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Las melenas de Justino

Texto: Itsaso Álvarez / Madrid
17/08/2004


A PELO. Justino Delgado muestra un rosario de trenzas y coletas, el peculiar material que da de comer a su familia. / FOTOS: JOSÉ RAMÓN LADRA

A Justino Delgado le quedan cuatro pelos en la cabeza y, a sus 64 años, sigue sin tener ninguno en la lengua. Acabó quitándose el bigote y hace dos años que se aburrió del peluquín. A su mujer la conquistó de joven, cuando él lucía greñas y ella, una larga coleta de pelo dorado y ondulado. Debió de parecerle cabello de ángel, porque al de poco de verse ya estaban casados y con cuatro niños –dos chicos y dos chicas– enredando a su alrededor. En sus viajes ha peinado medio mundo: Alemania, Francia, Rusia, Ucrania, Estados Unidos, Ecuador...

El negocio de compra-venta de cabello humano de Justino Delgado importa y exporta toneladas de pelo a fábricas de pelucas de todo el planeta

Y en todas partes ha dejado dicho bien claro que, sólo si es de calidad y viene en cantidad, «Justino le compra su pelo». Y por eso guarda montones y montones de melenas en una fábrica en la parte alta de Carabanchel, en Madrid. Es fácil encontrarla. Demostrando que no tiene un pelo de tonto, Justino ha mandado colocar un letrero voluminoso a la entrada, de letras coloradas sobre fondo amarillo chillón, que anuncia alto y claro: ‘Almacén de cabello humano’.

«Único en el mundo en grandes cantidades» es la coletilla que añade Justino cuando se le pregunta por semejante invento, que le ha dado de comer a él y a los suyos durante tantos años. «¿Que si me va bien? Empecé comprando y vendiendo subido a una bicicleta, seguí con una ‘bultaco’ azul, luego con un ‘dos caballos’ y ahora tengo un ‘mercedes cuatrocientos’». Y una factoría de cuatro mil metros cuadrados, de cuatro plantas y garaje subterráneo; una veintena de empleados a sueldo; varias toneladas de pelo virgen en depósito que aguarda a ser lavado, colorado y, sin ninguna demora, exportado; un cigarrillo detrás de otro en la comisura de los labios y un millón de recuerdos y anécdotas apelmazados en la memoria. «Mi mundo es el cabello y así me complazco en presentárselo», dice este segoviano de nacimiento, ex trapero e hijo de chatarreros, hecho a sí mismo.

«Es un negocio súper próspero, pero muy pocos lo saben. Realmente, siempre me he limitado a hacer de intermediario: compro y vendo pelo», resume Justino Delgado, que aprendió el oficio de un amigo, ya fallecido, de su Segovia natal, «el señor Velasco». ¿El truco para hacerse de oro? «Que nadie sabe con exactitud cuánto cuesta el pelo ni cuánto hay que pagar por él». Ni hace cuatro decenios, ni ahora.

Por las primeras coletas que Justino compraba en persona por los pueblos de toda España hace cuarenta años pagaba 2.500 pesetas de las de la época... Y las revendía a 5.000. La coleta de la boda, la de la primera comunión, la de la niña, la de soltera y la de casada... En los pueblos, entonces, existía la costumbre de cortar la melena y guardarla. Hoy, un kilo de pelo europeo (de una cabeza no salen más de doscientos gramos) cotiza, de media, entre 420 y 600 euros; llegará a los mil si mide igual o más de 90 centímetros. Una trenza de un metro de largo empieza a ser una especie en extinción, pero puede hacerle ganar a su dueña 1.200 euros de un solo tajo. Justino las consigue al por mayor, por toneladas, y, una vez recolocadas, sus rentas suben como la espuma.

Por necesidad

Aunque obligado está a hilar cada vez más fino para mantenerse a flote. A base de buscar género con el que abastecer su almacén, Justino Delgado se ha ido comiendo medio mundo. Una melena no crece en un año, ni en dos ni en tres, y por eso la empresa que más pelusa genera entre los alopécicos ha podido estar a punto de quedarse sin cabelleras. Si no fuera más que eso. «En España, ahora mismo no se cogen apenas fajos. En Francia, Italia, Alemania, tampoco. En estos países, una chica de quince años ya se ha hecho una permanente, unas mechas o una decoloración, y así ya no me vale. Lo que yo necesito son cabellos vírgenes, que no hayan olido el tinte».

