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REPORTAJES

Memorias del 14-D

Texto: Miguel Pérez
17/06/2002


El Plan de Empoleo Juvenil fue el desencadenante de la huelga general de 1988

El espíritu de Buñuel planeó sobre TVE –entonces la única televisión en España, aparte de las autonómicas– durante la noche del 13 de diciembre de 1988. Millones de ciudadanos contemplaban la última edición del Telediario. Buscaban señales que revelasen las auténticas dimensiones de la huelga general convocada para el día siguiente. Y la señal llegó. O, mejor dicho, no llegó. En el preciso instante en que la locutora Olga Barrio informa de que, pese a la protesta, la cadena garantiza su programación habitual, la emisión se interrumpe. Los españoles asisten atónitos a la situación, conscientes de que la televisión sólo se corta por las fuerzas de la sinrazón de un golpe de Estado o de la naturaleza, cuando un rayo golpea una torreta... pero nunca por la fuerza del trabajo.

Aunque la aspiración no está perdida, sindicatos, economistas y sociólogos consideran que el contexto social y político actual convierte en una utopía repetir el éxito de la huelga de 1988

En Torrespaña cunde el nerviosismo. La dirección negocia con los trabajadores la recuperación de la señal para montar un cierre oficial de programación. Alguien echa mano del último vídeo de ‘Testimonio’. Un programa religioso prologará la mayor huelga celebrada en España desde la revolución obrera de 1934, que se ha convertido en una referencia histórica que los sindicatos sueñan con repetir. Por ejemplo, el próximo jueves, día 20 (para el 19, ELA y LAB han convocado otro paro general en Euskadi).

Para más inri, el padre Santiago Martín diserta esa noche sobre la marginación y la opulencia. «Vaya por Dios», debe de pensar algún ejecutivo en El Pirulí. Y el sacerdote concluye: «La Iglesia tiene que ser la voz de quienes no tienen voz; no la voz de los ricos». Despedida y cierre.

Al día siguiente, los españoles plantean la carta de ajuste al Gobierno. 400.000 personas salen a la calle a manifestarse. El resto se queda en casa. No hay transportes. Ni ningún otro servicio. Incluso los clubes de Primera y Segunda División han dejado de entrenar. Efecto psicológico en estado puro: ni fútbol ni televisión. Un golpe laboral.

«¿Qué va a pasar aquí?»
En algunas provincias el paro alcanza el 90%. En el resto, no baja del 75%. Industria y comercio echan la persiana. Todas. La Universidad ha cerrado sus puertas y el 80%-95% de las escuelas, también. «El PSOE hizo una campaña muy intensa en contra de la huelga, comparándola casi con la revolución», apunta el catedrático de Economía de la Complutense Carlos Berzosa. «Así que se corta la televisión y la gente piensa: ‘¿Qué va a suceder aquí? Mejor me quedo en casa’». Las calles aparecen desiertas; Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao… conforman una visión urbana postnuclear. En total, ocho millones de trabajadores no han acudido a sus puestos. Es la segunda huelga general de la democracia. Luego ha habido otras dos. Ninguna tan masiva. La próxima semana se celebra la quinta. La pregunta es: ¿Resulta posible repetir el éxito del 14-D? La respuesta es no.

Antonio Gutiérrez y Nicolás Redondo, en la manifestación del 14-D.

Empezando por los propios sindicatos. La aspiración de alcanzar aquel ‘techo’ existe en las centrales, pero apenas quedan argumentos para sostenerla. «El referente es 1988, y tengo la sensación de que las protestas posteriores han tenido un comportamiento similar en Euskal Herria, no así en España», sugiere José Elorrieta, líder de ELA. «Un error es comparar lo que pueda ocurrir el jueves con el 14-D, que nos sorprendió a todos porque no fue sólo un paro de agentes productores y servicios, sino cívico», puntualiza un artífice de aquella movilización: el entonces secretario general de UGT, Nicolás Redondo.

