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REPORTAJES

Siesta para los desertores

Texto: Rafa López / Granada
11/11/2002


Lanzagranadas utilizado para lanzar propaganda en la Guerra Civil

Verano de 1937. Plena Guerra Civil española. En Extremadura el calor es particularmente demoledor, derrite las piedras en pleno festín de canto de chicharras. Es la hora de la siesta y los miembros de las tropas republicanas se disputan a codazos con los gorrinos la codiciada sombra de las encinas. Ningún miliciano quiere saber nada de guerra: todos anhelan dormir para soportar esas horas de sofoco canicular. En ésas están los milicianos cuando de repente cae sobre ellos una lluvia de octavillas del enemigo en las que Franco promete... ¡tres horas diarias de siesta para los que se pasen a su bando! En esas condiciones, resulta sumamente difícil sustraerse a la tentación de rendirse.




Los bandos de la Guerra Civil española recurrieron a todo de tipo de argucias propagandísticas para conseguir la rendición del enemigo

Y es que en la guerra es esencial comerle la moral al enemigo: no sólo se trata de no darle ni agua, sino, además, de hundirlo en la mayor de las miserias psicológicas para lograr su claudicación. Y para ese objetivo no hay nada tan devastador como la propaganda, como bien se encarga de demostrar José Manuel Grandela con su último libro, Balas de papel.
Anecdotario de propaganda subversiva en la Guerra Civil española, que acaba de ser publicado por Salvat.

Grandela narra casos de deserciones masivas. El aparato de propaganda de los nacionales creó una imagen temeraria de los moros que integraban el Tercio de Regulares. Según el despliegue propagandístico, los moros capaban a todo aquél que tomaban como prisionero y violaban a cuantas mujeres encontraban a su paso. En la batalla de Brunete, los miembros de una unidad de Regulares atacaron, gritando como locos, a un grupo de milicianos republicanos que huyeron despavoridos ante lo que se les avecinaba. «No dejaron de correr hasta que llegaron a la carretera de La Coruña», dice ahora José Manuel Grandela.

En no pocas ocasiones la guerra psicológica tiene que recurrir a abundantes dosis de sadismo para lograr su objetivo. Es el caso de lo ocurrido en Madrid. La capital resistía el asedio del bando nacional, que para minar el ánimo de los republicanos optó por lanzar desde aviones una lluvia de panecillos envueltos en propaganda. En aquella situación de hambruna absoluta, el lanzamiento de pan era un aplastante gesto de superioridad. Y en efecto, aquella acción espectacular dañó considerablemente la moral de la ciudadanía madrileña, que llegó a aguantar tres años de asedio sumida en la falta de alimentos. «Sin embargo, aquel bombardeo de pan desencadenó anécdotas muy tiernas, como la de una serie de mujeres que, a pesar del hambre, se acercaron a las trincheras nacionales en la zona universitaria y por encima de las alambradas arrojaron el pan a las tropas franquistas diciendo: ‘¡Nuestro orgullo no se compra con pan!’. Eso pone los pelos de punta», relata Grandela.

Oradores en la trinchera

Un orador republicano habla al enemigo con un altavoz de gramola.

A lo largo de la contienda se registró todo tipo de artimañas para engañar y asustar al enemigo. De la importancia de la propaganda da fe la creación de los locutores de trinchera, es decir, oradores especialistas y con gran poder de convicción que a grito pelado o con altavoces intentaban convencer al enemigo de que se rindiera. Dada la proximidad de las trincheras rivales, a veces situadas a escasos treinta metros de las propias, la capacidad de persuasión de los locutores fue a menudo decisiva.

Los medios empleados para difundir la propaganda durante la Guerra Civil fueron en verdad variopintos. A los medios clásicos como las octavillas –se repartieron millones a lo largo del conflicto– o los altavoces, se unieron otros métodos para entonces novedosos, como la radio, que resultó ser todo un hallazgo en aquel entonces.

