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Cela, el rayo que no cesa

Texto: S. C. / Madrid
15/01/2003


El próximo viernes, 17 de enero, se cumple el primer aniversario de la muerte de Camilo José Cela, el último escritor español en conseguir el premio Nobel de Literatura. A lo largo del pasado año se publicaron cinco libros que han abordado su figura y obra literaria. Algunos fueron muy críticos, otros alternaron la cal con la arena, también hubo quien reflejó la parte más humana y entrañable del personaje.
El primero en abrir fuego fue Francisco Umbral. En el mes abril -poco después de la muerte de don Camilo- salía a la calle Cela: un cadáver exquisito (Planeta), obra que alcanzó cinco ediciones y que provocó una riada de críticas en contra del autor de Mortal y rosa.



A punto de cumplirse el primer aniversario de su muerte, la polémica en torno a nuestro último premio Nobel de Literatura ha generado cinco libros, decenas de artículos y toda clase de comentarios

Según algunos admiradores del Nobel -Jaime Campmany y Alfonso Ussía, entre otros-, Umbral le había asestado una puñalada trapera a Cela. El aludido dijo que había escrito un libro «inocuo». La obra puede calificarse con cualquier adjetivo, excepto el de inocuo. Umbral reconoce en Cela a ese «mago del lenguaje» del que tanto aprendió, pero sostiene que fue un mal articulista, un escritor que pretendía ser gracioso, aunque nadie le encontrara el chiste. A su viuda, Marina Castaño, le dedica toda clase de lindezas, a cual más cáustica. Umbral, en la página 166, insinúa que La cruz de San Andrés, con la que el Nobel obtuvo el premio Planeta en 1994, fue escrita por negros y con el manuscrito de Carmen Formoso delante (una maestra gallega que se presentó al mismo certamen con la obra Carmen, Carmela, Carmiña). El asunto de los negros provocaría una ácida polémica.

‘Cela, mi padre’

El hijo de Cela, Camilo José Cela Conde, reeditó Cela, mi padre' (Temas de Hoy), libro que muestra cierta frialdad y distanciamiento en el tono, pero muy valioso en cuanto a los testimonios (de primera mano) que ofrece, todos ellos vividos y sentidos por el hijo a muy pocos metros de distancia. Cela Conde añade a esta reedición un capítulo, Los años oscuros, donde –sin nombrar a Marina Castaño– desmenuza la transformación sufrida por su padre a raíz de conocer a la periodista gallega. De esta biografía -ampliada y revisada- se llevan vendidas tres ediciones.

También en primavera apareció Las cosas de don Camilo (Maori), del filólogo y periodista Pedro Aguilar. Profundo conocer de la Alcarria (no en vano vive en Torija, donde se encuentra un museo dedicado a Cela), Aguilar se sabe al dedillo la época del Nobel en Guadalajara. Sus fiestas, sus amigos, sus manías, las extrañas colecciones de rarezas y curiosidades, las anécdotas (reales y apócrifas)... De todo hay en este libro que es como un baúl de sorpresas. El capítulo dedicado al Viaje a la Alcarria resulta delicioso.

Los 'negros'

El libro que más polvareda levantó fue Desmontando a Cela, del periodista de la agencia Colpisa Tomás García Yebra. La revelación de que utilizó negros en algunas de sus obras provocó una cadena de reacciones en medios nacionales e internacionales. Durante una semana, la noticia, difundida en primera instancia por la BBC, fue comentario generalizado en la prensa europea y latinoamericana.

García Yebra apuntó a Mariano Tudela y Marcial Suárez como presuntos negros de la La cruz de San Andrés y Mazurca para dos muertos, respectivamente. Pero no se quedó ahí.
Posteriores investigaciones le han conducido a otros negros –o mulatos, según él los define–, tales como Fernando G. Corugedo, traductor y autor (a medias con Cela) de versiones teatrales y cinematográficas, o el periodista Eduardo Jordá, quien colaboró de forma anónima en la Enciclopedia del erotismo. Contado con amenidad y un gran sentido del humor, el libro de Yebra relata -entre otros asuntos- la época de delator y censor de Cela, su relación con Marina Castaño y las persecuciones que emprendió contra quienes consideraba sus enemigos. Desmontando a Cela apareció a finales del mes de octubre. Esta semana la editorial Libertarias lanza la segunda edición.

Finalmente, en diciembre, el último secretario del Nobel, el filólogo jienense Gaspar Sánchez Salas, publicó Cela, el hombre a quien vi llorar (Carena), una semblanza alabatoria del escritor, y que, al igual que la de Cela Conde, refleja el carácter de don Camilo en el roce diario. Entre otros interesantes capítulos, Sánchez Salas comenta cómo se escribió el Diccionario geográfico popular de España o el proceso de creación de Madera de boj. La admiración –y devoción– de Sánchez Salas hacia Cela se trasluce en cada una de las páginas.

Otra cosa es lo que silencia, que debe de ser mucho cuando, ante la espantada de Marina Castaño -no quiso presentar su libro en el Café Gijón para no dar publicidad al de García Yebra- dijo: «Yo siempre fui leal a Cela y lo seguiré siendo, pero Marina sabe muy bien que valgo más por lo que callo que por lo que cuento».

«Es difícil imaginar algo que
no hubiera echo mi padre»

Cela Conde, hijo de Camilo, cerró en octubre pasado el congreso sobre el Nobel que se celebró en Murcia, destacando su faceta antropológica, «testimonio de la España rural»
Camilo José Cela Conde, hijo del insigne escritor y autor de La Colmena, recordó al hombre viajero que su padre fue. «Él mismo fue el que se definió como el vagabundo. En sus primeros libros todavía se llama el viajero, pero a partir de un determinado momento, más allá de Viaje a La Alcarria, siempre habla de sí mismo en tercera persona y se llama el vagabundo. Por desgracia, no soy yo quien tiene el talento literario de inventar al personaje», afirmó Cela Conde para explicar el porqué del título de su conferencia.

El hijo y el aficionado a la literatura se detuvo en esa visión del vagabundo, «del escritor que desde Viaje a La Alcarria (1948) a Viaje al Pirineo de Lérida (1965) conserva una mirada con la que va reflejando el mundo». Una mirada que desvela una España hoy inexistente e impregnada en la retina del Nobel.

Pese a que Cela Conde afirmó con nostalgia que en su casa no se hablaba nunca de literatura, «cosa que puede chocar, teniendo en cuenta el ejercicio perpetuo de escritor de mi padre» y que el enorme anecdotario de su padre siempre le llegó de segunda mano. Recuerda que «era un gamberro permanente y le encantaba ir transgrediendo las normas y poniendo a la gente en apuros».

«Casi me sería difícil imaginar algo que él no hubiera hecho», destacó el hijo del Nobel.

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