Reservas almacenadas en las estanterías del taller de Carabanchel.

El segoviano no ha parado hasta encontrarlos, y vaya si ha sido así, en países modestos: India, China, Corea, Pakistán... Que no Japón. «El flequillo japonés es más recio, pero para mí es más difícil de colocar. ¿Cómo se lo vendo a un occidental?». Y añade: «Asia está lejos», pero los lugares pobres ofrecen un mercado capilar incipiente. «Donde falta pan, allí hay pelo, porque la gente vende lo poco que tiene para poder comer», constata.

Es hombre acostumbrado a largas caminatas. A la ciudad de Nueva York llegó en los ochenta, cuando el sector entró en crisis con el furor de las pelucas sintéticas –«más baratas, pero más tiesas y antinaturales, y con la obligatoriedad de cambiarlas cada seis meses», zanja Justino–, porque aquí no era capaz de colocar los diez millones de pesetas en pelo que tenía desde hace meses en ‘stock’.

Solo, con su verborrea, sin chapurrear siquiera el inglés, con Lunila, su mujer, hecha un mar de lágrimas en Madrid, Justino Delgado avanzó por la Quinta Avenida y se plantó en la Cámara de Comercio. A bote pronto, le soltó a la señorita de la entrada: «Compro y vendo pelo, ¿podría decirme qué compañías de pelucas, postizos y bisoñés a medida podrían estar interesadas en mis melenas?». Le mostró fotografías y catálogos enteros de lisos y bucles castaños, dorados y platinos. Todo tipo de cabellos, colores y medidas. Se había aprendido bien dos palabras: ‘human hair’ (pelo humano), y Justino Delgado salió de ésta: «En día y medio, coloqué el género y volví a España con un cheque de 10.000 dólares y varios encargos que cumplir».

Aseguran los expertos en estética que el pelo humano es más caro, pero proporciona una mirada más natural y, aunque requiere reparaciones periódicas, no se marchita ni se decolora como el sintético, que debe sustituirse cada cierto tiempo. El barómetro Cosmobelleza 2003 sobre los hábitos ante la estética, encargado por el Salón Internacional de la Belleza, llegaba a la conclusión de que cada español gasta una media de 296 euros al año (24,66 al mes) en peluquería; eso sí, algo menos que el resto de los europeos y que un ciudadano americano.

Pero al negocio de Justino, que despacha el 90% del género al extranjero –sobre todo, a EE UU–, todos estos datos le van como anillo al dedo. Avalan su éxito y demuestran que la empresa «tiene futuro, especialmente, ahora que ha llegado la moda de las extensiones», esos mechones capaces de prolongar hasta el infinito las melenas más modestas.

Proceso artesanal

Para que una mata de pelos como las que llegan en bruto al almacén de cabello humano de Carabanchel Alto se transforme en un delicado y sedoso pelaje, hace falta buena mano. «Cada macizo de cabello que llega pesa un par de kilos o tres. Parecen las crines de un caballo, es un pelo muy fuerte». Vienen atados con cordeles, en enormes cajas de cartón. Los cargamentos de varias toneladas, ya sean importados o listos para exportar, viajan por mar. Directamente, pasan a las máquinas lavadoras, donde se lleva a cabo su limpieza y desinfección. Para asegurar la higiene, las empleadas vuelven a frotar cada fajo en unos fregaderos con agua y detergente. El siguiente paso es el secado, al aire libre y a temperatura ambiente. Las pelambreras se colocan estiradas en paneles de alambre, una tras otra. Así trascurren varias horas. En invierno, los cabellos se introducen en un horno, que agiliza el secado.

Proceso de lavado y preparación del género llegado a la empresa.

Una vez eliminada la humedad, se pasan por unas púas gigantescas –«las cardas, una especie de peines a lo grande»–, cuya función consiste en desenredar los fajos, separarlos y eliminar los pelos más cortos, que se quedan enredados en el cepillo. Entonces las madejas están ya como la seda, después del intenso enjuague al que han sido sometidas.

