Texto: Íñigo Domínguez /
Corresponsal. Roma
16/12/2003
GRANDIOSO.
El patio de butacas y los palcos, después
de la complicada y costosa restauración.
/ LA VERDAD
La historia de la Fenice es, como la de Venecia,
la de una locura. «Como era, donde estaba»,
el lema de la reconstrucción del teatro, sublima
la obsesión de la ciudad flotante por aferrarse
al pasado, en una ilusión de eternidad. Sin embargo,
lo asombroso es que los venecianos se siguen saliendo
con la suya y la Fenice (Fénix) vuelve a burlar
la destrucción. Tras ser arrasada por un incendio
el 29 de enero de 1996, el domingo se inauguró
la nueva Fenice, que en realidad es la misma de siempre.
El histórico teatro
de Venecia resurge de sus cenizas ocho años
después del último incendio
Desde el principio, la idea fue volverla a construir
idéntica, tal como era. Y es delirante, porque
la reconstruida tras el incendio de 1836 ya era una
copia de la del siglo anterior, que también se
incendió mientras la edificaban en 1790 y surgía
donde otro teatro había sido pasto de las llamas.
Han tardado ocho años, muy poco comparado con
los 28 que de media duran las reconstrucciones en Italia,
según ha apuntado sabiamente el arquitecto Tonci
Foscari. Lo que no ha dicho es que cuando se derrumbó
el campanile de San Marcos tardaron lo mismo en volverlo
a levantar... y eso fue hace cien años.
Todo se ha quemado o ha desaparecido alguna vez en Venecia,
hasta la basílica, pero vuelve a renacer dov
era, com era. La Fenice derruida, símbolo cultural
y alma de los canales en el centro de la ciudad, era
un hueco sentimental en el corazón de los vecinos.
Nació cuando Venecia estaba a punto de morir
como nación, conquistada por Napoléon
en 1796, y ahí se ha quedado como último
palacio del orgullo. El sentido mágico y solemne
de los venecianos les llevó a hacer un triste
concierto en el cráter corroído del teatro,
dos meses después de la catástrofe. El
domingo fue el maestro Muti quien abrió otra
vez uno de los templos de la lírica con La consagración
de la casa, de Beethoven. Después, una semana
de conciertos llevará a la Fenice a las filarmónicas
de Londres, Viena, San Petersburgo, la Academia de Santa
Cecilia y, como concesión popular, a Elton John.
Lorin Maazel ofrecerá un concierto el día
de Año Nuevo.
FILIGRANAS.
Detalle de los ornamentos del teatro. / LA VERDAD
El pueblo, esa secta vecinal que son los venecianos,
disfrutará de 25 localidades sorteadas por el
ayuntamiento. Ellos, sus antepasados, asistieron en
la Fenice al estreno de Rigoletto en 1851, de la Traviata,
de Tancredi, de Semíramis... Verdi y Rossini
entregaban sus óperas a este escenario y este
público las gozaba por vez primera, o las denigraba.
Arrojaban pescado podrido de la laguna, como en Milán
platos de arroz o en Roma gatos muertos. En los palcos
también se jugaba cuando estaba prohibido y se
encontraban los amantes. El resto de las localidades,
1.100, serán para políticos, famosos e
invitados de todo el mundo. A partir del domingo volvió
a ser patrimonio de los 14 millones de turistas que
pasan cada año por la ciudad; más de los
que visitan, por ejemplo, Egipto.
«Se ha terminado la pesadilla, parecía
que las cenizas del teatro eran la imagen de Venecia
que moría, pero hoy es un día de entusiasmo»,
dice el alcalde de Venecia, Paolo Costa. «Es una
gran emoción, hemos vencido a fuego, al fango,
al pesimismo, a las complicaciones». Pero la Fenice
esconde un último secreto, una pequeña
trampa veneciana de la que casi nadie habla: las obras,
en realidad, no han terminado, seguirán varios
meses más y la primera ópera se representará
el 12 de noviembre de 2004. Será La Traviata,
«donde estaba y como era».
La ayuda de Visconti y las fotos familiares
PAN
DE ORO. Un restaurador trabaja en una moldura.
/ LA VERDAD
I. D. / Roma
La reconstrucción de la Fenice tiene algo de
demencial, porque se han querido rehacer los más
mínimos detalles, pero también de gesta
artesanal. El resultado es un desafío de 90 millones
de euros que ha reunido a genios de cada disciplina.
El escenógrafo napolitano Mauro Carosi ha redibujado
cada hoja de acanto siguiendo los álbumes de
fotos de cada abuela veneciana y, sobre todo, con la
preciosa ayuda de la película Senso, de Luchino
Visconti, cuya escena inicial transcurre en el teatro.
Una treintena de maestros vidrieros ha fabricado 1.026
lámparas y cristales. El último miembro
de la familia Rubelli, sastres de la Fenice, encontró
en un armario una muestra de tela de su abuelo con el
color exacto de las butacas. El técnico Jurgen
Reinhold se ha pasado las noches haciendo pruebas de
sonido. «Como no hay tráfico el silencio
es único. Al final hemos mejorado la famosa acústica
de la Fenice», promete.
Un incendio «por cuatro duros»
y aún sin aclarar
Pese a la condena de
dos electricistas, la sospecha es que hay otros responsables
I. Domínguez / Roma
El incendio de la Fenice en 1996 completa en su parte
más ridícula y grotesca la leyenda que
debe rodear a todo teatro mítico que se precie.
Como la historia tiene lugar en Italia, este listón
está altísimo o mejor dicho, a un
nivel asombroso de bajeza, pero el suceso del
auditorio veneciano se lleva la palma. El juicio condenó
por la catástrofe a 7 y 6 años de cárcel
a dos primos electricistas del Lido, Enrico Carella
y Massimiliano Marchetti, que trabajaban en la Fenice...
¡en la instalación del nuevo sistema anti-incendios!
El día del siniestro eran unos veinteañeros,
no iban a acabar su tarea para el día señalado
y querían evitar pagar la penalización,
unas 20.000 pesetas por día de retraso. No se
les ocurrió nada mejor que quemar la Fenice.
¿Así de fácil?
EL
DESASTRE. La Fenice en llamas, en 1996, por
culpa de un incendio provocado. / LA VERDAD
Un mafioso cabreado
En opinión de Gianluca Amadori, periodista del
Gazzettino de Venecia y autor del libro Per quattro
soldi (Por cuatro duros), sobre el incendio del teatro,
hay algo más. La sentencia definitiva del pasado
mes de julio señala que los dos operarios no
actuaron solos, pero no se sabe con quién. Lo
cierto es que en la investigación aparecieron
los tentáculos de la mafia, pero con una conexión
que deja de piedra al más curtido en el absurdo:
un arrepentido siciliano aseguró que el capo
de Palermo Pietro Aglieri, harto de los rumores que
decían que era homosexual, decidió prender
fuego a la Fenice para demostrar a los demás
jefes de la Cosa Nostra que tenía lo que hay
que tener.
A todo esto Carella, uno de los dos primos condenados,
se dio a la fuga el día de la sentencia y aún
lo están buscando. Tampoco está de más
recordar que si pudieron cumplir su plan tranquilamente
fue porque la gente entraba y salía del teatro
sin ningún control. Por esa razón, fueron
acusados también el alcalde y el superintendente
de la Fenice, aunque fueron absueltos.
Después, la historia de la reconstrucción
es otro glorioso monumento a la chapuza. Han participado
tres empresas, entre concursos anulados y contratos
incumplidos, que se han enzarzado en litigios entre
ellas y con el ayuntamiento. Aún están
pendientes dos juicios.