¿Por qué? Sencillamente, porque, en apariencia, el cóctel es irrepetible. Lo respalda el sociólogo Enrique Gil Calvo: «Ahora estamos en la clásica confrontación entre derecha e izquierda, pero entonces asistíamos a una anomalía histórica. Se trataba de un ajuste de cuentas entre las ‘dos izquierdas’: PSOE y UGT. Las bases del PP no van a salir contra el partido porque están contentas. Pero, entonces, mucha gente pensó que el cambio prometido por Felipe González era una estafa, la izquierda dejó de creer en él y se produjo un malestar ideológico-político, de modo que cualquier excusa era buena para la huelga».

Los personajes son diferentes. José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero todavía se fajaban en la política regional. El Congreso era el ‘ring’ para auténticos pesos pesados, gente sin pelos en la lengua. González, Carlos Solchaga, Manuel Chaves, Julio Anguita y un presidente de AP, Antonio Hernández Mancha, que se encaraba con el mismísimo Manuel Fraga. Incluso el ministro de Cultura, Jorge Semprún, se permitía azotar a antiguos colaboradores –en el sentido metafórico, claro– o calificar de «monstruo irracional, donde los amigos pueden salir cuando quieran», a RTVE, que dirigía la cineasta Pilar Miró. Hasta la plantilla del Real Madrid decidió no hacer más declaraciones a los medios informativos.

Inversión y desequilibrio
Hoy, han cambiado la estructura del país, las raíces del malestar, el grado de crispación y el contexto sociopolítico. Lo que menos, quizá, la economía. En 1988, España dejaba atrás una transición abrochada por las primeras legislaturas socialistas. Tras varios años de reconversiones y duro ajuste, el país salía adelante. Con claroscuros. Había 2,7 millones de parados, sí, pero comenzaba a crearse empleo. El Inem registraba un 4,45% de contratos fijos, el doble que en 1985, aunque uno de cada dos menores de 25 años carecía de expectativas laborales y el Banco de España advertía del imparable desarrollo del trabajo temporal en detrimento del fijo.

La inflación empezaba a ser domeñada. Los salarios crecían y la inversión aumentaba. Pero también era cierto que la distribución de la riqueza presentaba los mayores desequilibrios de la CE, tras Grecia y Portugal. «Había un crecimiento económico importante, pero una redistribución muy deficiente –asiente el ex líder de CC OO Antonio Gutiérrez–, además de una obcecación gubernamental total».

Y, por encima de ese panorama en blanco y negro, una pregunta: si España iba bien, ¿por qué el Ejecutivo se empeñaba en cuestionar las pensiones, el régimen de los funcionarios y, finalmente, colocaba sobre la mesa un Plan de Empleo Juvenil que, basado en la ecuación mejor acceso al mercado a cambio de menos salario y más facilidades de despido, la mayoría identificaba con una versión suave de los contratos-basura? «La situación era de bonanza, la tarta crecía y era la hora de preguntar: ‘¿Cuándo empieza a repartirse?’», ilustra Redondo.

A escala social, la tarta había salido picante: los españoles se integraban en la OTAN, afloraban el caso Juan Guerra, las comisiones del AVE y los GAL, la beautiful people se descaraba desde Marbella y, mientras, «Solchaga decía que aquí podía ganarse dinero muy rápidamente», recuerda Carlos Berzosa. «Ahora vivimos una época recesiva, con pérdida de empleo y recorte en los derechos, pero las condiciones ambientales no son las mismas». El filósofo Gabriel Albiac abunda en esta tesis: «El 14-D respondía a una realidad social. La corrupción puesta en marcha por el ‘felipismo’ empezaba a salir. Todo el mundo sabía que era difícil una modificación electoral, pues no había alternativa, y se castigó al Gobierno con la huelga».

Dos hombres, una mesa

En un país gastronómico, era inevitable que el 14-D se gestara alrededor de mesa y mantel. Allí, en El Parrillon de Madrid, los secretarios de UGT y CC OO decidieron tomar el timón del reclamado giro social. Hubo discusión. No querían llamarla huelga. Mejor, paro general. «Es que la denominación de huelga general nos parecía decimonónica, remitía a la revolución de octubre, a derribo del Gobierno», aclara Redondo. Aprobaron que el anuncio se realizase en la sede ugetista para que nadie pudiera argumentar que «los comunistas» habían embaucado a la central socialista.

