El próximo viernes, 17 de enero, se cumple
el primer aniversario de la muerte de Camilo José
Cela, el último escritor español en conseguir
el premio Nobel de Literatura. A lo largo del pasado
año se publicaron cinco libros que han abordado
su figura y obra literaria. Algunos fueron muy críticos,
otros alternaron la cal con la arena, también
hubo quien reflejó la parte más humana
y entrañable del personaje.
El primero en abrir fuego fue Francisco Umbral. En el
mes abril -poco después de la muerte de don Camilo-
salía a la calle Cela: un cadáver exquisito
(Planeta), obra que alcanzó cinco ediciones y
que provocó una riada de críticas en contra
del autor de Mortal y rosa.
A punto de cumplirse el
primer aniversario de su muerte, la polémica
en torno a nuestro último premio
Nobel de Literatura ha generado cinco libros,
decenas de artículos y toda clase
de comentarios
Según algunos admiradores del Nobel -Jaime Campmany
y Alfonso Ussía, entre otros-, Umbral le había
asestado una puñalada trapera a Cela. El aludido
dijo que había escrito un libro «inocuo».
La obra puede calificarse con cualquier adjetivo, excepto
el de inocuo. Umbral reconoce en Cela a ese «mago
del lenguaje» del que tanto aprendió, pero
sostiene que fue un mal articulista, un escritor que
pretendía ser gracioso, aunque nadie le encontrara
el chiste. A su viuda, Marina Castaño, le dedica
toda clase de lindezas, a cual más cáustica.
Umbral, en la página 166, insinúa que
La cruz de San Andrés, con la que el Nobel obtuvo
el premio Planeta en 1994, fue escrita por negros y
con el manuscrito de Carmen Formoso delante (una maestra
gallega que se presentó al mismo certamen con
la obra Carmen, Carmela, Carmiña). El asunto
de los negros provocaría una ácida polémica.
Cela, mi padre
El hijo de Cela, Camilo José Cela Conde, reeditó
Cela, mi padre' (Temas de Hoy), libro que muestra cierta
frialdad y distanciamiento en el tono, pero muy valioso
en cuanto a los testimonios (de primera mano) que ofrece,
todos ellos vividos y sentidos por el hijo a muy pocos
metros de distancia. Cela Conde añade a esta
reedición un capítulo, Los años
oscuros, donde sin nombrar a Marina Castaño
desmenuza la transformación sufrida por su padre
a raíz de conocer a la periodista gallega. De
esta biografía -ampliada y revisada- se llevan
vendidas tres ediciones.
También
en primavera apareció Las cosas de don Camilo
(Maori), del filólogo y periodista Pedro Aguilar.
Profundo conocer de la Alcarria (no en vano vive en
Torija, donde se encuentra un museo dedicado a Cela),
Aguilar se sabe al dedillo la época del Nobel
en Guadalajara. Sus fiestas, sus amigos, sus manías,
las extrañas colecciones de rarezas y curiosidades,
las anécdotas (reales y apócrifas)...
De todo hay en este libro que es como un baúl
de sorpresas. El capítulo dedicado al Viaje a
la Alcarria resulta delicioso.
Los 'negros'
El libro que más polvareda levantó fue
Desmontando a Cela, del periodista de la agencia Colpisa
Tomás García Yebra. La revelación
de que utilizó negros en algunas de sus obras
provocó una cadena de reacciones en medios nacionales
e internacionales. Durante una semana, la noticia, difundida
en primera instancia por la BBC, fue comentario generalizado
en la prensa europea y latinoamericana.
García Yebra apuntó a Mariano Tudela y
Marcial Suárez como presuntos negros de la La
cruz de San Andrés y Mazurca para dos muertos,
respectivamente. Pero no se quedó ahí.
Posteriores investigaciones le han conducido a otros
negros o mulatos, según él los define,
tales como Fernando G. Corugedo, traductor y autor (a
medias con Cela) de versiones teatrales y cinematográficas,
o el periodista Eduardo Jordá, quien colaboró
de forma anónima en la Enciclopedia del erotismo.
Contado con amenidad y un gran sentido del humor, el
libro de Yebra relata -entre otros asuntos- la época
de delator y censor de Cela, su relación con
Marina Castaño y las persecuciones que emprendió
contra quienes consideraba sus enemigos. Desmontando
a Cela apareció a finales del mes de octubre.
Esta semana la editorial Libertarias lanza la segunda
edición.
Finalmente, en diciembre, el último secretario
del Nobel, el filólogo jienense Gaspar Sánchez
Salas, publicó Cela, el hombre a quien vi llorar
(Carena), una semblanza alabatoria del escritor, y que,
al igual que la de Cela Conde, refleja el carácter
de don Camilo en el roce diario. Entre otros interesantes
capítulos, Sánchez Salas comenta cómo
se escribió el Diccionario geográfico
popular de España o el proceso de creación
de Madera de boj. La admiración y devoción
de Sánchez Salas hacia Cela se trasluce en cada
una de las páginas.
Otra cosa es lo que silencia, que debe de ser mucho
cuando, ante la espantada de Marina Castaño -no
quiso presentar su libro en el Café Gijón
para no dar publicidad al de García Yebra- dijo:
«Yo siempre fui leal a Cela y lo seguiré
siendo, pero Marina sabe muy bien que valgo más
por lo que callo que por lo que cuento».
«Es difícil imaginar algo
que
no hubiera echo mi padre»
Cela
Conde, hijo de Camilo, cerró en octubre pasado
el congreso sobre el Nobel que se celebró en
Murcia, destacando su faceta antropológica, «testimonio
de la España rural»
Camilo José Cela Conde, hijo del insigne escritor
y autor de La Colmena, recordó al hombre viajero
que su padre fue. «Él mismo fue el que
se definió como el vagabundo. En sus primeros
libros todavía se llama el viajero, pero a partir
de un determinado momento, más allá de
Viaje a La Alcarria, siempre habla de sí mismo
en tercera persona y se llama el vagabundo. Por desgracia,
no soy yo quien tiene el talento literario de inventar
al personaje», afirmó Cela Conde para explicar
el porqué del título de su conferencia.
El hijo y el aficionado a la literatura se detuvo en
esa visión del vagabundo, «del escritor
que desde Viaje a La Alcarria (1948) a Viaje al Pirineo
de Lérida (1965) conserva una mirada con la que
va reflejando el mundo». Una mirada que desvela
una España hoy inexistente e impregnada en la
retina del Nobel.
Pese a que Cela Conde afirmó con nostalgia que
en su casa no se hablaba nunca de literatura, «cosa
que puede chocar, teniendo en cuenta el ejercicio perpetuo
de escritor de mi padre» y que el enorme anecdotario
de su padre siempre le llegó de segunda mano.
Recuerda que «era un gamberro permanente y le
encantaba ir transgrediendo las normas y poniendo a
la gente en apuros».
«Casi me sería difícil imaginar
algo que él no hubiera hecho», destacó
el hijo del Nobel.