PORTADA
 REPORTAJES
 CIENCIA
 CORAZÓN DE  PAPEL
MI MURCIA /
GARCÍA MARTÍNEZ
 


REPORTAJES

Dar en el palo

Texto: Montserrat Lluis
17/06/2002


Dulces comienzos. 1966. Primer anuncio internacional de ‘Chupa Chups’

Comer una chuchería con tenedor. ¿A quién se le podía ocurrir? ¿A una madre harta de tanto frotar las pegajosas camisetas de su retoño?, ¿a un hijo cansado de verse perseguido con un pañuelo bajo la barbilla? No. A Enric Bernat. Este empresario catalán, tercera generación de la familia que fabricó por vez primera golosinas en España, pinchó en 1958 una bola de azúcar con una varita de madera, la protegió con un papel transparente y le echó una etiqueta al cuello para sujetar el envoltorio. Había ideado «un dulce caramelo que se llama ‘chups’, un palito lo sostiene para no mancharte tú».

Con medio siglo de historia, el ‘Chupa Chups’ es el producto español que más se exporta y conoce en todo el mundo

Aquella empalagosa canción, publicitada en la radio, llegó pronto a oídos y bocas del país. Le siguió otra no menos sonora ni sonada: «Chupa, chupa, chupa un ‘chups’», que, sin pretenderlo, acostumbró al oyente a pedir ‘chupa chups’. Costaba una peseta, una «barbaridad» para una época en que un periódico valía 1,5; pero había que pagar la modernidad e higiene de un artículo que hoy es el más comercializado del Estado en el exterior –4.000 millones de unidades anuales–; que, junto al Talgo y la fregona, es alabado por la historia como la principal aportación de la industria nacional al mundo; y cuyo nombre es el que, según encuestas fiables, pronuncia la mayoría de extranjeros cuando se les pide que citen una marca española.

La receta de cifras tan golosas no consiste sólo en mezclar aproximadamente un 48% de azúcar con un 38% de glucosa y un 14% de agua. No. Para Ricardo Riera, que, a lo largo de 27 años en puestos directivos ha visto convertirse al Grupo Chupa Chups en la séptima potencia confitera del planeta, el secreto de un éxito que no parece tener fecha de caducidad pasa por ofertar un «excelente producto, con un márketing y una distribución también exquisitos».

«Caramelos alcohólicos»
Conseguir lo primero –«acaso el dulce más placentero por las múltiples posibilidades que ofrece de chuparlo, morderlo, quitártelo para hablar…»– le cuesta a la corporación española tres millones de euros anuales en investigación de nuevos productos y mejora de los ya consolidados. Así, y a razón de 2.000 patentes por año, caramelos líquidos, pintalabios, bolígrafos, rellenos de chicle, con partituras o polvos burbujeantes de regalo… han convertido en numerosa a la familia Chupa Chups, que elabora también las pastillas sin azúcar Smint y los Crazy Planet.

Hay caramelos para todos los gustos; o, al menos, para casi cien. Los siete sabores primitivos se han ampliado a un centenar; desde el dátil al chile, del kiwi a la sandía, o incluso a los ‘alcohólicos’, que, inspirados en cócteles, no se venden en España. Ahora bien, Mari Mar de la Fuente, tendera de la cadena Bon-Bon Shop, puntualiza que el clásico de fresa es el que primero se agota en esos inconfundibles cubos de plástico con tapa piramidal desde los que las chucherías con palo continúan provocando al viandante para que les saque la lengua.

Conseguirlo no resulta fácil, ni depende del paladar. «A un niño se le gana con la presentación, con un color o haciéndole creer que se lleva algo extra, como una transgresión», revela Riera, actual director de Relaciones Institucionales del emporio confitero, con la mente en el pitogol, un caramelo-silbato que, «como daba la lata, tuvo gran éxito». Los ídolos de moda también constituyen potentes reclamos para ‘fans’ deseosos de hincarles el diente, pero muy pocos se mantienen en sus corazones los seis meses que necesita un producto para amortizar la inversión realizada en él.

El milagro Cruyff
La más astronómica fue, sin duda, la que la empresa acometió en 1995 para que los tripulantes de la MIR llevaran chupa chups al espacio. Casi tres décadas antes, en 1969, Enric Bernat había convencido a Salvador Dalí para que le esbozara un logotipo. En menos de una hora, el artista de Figueres dibujó la margarita roja y amarilla que hoy distingue a todas las dulzuras del grupo. Pero también a gafas, perfumes, zapatos, ropa, objetos de papelería e higiene bucal… a los que se alquila la convincente marca como forma de «reforzarla y popularizarla», y de sacar provecho de un no menos interesante «trasfondo económico», admite Riera.

