El Plan de Empoleo Juvenil fue el desencadenante
de la huelga general de 1988
El espíritu
de Buñuel planeó sobre TVE entonces la única televisión
en España, aparte de las autonómicas durante la noche del
13 de diciembre de 1988. Millones de ciudadanos contemplaban la última
edición del Telediario. Buscaban señales que revelasen las auténticas
dimensiones de la huelga general convocada para el día siguiente. Y la
señal llegó. O, mejor dicho, no llegó. En el preciso instante
en que la locutora Olga Barrio informa de que, pese a la protesta, la cadena garantiza
su programación habitual, la emisión se interrumpe. Los españoles
asisten atónitos a la situación, conscientes de que la televisión
sólo se corta por las fuerzas de la sinrazón de un golpe de Estado
o de la naturaleza, cuando un rayo golpea una torreta... pero nunca por la fuerza
del trabajo.
Aunque
la aspiración no está perdida, sindicatos, economistas y sociólogos
consideran que el contexto social y político actual convierte en una utopía
repetir el éxito de la huelga de 1988
En Torrespaña cunde el nerviosismo. La dirección
negocia con los trabajadores la recuperación de la señal para montar
un cierre oficial de programación. Alguien echa mano del último
vídeo de Testimonio. Un programa religioso prologará
la mayor huelga celebrada en España desde la revolución obrera de
1934, que se ha convertido en una referencia histórica que los sindicatos
sueñan con repetir. Por ejemplo, el próximo jueves, día 20
(para el 19, ELA y LAB han convocado otro paro general en Euskadi).
Para
más inri, el padre Santiago Martín diserta esa noche sobre la marginación
y la opulencia. «Vaya por Dios», debe de pensar algún ejecutivo
en El Pirulí. Y el sacerdote concluye: «La Iglesia tiene que ser
la voz de quienes no tienen voz; no la voz de los ricos». Despedida y cierre.
Al
día siguiente, los españoles plantean la carta de ajuste al Gobierno.
400.000 personas salen a la calle a manifestarse. El resto se queda en casa. No
hay transportes. Ni ningún otro servicio. Incluso los clubes de Primera
y Segunda División han dejado de entrenar. Efecto psicológico en
estado puro: ni fútbol ni televisión. Un golpe laboral.
«¿Qué
va a pasar aquí?» En algunas provincias el paro alcanza el
90%. En el resto, no baja del 75%. Industria y comercio echan la persiana. Todas.
La Universidad ha cerrado sus puertas y el 80%-95% de las escuelas, también.
«El PSOE hizo una campaña muy intensa en contra de la huelga, comparándola
casi con la revolución», apunta el catedrático de Economía
de la Complutense Carlos Berzosa. «Así que se corta la televisión
y la gente piensa: ¿Qué va a suceder aquí? Mejor me
quedo en casa». Las calles aparecen desiertas; Madrid, Barcelona,
Sevilla, Bilbao conforman una visión urbana postnuclear. En total,
ocho millones de trabajadores no han acudido a sus puestos. Es la segunda huelga
general de la democracia. Luego ha habido otras dos. Ninguna tan masiva. La próxima
semana se celebra la quinta. La pregunta es: ¿Resulta posible repetir el
éxito del 14-D? La respuesta es no.
Antonio Gutiérrez y Nicolás
Redondo, en la manifestación del 14-D.
Empezando
por los propios sindicatos. La aspiración de alcanzar aquel techo
existe en las centrales, pero apenas quedan argumentos para sostenerla. «El
referente es 1988, y tengo la sensación de que las protestas posteriores
han tenido un comportamiento similar en Euskal Herria, no así en España»,
sugiere José Elorrieta, líder de ELA. «Un error es comparar
lo que pueda ocurrir el jueves con el 14-D, que nos sorprendió a todos
porque no fue sólo un paro de agentes productores y servicios, sino cívico»,
puntualiza un artífice de aquella movilización: el entonces secretario
general de UGT, Nicolás Redondo.
¿Por qué? Sencillamente,
porque, en apariencia, el cóctel es irrepetible. Lo respalda el sociólogo
Enrique Gil Calvo: «Ahora estamos en la clásica confrontación
entre derecha e izquierda, pero entonces asistíamos a una anomalía
histórica. Se trataba de un ajuste de cuentas entre las dos izquierdas:
PSOE y UGT. Las bases del PP no van a salir contra el partido porque están
contentas. Pero, entonces, mucha gente pensó que el cambio prometido por
Felipe González era una estafa, la izquierda dejó de creer en él
y se produjo un malestar ideológico-político, de modo que cualquier
excusa era buena para la huelga».
