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Cóctel Pocholo

Texto: Arantza Furundarena
18/03/2003


Pocholo Martínez Bordiú es un habitual de la chatarrería mediática estilo Tómbola. / LV

Si Franco levantara la cabeza y viera al rubio sobrino de su hija Carmencita compitiendo en Hotel Glamour con Dinio, Tamara y Yola Berrocal, seguro que encontraba un argumento definitivo para constatar que, en efecto, la democracia no ha traído a España más que catástrofe y vicio. José María Martínez Bordiu, todo un Gotor, descendiente de una estirpe que entronca siglos atrás con el Papa Luna, es Pocholo, el freak más pijo de la tele. Y también el más aclamado. A mucha distancia de Ricardito Bofill, que ni siquiera tiene título.

 



 

El sobrino más díscolo del marqués de Villaverde vive un renacimiento mediático al erigirse en uno de los concursantes de mayor éxito en ‘Hotel Glamour’

Víctima de una desazón constante que le lleva a autoflagelarse de continuo con su propia melena y a mover la lengua con una agitación que ni la niña de El Exorcista, el inquieto Pocholo, con su hablar convulso y su aparente buen corazón, se ha ganado la simpatía de un público adicto a la chatarra mediática, que le ha montado un club de fans y lo jalea a través de internet con mensajes como estos: «Pocholo tiene que llegar a la final porque es el más cachondo. Ah, y que le sigan pasando droga». O «Por consiguiente, Pocholo presidente».

El secreto de su éxito está en un cóctel tan raro como explosivo. Mézclese un físico vistoso con la autosuficiencia de un niño bien de colegio caro y las ínfulas de un aventurero de diseño; añádase una pizca de ética carcelaria y una sobredosis de hippismo ibicenco. Agítese a discreción, rocíese abundantemente con azúcar glas (de la que no se compra en las tiendas) y… ¡Voilà! Ese es Pocholo.

Le apodaron Pocholo porque, de niño –un rollizo bebé de cabello rubio platino–, era una auténtica pocholada. Vino al mundo hace cuarenta años en el seno de una acomodadísima familia madrileña. Su padre, don José María –hermano de Cristóbal Martínez Bordíu, marqués de Villaverde y yernísimo de Franco–, heredó el título de Barón de Gotor.
Por ese nombre, los Gotor, se conocía a los cinco retoños del barón en el colegio y en los exclusivos círculos madrileños en los que se criaron. De hecho, una hermana de Pocholo lo adoptó como nombre artístico –Kucca Gotor– cuando se convirtió en diseñadora. Otro hermano, Alejo, vive actualmente en Barcelona y está casado con Patricia Carulla. A veces, Cuca y Alejo salen en las revistas del corazón, pero su popularidad es más bien discreta y tiene poco que ver con la de su hermano Pocholo.

BODA. El día de su matrimonio con Sonsoles Suárez. / EFE

«No podemos contarte nada de su infancia, ni darte el menor dato sobre José María porque, antes de entrar en el concurso, él nos pidió expresamente que guardáramos silencio absoluto con la prensa. Dijo que cuando salga de Hotel Glamour ya se encargará de conceder entrevistas», explica un miembro de la familia. Y es que el trueno que manifiesta Pocholo no es tan grande como para impedirle administrar su creciente fama de la forma más rentable posible.

Antes de convertirse en adalid del desfase ibicenco, Pocholo contrajo matrimonio con Sonsoles Suárez. Dicen algunos testigos que en la boda hubo tal desmadre que al ex presidente del Gobierno le costó recuperarse de la impresión.

El matrimonio duró poco y Sonsoles terminó huyendo a Mozambique, donde tardó cuatro años en recuperarse de los estragos del huracán Pocholo. Él siguió ahondando en su propósito de convertirse en un Kitín Muñoz de los deportes de riesgo, un aventurero de genética privilegiada, un white hunter legendario… Pero la poca constancia y una tendencia nata al descontrol terminó por convertirlo en freak televisivo, en rareza nobiliaria asidua a Tómbola, en disc-jockey a tiempo parcial o en profeta de las fiestas ilegales de Ibiza; celebradas muchas veces en espacios protegidos.

Gran corazón

En la isla pitiusa su tribu le adora. «A Pocholo se lo perdonas todo porque tiene un gran corazón», dicen. Cuando no está con la peña compartiendo casa en Santa Gertrudis, es porque está con la moto. Algunos dicen que vive en ella, viajando campo a través, con su eterna mochila de Darío Bomé a la espalda, y presentándose a las tres de la madrugada en casa de cualquier amigo, porque «hola, tío, quería saber cómo estabas».

Víctima de un desasosiego perpetuo que no se sabe si es natural o adquirido –quizá por vía respiratoria–, Pocholo no para. Liga sin tregua, las novias le duran dos meses. «Pero es un señor, no engaña», advierte una buena amiga.

Al margen de su empleo como concursante, posee un portal propio en la red desde el que difunde su gran pasión por la lomografía –fotografía espontánea–, promueve la aromaterapia y alquila a buen precio jaimas «utilizadas por los moritos en todo el desierto» (sic).

«Cada verano –cuenta un amigo fotógrafo–, me propone que le saque una foto en la moto náutica con la minga al aire. Dice que vamos a romper exclusivas y que luego, si le sale bien, me regalará un jamón». Lo del jamón, como lo de los moritos, deben de ser resabios franquistas que, según se ve, tardan varias generaciones en curarse.


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