El patrocinio de la regata Conde Godó, de escuelas de negocios, del Festival de Cine de Venecia, de mundiales de fútbol o de la Feria de la Moda de Madrid obedece a otras tantas formas de mostrar la cara más dulce de un negocio que engorda escandalosamente sus volúmenes de ventas cada ejercicio y que, en el 2.000, superó los 463 millones de euros.
Ahora bien, el más productivo y económico espónsor de cuantos ha tenido Chupa Chups ha sido Johan Cruyff. «Fue algo espontáneo, por lo que nunca cobró nada. Sólo le dimos un donativo para su fundación, pero porque quisimos», insiste la agradecida cúpula confitera. Al saltar al banquillo con el popular esférico de azúcar en la boca, el ex entrenador barcelonista venció el estigma infantil que, hasta entonces, bloqueaba su mercado. A los jóvenes les daba palo comer un caramelo bastante más parecido a un chupete que a un pitillo. Pero, al ver hacerlo al culé, se lanzaron a chupar con mucho gusto.

De hecho, el perfil del forofo del chupa chups es hoy el de un joven de entre 13 y 19 años, moderno pero formal. Desde la balanza de la tienda bilbaína Tutti Frutti 2000, Yolanda puntualiza que también abundan los consumidores maduros. «Fúmate un chupa chups», reza una publicidad australiana. Hasta en las antípodas ha echado raíces la flor daliniana, gracias a una red de distribución que asegura ser la primera que se tejió en Europa: 250 seiscientos se lanzaron en 1964 a poner el caramelo en la boca a 300.000 detallistas españoles. Cuarenta años después, son bastantes más los puntos de venta. Doce millones de chupa chups se chupan en el universo cada día, mientras los Bernat relamen las no menos dulces mieles del éxito.

DÓNDE Y CÓMO NACE UNA GOLOSINA

La fábrica

Vestida toda de blanco, de discreta estatura y formas sencillas, silenciosa, tímida y recelosa de contar –y mostrar– sus intimidades, trata de pasar desapercibida detrás de la soberbia iglesia de Villamayor. Pero no lo consigue. Un olor a fresa que despierta los cinco sentidos la delata. Ahí está. Es la fábrica que Chupa Chups explota en Asturias, en la misma parroquia de mil habitantes donde Enric Bernat situó su primera planta confitera hace 43 años y donde, meses después, concibió la varita mágica que convertiría en oro sus chucherías y daría de comer, bastante más que caramelos con palo, al concejo de Piloña.
Trescientos de sus vecinos siguen ocupados en la recién ampliada factoría, abierta las 24 horas. Centrados en fabricar cuatro millones de ‘chupa chups’ diarios –el 20% de la producción mundial– y sabedores de que la competencia no se chupa, precisamente, el dedo, los empleados se cuidan mucho de sacar a la luz los secretos de la casa, pero aún más de meter en ella ‘infiltrados’.

En el vestuario


Para repelerlos, han de llevar uniforme y gorro blancos, dejar reloj, joyas y complementos varios en el vestuario y pasar por sucesivos túneles y cortinas de aire que les sacuden el polvo y expulsan hacia el exterior insectos, pelos y demás partículas volátiles. Filtros con malla, detectores de metales y decenas de ojos humanos se apostan a lo largo del escrupuloso ciclo productivo, también para asegurar que no se cuele ningún regalo que sorprenda, pero para mal, al cliente.

En la cocina

Pocos se plantean que esa atractiva bola de 13 gramos por la que ahora pagan unos veinte céntimos se concibe a partir de azúcar, glucosa y agua, mezclados en proporciones inconfesables en un generador. Esa papilla inicial, de la que saldrán 4.400 ‘chupa chups’, se cuece y espesa en una cocina al vapor y, tras volcarla en una enorme cacerola, una mano experimentada le añade una taza de esencia de sabor, otra de colorante y un tercer chorrito de ácido cítrico.

Ya enfriada, la masa pasa por un rodillo que la transforma en un cilindro serpenteante y la impulsa hacia la máquina madre de todo el proceso, la que se encargará de traerla al mundo de las golosinas. A un ritmo de 1.800 unidades/minuto, corta el cordón de caramelo, da forma de esfera a cada trozo y le agrega el palo.

En la secadora

El recién nacido ‘chupa chups’ es aún muy frágil, por lo que, sin dejar de mecerlo para que no se deforme, es conducido sobre cintas transportadoras hasta una cámara de frío que seca y pule los confites. Los tarados –enanos, amorfos, rotos, con el palillo amputado o fracturado– son descalificados de la carrera hacia las gargantas de la gula. El resto accede a la fase de envoltorio, donde una precintadora les coloca un plástico traslúcido y otro con el color del sabor.

En el almacén

Perfectamente identificados, esperan en baldes a mezclarse con ejemplares de otros gustos y pasar juntos y revueltos a la lata, papelera, tubo, bolsa o cualquier otro de los múltiples envases.

Nuevo Panorama
Nuevo Canal Panorama

 

Publicidad




 
 
© La Verdad Digital S.L.
Teléfono: 968 36 91 00. Fax: 968 36 91 11
internet@laverdad.es