«Las chicas peinan, cuadran e igualan la longitud de los cabellos. Si es necesario cortar, se corta», explica Justino. Todos los mechones han de ser homogéneos para que su presencia final sea el de una cabellera primorosa e inmaculada. Si el encargo solicita melenas coloreadas, se trata el pelo con tinturas, «en unas máquinas inventadas por Justino». Darle color a un pelo virgen es un proceso que dura doce horas. Por último, se sirve al cliente en tres formatos: suelto; con trencilla o crepé, para rellenos de moños y otras creaciones; o mezclado con queratina, que hace de cera y permite, en el caso de las melenas onduladas o rizadas, moldear más los caracoles. Y siempre al gusto: en color natural teñido al uso (caoba, cobrizo...) o fantasía (rojo, azul, amarillo...).

«Vamos, que no nos quedamos calvos», bromea Justino, y enseguida se le borra la sonrisa de la cara al recordar a aquel amigo, su padrino, el que le enseñó que era posible hacerse rico aprovechándose de los despojos de los demás y al que tanto le hubiera gustado ver hasta dónde ha llegado Justino. «Un día tan normal como otro cualquiera se me acercó y me dijo: ‘Tengo un negocio para ti, vas a hacer buenos duros. Haz lo que yo te diga’. Y claro que le hice rico, primero a él, que pronto falleció porque estaba delicado, y luego a mis padres, que en el pueblo, en Olombrada, a medio camino entre Segovia y Valladolid, no teníamos ni la calle para correr. Hoy me he hecho un chalecito».

Pelo ruso, húngaro, eslovaco, turco, ucranio, indio, oriental... El almacén por el que pasea Justino es un crisol capilar. Falta pelo español. Al dueño le gusta ofrecer, al despedirse, una tarjeta con sus datos y los de la fábrica. Sobre el diminuto papel aparece también dibujado el logotipo que eligió en su día para promocionar la compra-venta de cabello humano por todos los rincones: una larga trenza rubia con dos lazadas rojas, una grande y otra pequeña. «Intentaron robarme la propiedad del diseño, pero la defendí con uñas y dientes en los tribunales». Por los pelos, «pero se quedó conmigo».

Lanas de yak traídas del Tíbet para fabricar canas

El yak es un bóvido que habita en las altas montañas del Tíbet. Se le distingue por las largas lanas que le cubren las patas y la parte inferior del cuerpo. En estado salvaje es de color oscuro, pero entre los domésticos abundan los blancos, con los que la fábrica de Justino Delgado hace mechones canos. Pálidos como la leche y la nieve. Es el único género de origen no humano que se guarda en el almacén, traído directamente desde su lugar de origen.

Las lanas de yak se someten al mismo proceso de tratamiento que los fajos humanos, aunque su peinado es más dificultoso, aún lavado y desinfectado, por el grosor de los cabellos. Pero el resultado es una trenza o un mechón en bruto pulcro y voluminoso. Se vende tanto como el resto de las modalidades, siempre en fábricas nacionales y foráneas de postizos o a profesionales peluqueros que han recibido algún encargo especial de sus clientes.

Por ejemplo, en el montaje del musical El fantasma de la ópera, representado durante cerca de año y medio en el Teatro Calderón de Madrid, se utilizaron 45 pelucas hechas con cabello humano, 55 sintéticas y 11 de pelo de yak. Con este tipo de lana se elaboran también alfombras, tejidos y hasta cuerdas para montañeros, que son de una resistencia férrea.

CUESTIÓN DE NÚMEROS
Uno es la cantidad de centímetros que crece un cabello humano al mes.
Uno de cada cien españoles nace pelirrojo, frente a un 10% en Escocia.
Tres son los meses que se encuentra en reposo un bulbo hasta producir un pelo después de que cae el anterior.
Cuatro son los años que puede durar de media un cabello.
Seis son los años que puede permanecer un pelo en la cabeza.
75 es la cantidad de pelos que pierde el ser humano en un solo día.
420 son los pelos que forman la pestaña humana y 600 una ceja.
25.000 contiene normalmente la barba masculina.
90.000 son los cabellos que tiene de media una pelirroja natural; 110.000 una morena natural; y 150.000 una rubia natural.


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