Especial repercusión alcanzaron los partes de Queipo de Llano, tan interminables como los discursos de Fidel Castro. Como anécdota, Grandela señala que las intervenciones de Queipo llegaron a tener tanto gancho que las parejas de novios de Sevilla se quejaron de que su hora de inicio –las diez de la noche– no les dejaba tiempo para el flirteo, de forma que a veces el propio Queipo cambió el horario a las diez y media para no interrumpir a los jóvenes enamorados.

También con fruta

Para lanzar propaganda de un lado al otro de las trincheras, los contendientes llegaron a valerse de piedras e incluso de fruta. Grandela narra el caso del lanzamiento de naranjas envueltas en propaganda para que ésta fuese leída por el enemigo en su trinchera.
Hay más pruebas de ingenio: los republicanos llegaron a lanzar al Guadalquivir cántaros llenos de propaganda adornados con la bandera republicana para que las octavillas fueran leídas por sus propios camaradas situados río abajo.

También hay casos de barquitos de corcho cargados de propaganda y lanzados al río Tajo para desmoralizar al enemigo.

Asimismo, se usaron con profusión los perros-estafeta, o lo que es lo mismo: canes que se utilizaban de correo para llevar mensajes de un lugar a otro.

Pero también se recurrió a los perros para comunicar futuras deserciones.

Así, un oficial del ejército republicano que defendía la Casa de Campo de Madrid redactó el siguiente informe en 1936: «Ha sido capturado un perro que, procedente de las líneas enemigas, se ha acercado a las nuestras. Traía trasquiladas en el lomo las siglas UHP, y un papel atado al cuello con el siguiente mensaje: ‘Esto lo ha escrito un soldado rojo que pasará a vuestras filas muy pronto. Salud, camaradas’».

MANUEL DÍEZ CRUZ / EX COMBATIENTE

«Les gritábamos: ¡Maricón, has estado
a punto de volarme la cabeza!»

‘quinta del biberón’. Manuel Díez. /J. D. forcada

R. LÓPEZ / GRANADA

A sus 81 años de edad, el riojano Manuel Díez Cruz recuerda sus tiempos como combatiente con la ‘quinta del biberón’. Durante meses, la trinchera fue su hogar.

–¿A qué edad se incorporó al frente?
–Tenía sólo 18 años, y fui de los últimos en hacerlo. Me incorporé en Zaragoza. Era un chiquillo. Por eso nos llamaron la ‘quinta del biberón’.

–¿Se incorporó así, de súbito?
–El fusil pesaba más que yo. Llegaban camiones para enterrar muertos en fosas comunes. Tal y como me dieron el fusil me mandaron al monte. Cruzamos el Ebro en camiones que se montaban en barcazas, pues los puentes no resistían el peso de los vehículos.

–¿Estuvo usted en primera línea de fuego?
–Sí, aunque disparé pocos tiros. Las trincheras enemigas estaban muy próximas, a unos cincuenta metros.

–¿Se comunicaban entre ustedes para pedir la rendición?
–A veces. Pero sobre todo les gritábamos: ‘¡Oye, maricón, has estado a punto de volarme la cabeza con ese disparo! ¡A poco me matas!’. Estábamos muy cerca y nos insultábamos a voces. No llegué a ver panfletos ni octavillas.

–¿A veces hacían ustedes algún alto el fuego para intercambiar tabaco o víveres?
–Nada, nada. El contacto que manteníamos era para insultarnos. Nos decíamos de todo. Nunca se llegaba a las manos, porque en cuanto uno asomaba la cabeza le arreaban un tiro.

–¿Presenció usted muchas deserciones?
–No había muchas, y la mayor parte de las que había eran en las filas republicanas.

–¿Cómo estaban de moral?
–Yo era un niño. La moral subió cuando los republicanos se rindieron y todos pudimos irnos.

