de
papel.
Anecdotario de propaganda subversiva en la Guerra Civil
española, que acaba de ser publicado por Salvat.
Grandela narra casos de deserciones masivas. El aparato
de propaganda de los nacionales creó una imagen
temeraria de los moros que integraban el Tercio de Regulares.
Según el despliegue propagandístico, los
moros capaban a todo aquél que tomaban como prisionero
y violaban a cuantas mujeres encontraban a su paso.
En la batalla de Brunete, los miembros de una unidad
de Regulares atacaron, gritando como locos, a un grupo
de milicianos republicanos que huyeron despavoridos
ante lo que se les avecinaba. «No dejaron de correr
hasta que llegaron a la carretera de La Coruña»,
dice ahora José Manuel Grandela.
En no pocas ocasiones la guerra psicológica tiene
que recurrir a abundantes dosis de sadismo para lograr
su objetivo. Es el caso de lo ocurrido en Madrid. La
capital resistía el asedio del bando nacional,
que para minar el ánimo de los republicanos optó
por lanzar desde aviones una lluvia de panecillos envueltos
en propaganda. En aquella situación de hambruna
absoluta, el lanzamiento de pan era un aplastante gesto
de superioridad. Y en efecto, aquella acción
espectacular dañó considerablemente la
moral de la ciudadanía madrileña, que
llegó a aguantar tres años de asedio sumida
en la falta de alimentos. «Sin embargo, aquel
bombardeo de pan desencadenó anécdotas
muy tiernas, como la de una serie de mujeres que, a
pesar del hambre, se acercaron a las trincheras nacionales
en la zona universitaria y por encima de las alambradas
arrojaron el pan a las tropas franquistas diciendo:
¡Nuestro orgullo no se compra con pan!.
Eso pone los pelos de punta», relata Grandela.
Oradores en la trinchera
Un orador republicano habla
al enemigo con un altavoz de gramola.
A lo largo de la contienda se registró todo
tipo de artimañas para engañar y asustar
al enemigo. De la importancia de la propaganda da fe
la creación de los locutores de trinchera, es
decir, oradores especialistas y con gran poder de convicción
que a grito pelado o con altavoces intentaban convencer
al enemigo de que se rindiera. Dada la proximidad de
las trincheras rivales, a veces situadas a escasos treinta
metros de las propias, la capacidad de persuasión
de los locutores fue a menudo decisiva.
Los medios empleados para difundir la propaganda durante
la Guerra Civil fueron en verdad variopintos. A los
medios clásicos como las octavillas se
repartieron millones a lo largo del conflicto
o los altavoces, se unieron otros métodos para
entonces novedosos, como la radio, que resultó
ser todo un hallazgo en aquel entonces.
Especial repercusión alcanzaron los partes de
Queipo de Llano, tan interminables como los discursos
de Fidel Castro. Como anécdota, Grandela señala
que las intervenciones de Queipo llegaron a tener tanto
gancho que las parejas de novios de Sevilla se quejaron
de que su hora de inicio las diez de la noche
no les dejaba tiempo para el flirteo, de forma que a
veces el propio Queipo cambió el horario a las
diez y media para no interrumpir a los jóvenes
enamorados.
También con fruta
Para lanzar propaganda de un lado al otro de las trincheras,
los contendientes llegaron a valerse de piedras e incluso
de fruta. Grandela narra el caso del lanzamiento de
naranjas envueltas en propaganda para que ésta
fuese leída por el enemigo en su trinchera.
Hay más pruebas de ingenio: los republicanos
llegaron a lanzar al Guadalquivir cántaros llenos
de propaganda adornados con la bandera republicana para
que las octavillas fueran leídas por sus propios
camaradas situados río abajo.
También hay casos de barquitos de corcho cargados
de propaganda y lanzados al río Tajo para desmoralizar
al enemigo.
Asimismo, se usaron con profusión los perros-estafeta,
o lo que es lo mismo: canes que se utilizaban de correo
para llevar mensajes de un lugar a otro.
Pero también se recurrió a los perros
para comunicar futuras deserciones.
Así, un oficial del ejército republicano
que defendía la Casa de Campo de Madrid redactó
el siguiente informe en 1936: «Ha sido capturado
un perro que, procedente de las líneas enemigas,
se ha acercado a las nuestras. Traía trasquiladas
en el lomo las siglas UHP, y un papel atado al cuello
con el siguiente mensaje: Esto lo ha escrito un
soldado rojo que pasará a vuestras filas muy
pronto. Salud, camaradas».
MANUEL DÍEZ CRUZ / EX COMBATIENTE
«Les gritábamos: ¡Maricón,
has estado
a punto de volarme la cabeza!»
quinta del biberón.
Manuel Díez. /J. D. forcada
R. LÓPEZ / GRANADA
A sus 81 años de edad, el riojano Manuel Díez
Cruz recuerda sus tiempos como combatiente con la quinta
del biberón. Durante meses, la trinchera
fue su hogar.
¿A qué edad se incorporó
al frente?
Tenía sólo 18 años, y fui
de los últimos en hacerlo. Me incorporé
en Zaragoza. Era un chiquillo. Por eso nos llamaron
la quinta del biberón.
¿Se incorporó así,
de súbito?