Los personajes son diferentes.
José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero todavía
se fajaban en la política regional. El Congreso era el ring
para auténticos pesos pesados, gente sin pelos en la lengua. González,
Carlos Solchaga, Manuel Chaves, Julio Anguita y un presidente de AP, Antonio Hernández
Mancha, que se encaraba con el mismísimo Manuel Fraga. Incluso el ministro
de Cultura, Jorge Semprún, se permitía azotar a antiguos colaboradores
en el sentido metafórico, claro o calificar de «monstruo
irracional, donde los amigos pueden salir cuando quieran», a RTVE, que dirigía
la cineasta Pilar Miró. Hasta la plantilla del Real Madrid decidió
no hacer más declaraciones a los medios informativos.
Inversión
y desequilibrio Hoy, han cambiado la estructura del país, las raíces
del malestar, el grado de crispación y el contexto sociopolítico.
Lo que menos, quizá, la economía. En 1988, España dejaba
atrás una transición abrochada por las primeras legislaturas socialistas.
Tras varios años de reconversiones y duro ajuste, el país salía
adelante. Con claroscuros. Había 2,7 millones de parados, sí, pero
comenzaba a crearse empleo. El Inem registraba un 4,45% de contratos fijos, el
doble que en 1985, aunque uno de cada dos menores de 25 años carecía
de expectativas laborales y el Banco de España advertía del imparable
desarrollo del trabajo temporal en detrimento del fijo.
La inflación
empezaba a ser domeñada. Los salarios crecían y la inversión
aumentaba. Pero también era cierto que la distribución de la riqueza
presentaba los mayores desequilibrios de la CE, tras Grecia y Portugal. «Había
un crecimiento económico importante, pero una redistribución muy
deficiente asiente el ex líder de CC OO Antonio Gutiérrez,
además de una obcecación gubernamental total».
Y, por
encima de ese panorama en blanco y negro, una pregunta: si España iba bien,
¿por qué el Ejecutivo se empeñaba en cuestionar las pensiones,
el régimen de los funcionarios y, finalmente, colocaba sobre la mesa un
Plan de Empleo Juvenil que, basado en la ecuación mejor acceso al mercado
a cambio de menos salario y más facilidades de despido, la mayoría
identificaba con una versión suave de los contratos-basura? «La situación
era de bonanza, la tarta crecía y era la hora de preguntar: ¿Cuándo
empieza a repartirse?», ilustra Redondo.
A escala social,
la tarta había salido picante: los españoles se integraban en la
OTAN, afloraban el caso Juan Guerra, las comisiones del AVE y los GAL, la beautiful
people se descaraba desde Marbella y, mientras, «Solchaga decía que
aquí podía ganarse dinero muy rápidamente», recuerda
Carlos Berzosa. «Ahora vivimos una época recesiva, con pérdida
de empleo y recorte en los derechos, pero las condiciones ambientales no son las
mismas». El filósofo Gabriel Albiac abunda en esta tesis: «El
14-D respondía a una realidad social. La corrupción puesta en marcha
por el felipismo empezaba a salir. Todo el mundo sabía que
era difícil una modificación electoral, pues no había alternativa,
y se castigó al Gobierno con la huelga». Dos hombres, una
mesa En un país gastronómico, era inevitable que el 14-D
se gestara alrededor de mesa y mantel. Allí, en El Parrillon de Madrid,
los secretarios de UGT y CC OO decidieron tomar el timón del reclamado
giro social. Hubo discusión. No querían llamarla huelga. Mejor,
paro general. «Es que la denominación de huelga general nos parecía
decimonónica, remitía a la revolución de octubre, a derribo
del Gobierno», aclara Redondo. Aprobaron que el anuncio se realizase en
la sede ugetista para que nadie pudiera argumentar que «los comunistas»
habían embaucado a la central socialista.
Del restaurante salieron
dos hombres diferentes. Uno, Antonio Gutiérrez, un joven de ideas decididas
casi por estrenar como icono del movimiento laboral. Otro, Nicolás Redondo,
un veterano socialista fajado en la lucha obrera y antifranquista que sopesaba
los riesgos personales de dirigir una huelga general contra sus propias siglas.