Del restaurante salieron dos hombres diferentes. Uno, Antonio Gutiérrez, un joven de ideas decididas casi por estrenar como icono del movimiento laboral. Otro, Nicolás Redondo, un veterano socialista fajado en la lucha obrera y antifranquista que sopesaba los riesgos personales de dirigir una huelga general contra sus propias siglas. Hablan los protagonistas. Nicolás Redondo: «Se vendió la idea de un pulso entre Felipe y Nicolás, y no es cierto. Nuestras demandas eran laborales, carecían de significado político y fue una iniciativa unitaria de todos los sindicatos que contó con cierta simpatía de la opinión pública». Antonio Gutiérrez: «Es cierto. A CC OO y UGT nos dividían como los sindicatos de la confrontación y de la concertación. La concordia entre ambos fructificó el 14-D. Aunque ahora es más firme».

Sacar los brazos a la calle, cuantos más mejor, es cuestión de matemáticas. Saben las centrales que un tercio de la población siempre está ganada para la causa: los trabajadores. Pero es necesario levantar a la capa media, a la burguesía emergente. Y eso supone hoy una dificultad añadida para conseguir que paren ocho millones de ciudadanos. Sociólogos y economistas coinciden en que este sector de población no se ha pepeizado, pero sí ampliado y acomodado, lo que le hace más impermeable a la movilización.
«No creo que mejorar el nivel de vida haga a un país más de derechas», opina Berzosa.
«Pero somos una generación que ha pagado la casa y podemos mantener a los hijos el tiempo que haga falta. O sea, aprecias que la situación general va a peor, pero te defiendes. En cambio, en 1988, se conservaba el flujo de la Transición. Éramos más rebeldes».

Italia, Alemania y, ahora, España

Si uno lo piensa, el Fondo Monetario Internacional se asemeja a un gran libro contable. ¿Que hay que repasar el balance económico del planeta? Se consulta al FMI. ¿Que alguien quiere conocer el coste de una jornada de huelga general? Pues el FMI responde: «Supone el 0,6% de la renta anual, y eso se pierde. Por lo tanto, es malo arrojar por la borda un día de trabajo, porque no somos tan ricos como para permitírnoslo», alecciona el economista Xavier Sala i Martín, asesor del Fondo Monetario y del Banco Mundial en una materia tan sensible como la economía de los países pobres.

Doctorado en Harvard, profesor en la Universidad de Columbia y en la Pompeu i Fabra de Barcelona, este catalán tiene la visión preclara que se hereda de la imparcialidad y la fría analítica: «Me sorprende la crispación existente en España, que no puede justificarse en un malestar económico. Bastantes se preguntarán: ‘¿Por qué protestamos exactamente el 20-J?’. El paro sigue bajando un poco, la economía crece, aunque menos que hace dos años, y la inflación está controlada. Por otra parte, sobre el decreto del desempleo, es ridículo que el Ejecutivo piense en incrementar la recaudación con el subsidio que cobra gente en activo, igual que los trabajadores deben pensar que es un problema que un día habrán de resolver. Ahora bien, la actitud dialogante del Gabinete en la primera legislatura se ha perdido. Y mucha gente va a la huelga porque está harta de su arrogancia».

¿Y no están las urnas para resolverlo? «Es que veo un problema en la izquierda.
Empezando por Italia, donde tres millones de personas han protestado contra Berlusconi, y siguiendo por España y Alemania, la izquierda intenta ir alrededor de las instituciones y acude a la movilización como si el poder se demostrara en la calle y no en las urnas. Eso revela su incapacidad absoluta. ¿Dígame qué buenas ideas ha tenido el PSOE en los últimos tiempos? Y si la izquierda civilizada desaparece, surge la incivilizada, las marchas…», advierte este profesor, que a veces suele acudir a la sede del FMI escoltado y de madrugada para evitar una pedrada.

APOLINAR RODRÍGUEZ, EX SINDICALISTA

«Una huelga a golpe de piquete es rechazable»

Apolinar Rodríguez era secretario de acción sindical en UGT en 1988. Hoy, este hombre, que ha regresado a su empleo en Renfe, cree que el movimiento obrero aprendió algo del 14-D. A explicarse. «El paro fue un éxito no sólo cuantitativo, sino cualitativo. Constituyó un esfuerzo cultural porque llegamos a la malla fina de la sociedad; no sólo a la fábrica, sino también al campo de fútbol. Yo siempre dije que la huelga ya estaba ganada días antes del 14-D, porque la gente había entendido la causa. Habíamos tocado su conciencia hablando con el corazón, explicando lo humillante que es la cola del paro, no sólo con un lenguaje sindical duro y lleno de aristas».