El fusil pesaba más que yo. Llegaban camiones
para enterrar muertos en fosas comunes. Tal y como me
dieron el fusil me mandaron al monte. Cruzamos el Ebro
en camiones que se montaban en barcazas, pues los puentes
no resistían el peso de los vehículos.
¿Estuvo usted en primera línea
de fuego?
Sí, aunque disparé pocos tiros.
Las trincheras enemigas estaban muy próximas,
a unos cincuenta metros.
¿Se comunicaban entre ustedes para
pedir la rendición?
A veces. Pero sobre todo les gritábamos:
¡Oye, maricón, has estado a punto
de volarme la cabeza con ese disparo! ¡A poco
me matas!. Estábamos muy cerca y nos insultábamos
a voces. No llegué a ver panfletos ni octavillas.
¿A veces hacían ustedes algún
alto el fuego para intercambiar tabaco o víveres?
Nada, nada. El contacto que manteníamos
era para insultarnos. Nos decíamos de todo. Nunca
se llegaba a las manos, porque en cuanto uno asomaba
la cabeza le arreaban un tiro.
¿Presenció usted muchas deserciones?
No había muchas, y la mayor parte de las
que había eran en las filas republicanas.
¿Cómo estaban de moral?
Yo era un niño. La moral subió cuando
los republicanos se rindieron y todos pudimos irnos.
JOSÉ MANUEL GRANDELA / AUTOR DE 'BALAS
DE PAPEL'
«Comerle la moral al enemigo
es fenomenal»
R. LÓPEZ / GRANADA
Grandela, con dos proyectiles
usados para lanzar propaganda
¿Cree que la guerra psicológica
puede ser tan efectiva como las balas de verdad?
Las balas de papel son mucho más efectivas
que las balas de bronce o de acero. Diferente es si
se las compara con las grandes bombas, que matan a muchos
en poco espacio.
¿Quién inventó la guerra
psicológica?
Ha existido siempre. Si se puede vencer al enemigo
con una añagaza y sin usar la fuerza, mejor que
mejor. Tres mil años antes de Cristo, en la sociedad
mesopotámica, ya se practicaba. Por aquel entonces
ya se recurría al engaño y al truco.
¿Tan importante es comerle la moral
al enemigo?
Comerle la moral al enemigo es fenomenal. Si a
través de contarle cosas consigues que no te
dispare y además que se pase a tus filas, el
resultado es inmejorable.
¿Recuerda alguna argucia especialmente
astuta?
En la Guerra Civil se empleaba la táctica
de hablarle al enemigo de sus propias penurias y carencias.
Si estás en la trinchera y le restriegas por
la cara al enemigo que tienes más ropa que él,
más comida que él, y encima le arrojas
restos de tu comida para que vea que a ti te sobra,
es indudable que lo estás haciendo polvo. Es
una actitud dura, pero muy efectiva.
George Bush prepara su ataque a Irak. Ya
pretende dividir a los militares iraquíes al
sugerirles que ellos mismos asesinen a Sadam Hussein.
¿Está siendo efectivo Bush en esta estrategia?
Si dejaran libertad a Bush, él machacaría
Irak con las armas más gordas de que dispone.
Él no ha demostrado nunca ser un buen psicólogo.
Es un bruto tejano que no hay por dónde cogerlo.
Digamos que no es muy fino...
En absoluto. Ha habido presidentes de Estados
Unidos mucho más sutiles. Pero el ejército
de Estados Unidos conoce la importancia de la propaganda
y tiene una división dedicada exclusivamente
a la guerra psicológica que actúa meses
antes de que se declare la guerra. Ya están diseñadas
muchas de las octavillas que van a ser arrojadas sobres
los iraquíes.
Se dice que el gran maestro de la propaganda
de guerra fue Goebbels. ¿Está de acuerdo?
Bueno... él copió los usos que se
hicieron de la propaganda durante la Guerra Civil española,
que fueron muy variados ya que la contienda duró
nada menos que tres años. Los alemanes que estuvieron
en el bando nacional tomaron muy buena nota de ello
y la aplicaron después muy bien.
¿Qué bando supo sacar más
provecho de la propaganda durante la Guerra Civil española?
Al comienzo, lo hizo mejor el lado republicano.
Pero poco a poco la balanza se fue equilibrando, pues
Franco comprobó que muchos de sus efectivos se
pasaban al otro bando por culpa de la propaganda. Eso
le hizo dedicar más atención a la guerra
psicológica. Al final, el lado nacional explotó
mucho mejor este recurso.
¿La propaganda fue decisiva en la
Guerra Civil?
Estoy convencido de que si la guerra duró
tanto nada menos que tres años fue
debido a la propaganda.
¿La mejor propaganda es la que está
planificada estratégicamente o la que aprovecha
con astucia cada momento?
La primera. La segunda permite ganar una escaramuza,
pero no la guerra.
¿Los bandos de la Guerra Civil se
preocuparon más de desmoralizar al enemigo o
de animar a sus propias filas?
Ambas direcciones, hacia afuera y hacia adentro,
son fundamentales y se cuidaron por igual.
¿Cuál fue el mensaje más
repetido en cada bando?
Los republicanos insistían en que España
estaba invadida por Alemania, Italia y Marruecos. Y
los nacionales hacían especial hincapié
en la unidad de la patria.