Pocholo Martínez Bordiú
es un habitual de la chatarrería mediática
estilo Tómbola. / LV
Si Franco levantara la cabeza y viera al rubio
sobrino de su hija Carmencita compitiendo en Hotel Glamour
con Dinio, Tamara y Yola Berrocal, seguro que encontraba
un argumento definitivo para constatar que, en efecto,
la democracia no ha traído a España más
que catástrofe y vicio. José María
Martínez Bordiu, todo un Gotor, descendiente
de una estirpe que entronca siglos atrás con
el Papa Luna, es Pocholo, el freak más pijo de
la tele. Y también el más aclamado. A
mucha distancia de Ricardito Bofill, que ni siquiera
tiene título.
El sobrino más díscolo
del marqués de Villaverde vive un
renacimiento mediático al erigirse
en uno de los concursantes de mayor éxito
en Hotel Glamour
Víctima de una desazón constante que
le lleva a autoflagelarse de continuo con su propia
melena y a mover la lengua con una agitación
que ni la niña de El Exorcista, el inquieto Pocholo,
con su hablar convulso y su aparente buen corazón,
se ha ganado la simpatía de un público
adicto a la chatarra mediática, que le ha montado
un club de fans y lo jalea a través de internet
con mensajes como estos: «Pocholo tiene que llegar
a la final porque es el más cachondo. Ah, y que
le sigan pasando droga». O «Por consiguiente,
Pocholo presidente».
El secreto de su éxito está en un cóctel
tan raro como explosivo. Mézclese un físico
vistoso con la autosuficiencia de un niño bien
de colegio caro y las ínfulas de un aventurero
de diseño; añádase una pizca de
ética carcelaria y una sobredosis de hippismo
ibicenco. Agítese a discreción, rocíese
abundantemente con azúcar glas (de la que no
se compra en las tiendas) y ¡Voilà!
Ese es Pocholo.
Le apodaron Pocholo porque, de niño un
rollizo bebé de cabello rubio platino,
era una auténtica pocholada. Vino al mundo hace
cuarenta años en el seno de una acomodadísima
familia madrileña. Su padre, don José
María hermano de Cristóbal Martínez
Bordíu, marqués de Villaverde y yernísimo
de Franco, heredó el título de Barón
de Gotor.
Por ese nombre, los Gotor, se conocía a los cinco
retoños del barón en el colegio y en los
exclusivos círculos madrileños en los
que se criaron. De hecho, una hermana de Pocholo lo
adoptó como nombre artístico Kucca
Gotor cuando se convirtió en diseñadora.
Otro hermano, Alejo, vive actualmente en Barcelona y
está casado con Patricia Carulla. A veces, Cuca
y Alejo salen en las revistas del corazón, pero
su popularidad es más bien discreta y tiene poco
que ver con la de su hermano Pocholo.
BODA. El día de
su matrimonio con Sonsoles Suárez. / EFE
«No podemos contarte nada de su infancia, ni
darte el menor dato sobre José María porque,
antes de entrar en el concurso, él nos pidió
expresamente que guardáramos silencio absoluto
con la prensa. Dijo que cuando salga de Hotel Glamour
ya se encargará de conceder entrevistas»,
explica un miembro de la familia. Y es que el trueno
que manifiesta Pocholo no es tan grande como para impedirle
administrar su creciente fama de la forma más
rentable posible.
Antes de convertirse en adalid del desfase ibicenco,
Pocholo contrajo matrimonio con Sonsoles Suárez.
Dicen algunos testigos que en la boda hubo tal desmadre
que al ex presidente del Gobierno le costó recuperarse
de la impresión.
El matrimonio duró poco y Sonsoles terminó
huyendo a Mozambique, donde tardó cuatro años
en recuperarse de los estragos del huracán Pocholo.
Él siguió ahondando en su propósito
de convertirse en un Kitín Muñoz de los
deportes de riesgo, un aventurero de genética
privilegiada, un white hunter legendario Pero
la poca constancia y una tendencia nata al descontrol
terminó por convertirlo en freak televisivo,
en rareza nobiliaria asidua a Tómbola, en disc-jockey
a tiempo parcial o en profeta de las fiestas ilegales
de Ibiza; celebradas muchas veces en espacios protegidos.
Gran corazón
En la isla pitiusa su tribu le adora. «A Pocholo
se lo perdonas todo porque tiene un gran corazón»,
dicen. Cuando no está con la peña compartiendo
casa en Santa Gertrudis, es porque está con la
moto. Algunos dicen que vive en ella, viajando campo
a través, con su eterna mochila de Darío
Bomé a la espalda, y presentándose a las
tres de la madrugada en casa de cualquier amigo, porque
«hola, tío, quería saber cómo
estabas».
Víctima de un desasosiego perpetuo que no se
sabe si es natural o adquirido quizá por
vía respiratoria, Pocholo no para. Liga
sin tregua, las novias le duran dos meses. «Pero
es un señor, no engaña», advierte
una buena amiga.
Al margen de su empleo como concursante, posee un portal
propio en la red desde el que difunde su gran pasión
por la lomografía fotografía espontánea,
promueve la aromaterapia y alquila a buen precio jaimas
«utilizadas por los moritos en todo el desierto»
(sic).
«Cada verano cuenta un amigo fotógrafo,
me propone que le saque una foto en la moto náutica
con la minga al aire. Dice que vamos a romper exclusivas
y que luego, si le sale bien, me regalará un
jamón». Lo del jamón, como lo de
los moritos, deben de ser resabios franquistas que,
según se ve, tardan varias generaciones en curarse.