Hablan los protagonistas. Nicolás Redondo: «Se vendió la idea
de un pulso entre Felipe y Nicolás, y no es cierto. Nuestras demandas eran
laborales, carecían de significado político y fue una iniciativa
unitaria de todos los sindicatos que contó con cierta simpatía de
la opinión pública». Antonio Gutiérrez: «Es cierto.
A CC OO y UGT nos dividían como los sindicatos de la confrontación
y de la concertación. La concordia entre ambos fructificó el 14-D.
Aunque ahora es más firme».
Sacar los brazos a la calle, cuantos
más mejor, es cuestión de matemáticas. Saben las centrales
que un tercio de la población siempre está ganada para la causa:
los trabajadores. Pero es necesario levantar a la capa media, a la burguesía
emergente. Y eso supone hoy una dificultad añadida para conseguir que paren
ocho millones de ciudadanos. Sociólogos y economistas coinciden en que
este sector de población no se ha pepeizado, pero sí ampliado y
acomodado, lo que le hace más impermeable a la movilización. «No
creo que mejorar el nivel de vida haga a un país más de derechas»,
opina Berzosa. «Pero somos una generación que ha pagado la casa
y podemos mantener a los hijos el tiempo que haga falta. O sea, aprecias que la
situación general va a peor, pero te defiendes. En cambio, en 1988, se
conservaba el flujo de la Transición. Éramos más rebeldes».
Italia,
Alemania y, ahora, España
Si uno lo piensa, el Fondo Monetario
Internacional se asemeja a un gran libro contable. ¿Que hay que repasar
el balance económico del planeta? Se consulta al FMI. ¿Que alguien
quiere conocer el coste de una jornada de huelga general? Pues el FMI responde:
«Supone el 0,6% de la renta anual, y eso se pierde. Por lo tanto, es malo
arrojar por la borda un día de trabajo, porque no somos tan ricos como
para permitírnoslo», alecciona el economista Xavier Sala i Martín,
asesor del Fondo Monetario y del Banco Mundial en una materia tan sensible como
la economía de los países pobres.
Doctorado en Harvard,
profesor en la Universidad de Columbia y en la Pompeu i Fabra de Barcelona, este
catalán tiene la visión preclara que se hereda de la imparcialidad
y la fría analítica: «Me sorprende la crispación existente
en España, que no puede justificarse en un malestar económico. Bastantes
se preguntarán: ¿Por qué protestamos exactamente el
20-J?. El paro sigue bajando un poco, la economía crece, aunque menos
que hace dos años, y la inflación está controlada. Por otra
parte, sobre el decreto del desempleo, es ridículo que el Ejecutivo piense
en incrementar la recaudación con el subsidio que cobra gente en activo,
igual que los trabajadores deben pensar que es un problema que un día habrán
de resolver. Ahora bien, la actitud dialogante del Gabinete en la primera legislatura
se ha perdido. Y mucha gente va a la huelga porque está harta de su arrogancia».
¿Y
no están las urnas para resolverlo? «Es que veo un problema en la
izquierda. Empezando por Italia, donde tres millones de personas han protestado
contra Berlusconi, y siguiendo por España y Alemania, la izquierda intenta
ir alrededor de las instituciones y acude a la movilización como si el
poder se demostrara en la calle y no en las urnas. Eso revela su incapacidad absoluta.
¿Dígame qué buenas ideas ha tenido el PSOE en los últimos
tiempos? Y si la izquierda civilizada desaparece, surge la incivilizada, las marchas »,
advierte este profesor, que a veces suele acudir a la sede del FMI escoltado y
de madrugada para evitar una pedrada.
APOLINAR RODRÍGUEZ,
EX SINDICALISTA
«Una huelga a golpe de
piquete es rechazable»
Apolinar Rodríguez era secretario
de acción sindical en UGT en 1988. Hoy, este hombre, que ha regresado a
su empleo en Renfe, cree que el movimiento obrero aprendió algo del 14-D.
A explicarse. «El paro fue un éxito no sólo cuantitativo,
sino cualitativo. Constituyó un esfuerzo cultural porque llegamos a la
malla fina de la sociedad; no sólo a la fábrica, sino también
al campo de fútbol. Yo siempre dije que la huelga ya estaba ganada días
antes del 14-D, porque la gente había entendido la causa. Habíamos
tocado su conciencia hablando con el corazón, explicando lo humillante
que es la cola del paro, no sólo con un lenguaje sindical duro y lleno
de aristas».