Filósofo del obrerismo, Rodríguez cree que la verdadera afección al Gobierno radicó en que miles de funcionarios, comerciantes y profesionales liberales salieron a la calle. «Una huelga general ganada a golpe de piquete es rechazable: hace daño a una empresa, pero no desgasta al poder. Un gobierno se la juega en la clase media, porque su elasticidad es enorme».

Como gigante es la maquinaria necesaria para lograr que ocho millones de trabajadores digan no el mismo día. «Lo fundamental de una huelga es que se fija una fecha y genera tensión. Eso favorece a los sindicatos. Un gobierno llega más rápido a la sociedad; bastan cuatro telediarios del presidente. En cambio, un sindicato necesita un plazo dilatado para llevar su mensaje a los pueblos, y tensión para aparecer más en los informativos».

DIEGO CANAMERO, TRABAJADOR DEL CAMPO

«No luchamos por el PER, sino por dignidad»

Acaba de regresar del funeral por un inmigrante magrebí, uno de los cuatrocientos que estos días se arraciman en torno a un refugio improvisado en la Universidad de Sevilla. «Los andaluces somos muy sensibles a este drama porque en ningún sitio ha habido tanta movilidad como la de Andalucía en busca de un trozo de pan», sentencia Diego Cañamero, 46 años, trabajador del campo desde los 8 y emigrante en su propia región. «He ido a todas las campañas: algodón, fresa…».

En 1974, este vecino de El Coronil, a la vera de la base estadounidense de Morón de la Frontera, se puso al frente del Sindicato Obrero del Campo, casi 10.000 almas hijas de Machado y Lorca que todavía miran al sol con mansedumbre y al ‘señorito’ con rabia proletaria.

Cañamero sigue atado a la agricultura. Menos hoy, que estará ocupando un cortijo como protesta por el «escaso control» de las subvenciones de la UE. «El subsidio agrario apenas son 21.600 pesetas al mes, y aquí hay terratenientes que reciben mil millones por plantar tal o cual cultivo».

Todas sus gentes bajaron la azada el 14-D. Y el próximo jueves, Diego advierte que ocurrirá lo mismo. «El campo es muy fácil de parar. ¿Sabe la razón? Porque no luchamos por el PER, ni por un subsidio, sino por nuestra dignidad. Venga de la derecha o los psoes, el jornalero es tratado como una herramienta que, cuando no vale, se echa al rincón de la Historia».

J. BENGOECHEA, EMPLEADO DE FÁBRICA

«Sólo recuerdo que aquel día fue glorioso»

Empresa Firestone. Basauri (Vizcaya). 1988. Cuatro mil trabajadores. 14-D. Paro total. Entre los huelguistas, Javier Bengoetxea, delegado sindical de ELA, que recuerda la gesta con orgullo: «De aquel día, me acuerdo que fue glorioso. De hecho, los piquetes informativos tuvimos poco trabajo, porque no funcionaba nada; ni siquiera los transportes».

Bengoetxea se afilió a la central vasca «cuando aún iba en pantalón corto. He visto mucho, pero creo que en la huelga general de diciembre hubo un hito. La política del ministro Solchaga era de desgaste hacia los sindicatos; se hablaba de modernidad, de sindicalismo europeo, de que protestar estaba ya fuera de lugar. Nos dimos cuenta de que era necesaria una respuesta dura. Resultó tan buena que el Gobierno tuvo que retirar propuestas como el Plan de Empleo Juvenil».

Su secretario general, José Elorrieta, dice: «El 14-D marcó un techo en España».
Bengoetxea coincide: «Hay pocas huelgas generales. Se protesta poco. Yo percibo que, ahora, UGT y CC OO tienen un alto grado de narcotización y nosotros no estamos en esa onda. Y eso que el Gobierno sigue mostrando una actitud altanera en sus propuestas».
El delegado sabe que en los próximos días dormirá poco. Como en 1988. «Sí, la noche anterior apenas pegas ojo. Incluso, piensas que el despertador se va a parar».

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