LA
VIRGEN DE LA VALLA. Una joven toca una valla
cercana a una playa de Sydney en la que, por efecto
del calor y desde unos 300 metros, algunos creyeron
ver la figura de la Virgen a principios de 2003.
/ REUTERS
«Hay gente que ha descubierto invocaciones
satánicas en la música rock», dijo
Christopher French, psicólogo de la Universidad
de Londres. Y sonó en el auditorio un fragmento
de Stairway to heaven, de Led Zeppelin, reproducido
al revés. El psicólogo preguntó
al público si alguien había identificado
la palabra Satán: un puñado de personas
levantó la mano.
La capacidad de percibir
formas y expresiones concretas a partir
de estímulos ambiguos nos juega a
veces malas pasadas y nos hace ver y escuchar
cosas que no existen
La segunda vez que sonó la canción,
casi todos escucharon Satán. Entonces, el conferenciante
explicó que hay quien sostiene que ese fragmento
contiene una larga invocación al Maligno y proyectó
el texto en una pantalla.
SANDWICH.
El famoso emparedado de la Virgen. / AFP
La gente se rió, incrédula. La música
volvió a sonar y, sorprendentemente, todos escucharon
la diabólica perorata donde antes no había
nada. Ocurrió el 9 de octubre en Abano-Terme,
cerca de Venecia, donde 420 científicos, ilusionistas
y periodistas analizaron durante tres días el
auge de la creencia en lo paranormal.
Los asistentes a la conferencia de French, dedicada
a la psicología del autoengaño, fueron
víctimas del mismo fenómeno que nos hace
ver animales en las nubes y rostros en las mesas de
mármol. Se conoce como pareidolia, una ilusión
que hace que percibamos un estímulo sin sentido
o ambiguo las manchas en un mantel como
algo definido un rostro o un objeto. «Se
suele asumir que el ojo funciona como una cámara
de fotos y el oído como una grabadora.
La psicología sabe desde hace siglos que no es
así. Nuestro cerebro está preparado y
diseñado para encontrar patrones hasta donde
no los hay», advierte Carlos Álvarez, profesor
de Psicología Cognitiva de la Universidad de
La Laguna. Esa búsqueda inconsciente de orden
en el caos está probada en la vista y el oído,
y es posible que también afecte al resto de los
sentidos.
CRISTAL.
La Virgen, con su manto, en una ventana. / REUTERS
Ventaja evolutiva
«Investigaciones con recién nacidos han
revelado que prefieren como estímulos visuales
aquéllos que parecen una cara humana; aunque
sea una dibujada con dos puntos como ojos, una raya
vertical a modo de nariz y otra horizontal como boca»,
explica Álvarez. La inclinación de los
bebés a reconocer como un rostro incluso lo que
no lo es demuestra que esa capacidad es innata. Pero
también hay en la pareidolia un componente cultural
que hace que nuestras expectativas y creencias influyan
en lo que percibimos. «Si creemos en Jesús,
tenderemos a ver a Jesús, no a Buda», indica
el psicólogo canario. Será, por supuesto,
el Jesús de la iconografía cristiana,
porque nadie sabe cuál era la apariencia del
personaje histórico.
¿Pero por qué nuestro cerebro busca y
encuentra algo donde no lo hay, formas definidas en
borrones de tinta? Los expertos apuntan a que esa capacidad
pudo suponer una clara ventaja evolutiva. «Es
posible que uno de nuestros antepasados viera una mancha
amarilla entre la maleza, saliera corriendo por temor
a que fuera un tigre y al final se tratara de una fruta.
Pero, si alguno no huyó por sistema ante un estímulo
de esas características, es muy probable que
acabara siendo devorado», apunta Álvarez.
Descendemos del homínido que puso tierra de por
medio entre una imagen o un sonido sospechoso y él;
al que se quedó, tarde o temprano se lo comió
una fiera.
DIABÓLICO.
El demonio, en una de las Torres Gemelas. / AP
Esta ventaja evolutiva tiene su contrapartida, como
apunta Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios
(Editorial Planeta, 1997): «Como efecto secundario
involuntario, la eficiencia del mecanismo de formas
en nuestro cerebro para aislar una cara en un montón
de detalles es tal que a veces vemos caras donde no
las hay. Reunimos fragmentos inconexos de luz y oscuridad
e, inconscientemente, intentamos ver una cara».
«Al ser un proceso sobre el que carecemos de control
consciente, puede derivar en ilusiones y alucinaciones»,
señala Álvarez.
French recuerda el caso de un psiquiatra y parapsicólogo,
Berthold Schwarz, al que sorprendió la aparición
de un remolino en algunos fotogramas de una película
de 8 milímetros rodada por un joven que decía
tener poderes psíquicos. El investigador identificó
en el remolino varios rostros, un retrato de Jesús,
un ovni, un torso femenino con pezones, pechos y muslos,
y hasta un bebé naciendo. Tuvo que pasarlo muy
mal cuando, en una rueda de prensa, el joven confesó
que no era un psíquico, sino un ilusionista que
participaba en un proyecto para poner a prueba los métodos
de trabajo de los parapsicólogos, y que el enigmático
remolino se debía a que había escupido
en la lente de la cámara.
EN
EL CIELO.
