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Michael Bloomberhg/ Alcalde de Nueva York

Texto: M. Gallego / Ilustración: José Ramón Catalán
14/01/2002


 

Se autodefine como el sueño americano hecho carne, el hijo de un contable que se pagó los estudios con becas y trabajos extraescolares hasta acabar creando el imperio de los medios de comunicación financieros que llevan su apellido, Michael Bloomberg. Con ese perfil de docudrama con final feliz, el nuevo alcalde de Nueva York es una de las pocas personas que se cree con autoridad moral para prometer a los ciudadanos que, si trabajan duro, pueden llegar a ser un Michael Bloomberg.
A los 59 años de edad, su filosofía se enfrenta al reto de devolver la vida a una Gran Manzana picada en pleno corazón financiero por el más virulento atentado de la historia. El trabajo que acaba de aceptar –tras la fabulosa inversión de 69 millones de dólares de su bolsillo– no sólo significará una importante reducción salarial sobre la nómina de presidente de su propia empresa, Bloomberg L.P., sino que le robará las pocas horas de sueño que se permite. No en vano, Time le ha nombrado en su última edición personaje de la semana «por aceptar el segundo trabajo más duro del país» después de la delicada posición que ostenta George W. Bush.

El sucesor de Giuliani es el hijo de un contable que se pagó los estudios con becas y acabó creando un imperio de medios de comunicación

¿Por qué querría un hombre como Bloomberg, cuya fortuna se estima en 4.000 millones de dólares, complicarse la vida con algo así? «Porque necesitaba un hobby, y solo la gente rica se puede permitir hacer de la política su hobby personal», afirma el consultor político neoyorquino Norman Adler.

«¿Por qué álguien escala el Everest?», responde casi retórico el ex alcalde de Nueva York Ed Kock a la misma pregunta. «Es lo que hace alguien que ha obtenido 4.000 millones de dólares por conquistar el sector privado, vive en la ciudad, y se cree que lo puede hacer mejor que ningún otro».

En los dos bandos
Bloomberg tiene otra explicación que, sin embargo, no contradice las teorías anteriores. «La media de los ciudadanos no va a estar en la posición en que estoy yo, donde literalmente puedes decir que tienes más dinero del que puedes gastar», contó en una entrevista. «Lo que quiero hacer es coger el exceso de dinero y hacer con él algunas cosas, cambiar el mundo en la forma en la que creo que debería ser». Con su teoría de las tres w bajo el brazo – ‘wealth, work and wisdom’ (riqueza, trabajo y sabiduría)– se remangó un día la camisa de un blanco inmaculado que vestía y se alzó ante los neoyorquinos para anunciar su decisión de convertirse en el sucesor del famoso Rudy Giuliani. «Hola, me llamo Michael Bloomberg y me presento a alcalde. La experiencia me ha enseñado a hacer equipo, a solucionar problemas y a ser honesto».

Al principio, la idea de tener a un millonario comprándose la alcaldía de la ciudad con más millonarios de Estados Unidos no hizo mucha gracia a los políticos, pero todos consideraron la apuesta demasiado seria como para dejarla correr. Bloomberg, que se define como «un demócrata social y un conservador fiscal», inició la campaña electoral en las filas del Partido Demócrata, que goza del mayor número de afiliados en la ciudad, pero la lucha entre los diferentes rivales le demostró rápidamente que tenía más posibilidades de llegar a la meta con el Partido Republicano. Los demócratas creían haber calculado el riesgo.

«Las cosas van muy bien en Nueva York, y cuando los votantes disfrutan de buenos tiempos tienden a votar por el candidato de su partido», explicó Adler antes del fatídico 11 de septiembre. La catástrofe de las Torres Gemelas cambió de la noche a la mañana el horizonte de bienestar y frivolidad de la Gran Manzana y dejó tras de sí a una población petrificada por el pánico a nuevos atentados. El antrax y el liderazgo que cobró Giuliani durante la tragedia acabaron por dar la vuelta al sentir político y social de los votantes. Por si fuera poco, la campaña con dejes racistas con la que el demócrata Mark Green venció al hispano Fernando Ferrer lanzó un buen número de demócratas a las filas de Bloomberg.

Revolución en Wall Street
En esos dos meses que cambiaron el mundo, por primera vez un candidato llegaba a la Alcaldía de Nueva York sin necesidad de comprar apoyos políticos ni deudas que saldar con los contribuyentes de su campaña. «No hay que preocuparse de que algún inversor inmobiliario que quiera poseer todo Coney Island le pase factura al alcalde por los servicios prestados», ironizó su jefe de campaña, Bill Cunningham.

Bloomberg, nacido en Boston (Massachussets), divorciado tres veces de la modelo Marisa Berenson, la presentadora de televisión Barbara Walters y la ejecutiva Diana Taylor, inició su imperio financiero a los 39 años, cuando Phibro Corporation adquirió la empresa financiera Salomon Brothers, en la que había hecho carrera hasta convertirse en socio. Su despido, que tanto le hirió el amor propio, llegó acompañado de un paquete de 10 millones de dólares por sus acciones.

La visión profética de Bloomberg en 1981 fue reconocer el valor potencial de la tecnología informática para organizar las cotizaciones y análisis financieros que revolucionaría Wall Street. Un año después de abandonar Salomon, vendió personalmente las primeras 20 suscripciones de su consultoría a Merril Lynch. Hoy cuenta con más de 160.000 suscriptores en todo el mundo.

Su prestigio en Wall Street catapultó la agencia de noticias financieras que abrió nueve años después. Bloomberg News tiene hoy 1.200 reporteros y 82 corresponsalías. La saga de comunicación continuó con Bloomberg Radio (200 emisoras a nivel nacional) y otros proyectos que se incorporaron al grupo, que emplea a 8.000 personas.

Una de las frases célebres del magnate describe el domingo por la noche como el día más feliz de la semana, «porque sé que cuando despierte tendré cinco días de diversión en la oficina». Bloomberg promete ser un hombre de bajo perfil dedicado a los asuntos cotidianos y decidido a devolver la confianza de los inversores en la ciudad que promete convertir en capital del siglo XXI. Muchos confían en que Bloomberg cambiará los aires de autoritarismo y represión de su predecesor, Giuliani, conservando el cartel de «abierto las 24 horas».

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