Filósofo del obrerismo, Rodríguez cree
que la verdadera afección al Gobierno radicó en que miles de funcionarios,
comerciantes y profesionales liberales salieron a la calle. «Una huelga
general ganada a golpe de piquete es rechazable: hace daño a una empresa,
pero no desgasta al poder. Un gobierno se la juega en la clase media, porque su
elasticidad es enorme».
Como gigante es la maquinaria necesaria para
lograr que ocho millones de trabajadores digan no el mismo día. «Lo
fundamental de una huelga es que se fija una fecha y genera tensión. Eso
favorece a los sindicatos. Un gobierno llega más rápido a la sociedad;
bastan cuatro telediarios del presidente. En cambio, un sindicato necesita un
plazo dilatado para llevar su mensaje a los pueblos, y tensión para aparecer
más en los informativos».
DIEGO CANAMERO,
TRABAJADOR DEL CAMPO
«No
luchamos por el PER, sino por dignidad»
Acaba de regresar del
funeral por un inmigrante magrebí, uno de los cuatrocientos que estos días
se arraciman en torno a un refugio improvisado en la Universidad de Sevilla. «Los
andaluces somos muy sensibles a este drama porque en ningún sitio ha habido
tanta movilidad como la de Andalucía en busca de un trozo de pan»,
sentencia Diego Cañamero, 46 años, trabajador del campo desde los
8 y emigrante en su propia región. «He ido a todas las campañas:
algodón, fresa ».
En 1974, este vecino de El Coronil,
a la vera de la base estadounidense de Morón de la Frontera, se puso al
frente del Sindicato Obrero del Campo, casi 10.000 almas hijas de Machado y Lorca
que todavía miran al sol con mansedumbre y al señorito
con rabia proletaria.
Cañamero sigue atado a la agricultura. Menos
hoy, que estará ocupando un cortijo como protesta por el «escaso
control» de las subvenciones de la UE. «El subsidio agrario apenas
son 21.600 pesetas al mes, y aquí hay terratenientes que reciben mil millones
por plantar tal o cual cultivo».
Todas sus gentes bajaron la azada
el 14-D. Y el próximo jueves, Diego advierte que ocurrirá lo mismo.
«El campo es muy fácil de parar. ¿Sabe la razón? Porque
no luchamos por el PER, ni por un subsidio, sino por nuestra dignidad. Venga de
la derecha o los psoes, el jornalero es tratado como una herramienta que, cuando
no vale, se echa al rincón de la Historia».
J.
BENGOECHEA, EMPLEADO DE FÁBRICA
«Sólo
recuerdo que aquel día fue glorioso»
Empresa Firestone.
Basauri (Vizcaya). 1988. Cuatro mil trabajadores. 14-D. Paro total. Entre los
huelguistas, Javier Bengoetxea, delegado sindical de ELA, que recuerda la gesta
con orgullo: «De aquel día, me acuerdo que fue glorioso. De hecho,
los piquetes informativos tuvimos poco trabajo, porque no funcionaba nada; ni
siquiera los transportes».
Bengoetxea se afilió a la central
vasca «cuando aún iba en pantalón corto. He visto mucho, pero
creo que en la huelga general de diciembre hubo un hito. La política del
ministro Solchaga era de desgaste hacia los sindicatos; se hablaba de modernidad,
de sindicalismo europeo, de que protestar estaba ya fuera de lugar. Nos dimos
cuenta de que era necesaria una respuesta dura. Resultó tan buena que el
Gobierno tuvo que retirar propuestas como el Plan de Empleo Juvenil».
Su
secretario general, José Elorrieta, dice: «El 14-D marcó un
techo en España». Bengoetxea coincide: «Hay pocas huelgas
generales. Se protesta poco. Yo percibo que, ahora, UGT y CC OO tienen un alto
grado de narcotización y nosotros no estamos en esa onda. Y eso que el
Gobierno sigue mostrando una actitud altanera en sus propuestas». El
delegado sabe que en los próximos días dormirá poco. Como
en 1988. «Sí, la noche anterior apenas pegas ojo. Incluso, piensas
que el despertador se va a parar».