Jesús en las nubes de polvo y gas de un
criadero de estrellas. / NASA-ESA
Dios y los fantasmas
Que las creencias hacen a los sujetos más propensos
a dotar de significado estímulos sin sentido
se ha comprobado experimentalmente. En diciembre de
1996, la aparición de la Virgen María
en los cristales mal aclarados de un edificio de Florida
atrajo hasta el lugar a más de medio millón
de devotos; en enero de 2003, decenas de personas rezaron
en una playa de Sydney en dirección a una valla
de madera situada a unos 300 metros, parte de la cual
parecía, desde la distancia, una silueta de la
Virgen. En las fotos de la región marciana de
Cydonia tomadas por la sonda estadounidense Viking 1
en 1976, algunos creyentes en los platillos volantes
ven una esfinge, a la que otros suman pirámides
y hasta las ruínas de una ciudad; todo ello ha
sido borrado de la superficie del planeta rojo por la
más aguda vista de la Mars Global Surveyor.
EN
EL ESPACIO. La esfinge de Marte vista en fotos
de la Viking 1 y borrada de la superficie
de Cydonia por la Mars Global Surveyor.
/ NASA
Pero que alguien sea más propenso por razones
culturales a encontrar patrones donde no existen no
quiere decir que haya gente inmune al fenómeno.
«Nadie está libre, porque se trata de una
propiedad fundamental y característica de nuestro
cerebro. Los procesos cognitivos y perceptivos son algo
universal en nuestra especie», señala Álvarez.
El público de French en Abano-Terme no creía
que hubiera un mensaje satánico en Stairway to
heaven como defienden algunos fundamentalistas
cristianos, pero lo acabó escuchando cuando
el conferenciante dijo lo que debía oír.
«Tan pronto como sabes lo que se supone que tienes
que escuchar, lo percibes claramente», explica
el psicólogo inglés. Y, una vez que se
interpreta un estímulo vago como algo coherente,
resulta casi imposible no caer en la ilusión,
aunque uno no crea que los cantantes de rock esconden
mensajes en sus composiciones para quienes las reproducen
al revés.
«¿Qué puedo decir? Es la prueba
definitiva: ¡El Padre, el Hijo y la Santa Tostada!»,
dice Christopher French sobre el emparedado de queso
con la imagen de la Virgen María vendido a finales
de noviembre en una subasta en Internet por 28.000 dólares.
Diane Duyser, de cuya tostadora salió la rebanada
en 1994, seguramente no sabe que debe su golpe de fortuna
a una combinación de una capacidad innata y de
nuestro bagaje cultural. «Las creencias mueven
montañas y quien cree es capaz de hacer cualquier
cosa. ¿No hay gente que pagaría una millonada
por un pañuelo sucio de Elvis? Pues esto es lo
mismo», concluye Carlos Álvarez.
Ilusiones visuales y sonoras en Bélmez
La primera cara de Bélmez pudo ser fruto de
una pareidolia. Una mancha de grasa en el suelo de
una cocina es algo habitual y, que llegue a recordar
una cara, posible. Un fenómeno natural habría
sido así el detonante del enigma del pueblo
jienense en una de cuyas casas aparecen figuras en
el cemento desde 1971. El misterio se convirtió
después en un negocio cuyas últimas
manifestaciones han sido denunciadas como fraudulentas
por Francisco Máñez, un estudioso de
lo paranormal que dice que enseñó cómo
pintar las caras a los que han descubierto las nuevas.
Además, nadie ha demostrado que lo que sucede
en ese pueblo andaluz tenga un origen extraño.
Los parapsicólogos se han encontrado en Bélmez
no sólo con caras de cemento, sino también
con voces de ultratumba. Y dicen haberlas grabado.
Creer para ver
¿PLATILLO
VOLANTE? Nube lenticular en el desierto de
Arizona, Estados Unidos. / AP
«La gran mayoría de los ovnis no son más
que fenómenos y objetos conocidos malinterpretados
por los testigos», dice el filósofo y analista
del mito extraterrestre Ricardo Campo en su libro Luces
en los cielos. Todo lo que siempre quiso saber sobre
los ovnis (Editorial Benchorno, 2004). El campeón
de los platillos volantes es Venus, cuya visión
ha confundido hasta a pilotos de líneas aéreas
y astronautas. Pero otros planetas e ingenios de origen
humano también han protagonizado expedientes
x. En julio de 1985, vehículos de la DYA, la
Cruz Roja, la Ertzaintza y la Policía Municipal
de Legazpia persiguieron por las carreteras guipuzcoanas
un platillo volante durante cinco horas. Un episodio
digno de una película de Steven Spielberg si
no fuera porque al final el ovni era Júpiter.
Miles de personas llamaron por teléfono, el 1
de diciembre de 1994, a las comisarías y los
medios de comunicación del País Vasco
y Cantabria para alertar de la presencia de un extraño
objeto en el cielo. La observación duró
una hora y muchos creyeron estar viendo algo ajeno a
la Tierra. Era un globo estratosférico de grandes
dimensiones lanzado por el Instituto Nacional de Técnica
Aeroespacial. En 1979, decenas de personas tomaron en
Irún un juego de focos por una nave de otro mundo
que algunos vieron aterrizar. Numerosas han sido las
naves marcianas camufladas como aviones y helicópteros
de noche, sus luces desorientan a cualquiera
e incluso nubes lenticulares.
Los ufólogos cometen el error de reproducir los
testimonios de los observadores como si captáramos
la realidad como una cámara de vídeo.