Dulces comienzos. 1966. Primer anuncio
internacional de Chupa Chups
Comer
una chuchería con tenedor. ¿A quién se le podía ocurrir?
¿A una madre harta de tanto frotar las pegajosas camisetas de su retoño?,
¿a un hijo cansado de verse perseguido con un pañuelo bajo la barbilla?
No. A Enric Bernat. Este empresario catalán, tercera generación
de la familia que fabricó por vez primera golosinas en España, pinchó
en 1958 una bola de azúcar con una varita de madera, la protegió
con un papel transparente y le echó una etiqueta al cuello para sujetar
el envoltorio. Había ideado «un dulce caramelo que se llama chups,
un palito lo sostiene para no mancharte tú».
Con
medio siglo de historia, el Chupa Chups es el producto español
que más se exporta y conoce en todo el mundo
Aquella empalagosa canción, publicitada en la radio,
llegó pronto a oídos y bocas del país. Le siguió otra
no menos sonora ni sonada: «Chupa, chupa, chupa un chups»,
que, sin pretenderlo, acostumbró al oyente a pedir chupa chups.
Costaba una peseta, una «barbaridad» para una época en que
un periódico valía 1,5; pero había que pagar la modernidad
e higiene de un artículo que hoy es el más comercializado del Estado
en el exterior 4.000 millones de unidades anuales; que, junto al Talgo
y la fregona, es alabado por la historia como la principal aportación de
la industria nacional al mundo; y cuyo nombre es el que, según encuestas
fiables, pronuncia la mayoría de extranjeros cuando se les pide que citen
una marca española.
La receta de cifras tan golosas no consiste
sólo en mezclar aproximadamente un 48% de azúcar con un 38% de glucosa
y un 14% de agua. No. Para Ricardo Riera, que, a lo largo de 27 años en
puestos directivos ha visto convertirse al Grupo Chupa Chups en la séptima
potencia confitera del planeta, el secreto de un éxito que no parece tener
fecha de caducidad pasa por ofertar un «excelente producto, con un márketing
y una distribución también exquisitos».
«Caramelos
alcohólicos» Conseguir lo primero «acaso el dulce
más placentero por las múltiples posibilidades que ofrece de chuparlo,
morderlo, quitártelo para hablar » le cuesta a la corporación
española tres millones de euros anuales en investigación de nuevos
productos y mejora de los ya consolidados. Así, y a razón de 2.000
patentes por año, caramelos líquidos, pintalabios, bolígrafos,
rellenos de chicle, con partituras o polvos burbujeantes de regalo han convertido
en numerosa a la familia Chupa Chups, que elabora también las pastillas
sin azúcar Smint y los Crazy Planet.
Hay caramelos para todos los
gustos; o, al menos, para casi cien. Los siete sabores primitivos se han ampliado
a un centenar; desde el dátil al chile, del kiwi a la sandía, o
incluso a los alcohólicos, que, inspirados en cócteles,
no se venden en España. Ahora bien, Mari Mar de la Fuente, tendera de la
cadena Bon-Bon Shop, puntualiza que el clásico de fresa es el que primero
se agota en esos inconfundibles cubos de plástico con tapa piramidal desde
los que las chucherías con palo continúan provocando al viandante
para que les saque la lengua.
Conseguirlo no resulta fácil, ni depende
del paladar. «A un niño se le gana con la presentación, con
un color o haciéndole creer que se lleva algo extra, como una transgresión»,
revela Riera, actual director de Relaciones Institucionales del emporio confitero,
con la mente en el pitogol, un caramelo-silbato que, «como daba la lata,
tuvo gran éxito». Los ídolos de moda también constituyen
potentes reclamos para fans deseosos de hincarles el diente, pero
muy pocos se mantienen en sus corazones los seis meses que necesita un producto
para amortizar la inversión realizada en él.
El milagro
Cruyff La más astronómica fue, sin duda, la que la empresa
acometió en 1995 para que los tripulantes de la MIR llevaran chupa chups
al espacio. Casi tres décadas antes, en 1969, Enric Bernat había
convencido a Salvador Dalí para que le esbozara un logotipo. En menos de
una hora, el artista de Figueres dibujó la margarita roja y amarilla que
hoy distingue a todas las dulzuras del grupo. Pero también a gafas, perfumes,
zapatos, ropa, objetos de papelería e higiene bucal a los que se
alquila la convincente marca como forma de «reforzarla y popularizarla»,
y de sacar provecho de un no menos interesante «trasfondo económico»,
admite Riera.