JOSÉ MANUEL GRANDELA / AUTOR DE 'BALAS DE PAPEL'

«Comerle la moral al enemigo
es fenomenal»

R. LÓPEZ / GRANADA

Grandela, con dos proyectiles usados para lanzar propaganda

–¿Cree que la guerra psicológica puede ser tan efectiva como las balas de verdad?
–Las balas de papel son mucho más efectivas que las balas de bronce o de acero. Diferente es si se las compara con las grandes bombas, que matan a muchos en poco espacio.

–¿Quién inventó la guerra psicológica?
–Ha existido siempre. Si se puede vencer al enemigo con una añagaza y sin usar la fuerza, mejor que mejor. Tres mil años antes de Cristo, en la sociedad mesopotámica, ya se practicaba. Por aquel entonces ya se recurría al engaño y al truco.

–¿Tan importante es comerle la moral al enemigo?
–Comerle la moral al enemigo es fenomenal. Si a través de contarle cosas consigues que no te dispare y además que se pase a tus filas, el resultado es inmejorable.

–¿Recuerda alguna argucia especialmente astuta?
–En la Guerra Civil se empleaba la táctica de hablarle al enemigo de sus propias penurias y carencias. Si estás en la trinchera y le restriegas por la cara al enemigo que tienes más ropa que él, más comida que él, y encima le arrojas restos de tu comida para que vea que a ti te sobra, es indudable que lo estás haciendo polvo. Es una actitud dura, pero muy efectiva.

–George Bush prepara su ataque a Irak. Ya pretende dividir a los militares iraquíes al sugerirles que ellos mismos asesinen a Sadam Hussein. ¿Está siendo efectivo Bush en esta estrategia?
–Si dejaran libertad a Bush, él machacaría Irak con las armas más gordas de que dispone. Él no ha demostrado nunca ser un buen psicólogo. Es un bruto tejano que no hay por dónde cogerlo.

–Digamos que no es muy fino...
–En absoluto. Ha habido presidentes de Estados Unidos mucho más sutiles. Pero el ejército de Estados Unidos conoce la importancia de la propaganda y tiene una división dedicada exclusivamente a la guerra psicológica que actúa meses antes de que se declare la guerra. Ya están diseñadas muchas de las octavillas que van a ser arrojadas sobres los iraquíes.

–Se dice que el gran maestro de la propaganda de guerra fue Goebbels. ¿Está de acuerdo?
–Bueno... él copió los usos que se hicieron de la propaganda durante la Guerra Civil española, que fueron muy variados ya que la contienda duró nada menos que tres años. Los alemanes que estuvieron en el bando nacional tomaron muy buena nota de ello y la aplicaron después muy bien.

–¿Qué bando supo sacar más provecho de la propaganda durante la Guerra Civil española?
–Al comienzo, lo hizo mejor el lado republicano. Pero poco a poco la balanza se fue equilibrando, pues Franco comprobó que muchos de sus efectivos se pasaban al otro bando por culpa de la propaganda. Eso le hizo dedicar más atención a la guerra psicológica. Al final, el lado nacional explotó mucho mejor este recurso.

–¿La propaganda fue decisiva en la Guerra Civil?
–Estoy convencido de que si la guerra duró tanto –nada menos que tres años– fue debido a la propaganda.

–¿La mejor propaganda es la que está planificada estratégicamente o la que aprovecha con astucia cada momento?
–La primera. La segunda permite ganar una escaramuza, pero no la guerra.

–¿Los bandos de la Guerra Civil se preocuparon más de desmoralizar al enemigo o de animar a sus propias filas?
–Ambas direcciones, hacia afuera y hacia adentro, son fundamentales y se cuidaron por igual.

–¿Cuál fue el mensaje más repetido en cada bando?

–Los republicanos insistían en que España estaba invadida por Alemania, Italia y Marruecos. Y los nacionales hacían especial hincapié en la unidad de la patria.

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