El
patrocinio de la regata Conde Godó, de escuelas de negocios, del Festival
de Cine de Venecia, de mundiales de fútbol o de la Feria de la Moda de
Madrid obedece a otras tantas formas de mostrar la cara más dulce de un
negocio que engorda escandalosamente sus volúmenes de ventas cada ejercicio
y que, en el 2.000, superó los 463 millones de euros. Ahora bien, el
más productivo y económico espónsor de cuantos ha tenido
Chupa Chups ha sido Johan Cruyff. «Fue algo espontáneo, por lo que
nunca cobró nada. Sólo le dimos un donativo para su fundación,
pero porque quisimos», insiste la agradecida cúpula confitera. Al
saltar al banquillo con el popular esférico de azúcar en la boca,
el ex entrenador barcelonista venció el estigma infantil que, hasta entonces,
bloqueaba su mercado. A los jóvenes les daba palo comer un caramelo bastante
más parecido a un chupete que a un pitillo. Pero, al ver hacerlo al culé,
se lanzaron a chupar con mucho gusto.
De hecho, el perfil del forofo del
chupa chups es hoy el de un joven de entre 13 y 19 años, moderno pero formal.
Desde la balanza de la tienda bilbaína Tutti Frutti 2000, Yolanda puntualiza
que también abundan los consumidores maduros. «Fúmate un chupa
chups», reza una publicidad australiana. Hasta en las antípodas ha
echado raíces la flor daliniana, gracias a una red de distribución
que asegura ser la primera que se tejió en Europa: 250 seiscientos se lanzaron
en 1964 a poner el caramelo en la boca a 300.000 detallistas españoles.
Cuarenta años después, son bastantes más los puntos de venta.
Doce millones de chupa chups se chupan en el universo cada día, mientras
los Bernat relamen las no menos dulces mieles del éxito.
DÓNDE
Y CÓMO NACE UNA GOLOSINA
La
fábrica
Vestida toda de blanco, de discreta estatura y formas
sencillas, silenciosa, tímida y recelosa de contar y mostrar
sus intimidades, trata de pasar desapercibida detrás de la soberbia iglesia
de Villamayor. Pero no lo consigue. Un olor a fresa que despierta los cinco sentidos
la delata. Ahí está. Es la fábrica que Chupa Chups explota
en Asturias, en la misma parroquia de mil habitantes donde Enric Bernat situó
su primera planta confitera hace 43 años y donde, meses después,
concibió la varita mágica que convertiría en oro sus chucherías
y daría de comer, bastante más que caramelos con palo, al concejo
de Piloña. Trescientos de sus vecinos siguen ocupados en la recién
ampliada factoría, abierta las 24 horas. Centrados en fabricar cuatro millones
de chupa chups diarios el 20% de la producción mundial
y sabedores de que la competencia no se chupa, precisamente, el dedo, los empleados
se cuidan mucho de sacar a la luz los secretos de la casa, pero aún más
de meter en ella infiltrados. En el vestuario
Para
repelerlos, han de llevar uniforme y gorro blancos, dejar reloj, joyas y complementos
varios en el vestuario y pasar por sucesivos túneles y cortinas de aire
que les sacuden el polvo y expulsan hacia el exterior insectos, pelos y demás
partículas volátiles. Filtros con malla, detectores de metales y
decenas de ojos humanos se apostan a lo largo del escrupuloso ciclo productivo,
también para asegurar que no se cuele ningún regalo que sorprenda,
pero para mal, al cliente.
En la cocina
Pocos se plantean
que esa atractiva bola de 13 gramos por la que ahora pagan unos veinte céntimos
se concibe a partir de azúcar, glucosa y agua, mezclados en proporciones
inconfesables en un generador. Esa papilla inicial, de la que saldrán 4.400
chupa chups, se cuece y espesa en una cocina al vapor y, tras volcarla
en una enorme cacerola, una mano experimentada le añade una taza de esencia
de sabor, otra de colorante y un tercer chorrito de ácido cítrico.
Ya
enfriada, la masa pasa por un rodillo que la transforma en un cilindro serpenteante
y la impulsa hacia la máquina madre de todo el proceso, la que se encargará
de traerla al mundo de las golosinas. A un ritmo de 1.800 unidades/minuto, corta
el cordón de caramelo, da forma de esfera a cada trozo y le agrega el palo.
En la secadora
El recién nacido chupa chups
es aún muy frágil, por lo que, sin dejar de mecerlo para que no
se deforme, es conducido sobre cintas transportadoras hasta una cámara
de frío que seca y pule los confites. Los tarados enanos, amorfos,
rotos, con el palillo amputado o fracturado son descalificados de la carrera
hacia las gargantas de la gula. El resto accede a la fase de envoltorio, donde
una precintadora les coloca un plástico traslúcido y otro con el
color del sabor.
En el almacén
Perfectamente identificados,
esperan en baldes a mezclarse con ejemplares de otros gustos y pasar juntos y
revueltos a la lata, papelera, tubo, bolsa o cualquier otro de los múltiples
envases.