Texto: J. A. González Carrera / La Verdad
18/06/2003
Jacques
Brel
«Un hombre no debería cantar cosas
así», comentó la gran Edith Piaf
cuando en 1959 oyó interpretar por primera vez
a Jacques Brel Ne me quitte pas. «No me dejes./
No quiero llorar más./ No voy a hablar más./
Me esconderé aquí,/ para mirarte,/ bailar
y sonreír,/ y para escucharte./ Deja que me convierta/
en la sombra de tu sombra,/ la sombra de tu mano,/ la
sombra de tu perro. / No me dejes...», rogaba,
suplicaba el cantautor bruselense llegado a París
unos años antes, mientras del disco de 45 rpm
La valse á mille temps, título además
de otro de los temas que hizo crecer su leyenda como
intérprete, vendía 500.000 ejemplares
en sólo seis meses.
Se cumplen 25 años
de la muerte prematura del gran poeta y
excepcional intérprete, autor de
canciones inolvidables como Ne me
quitte pas y Amsterdam
«En el primer tiempo del vals,/ completamente
sola ya sonríes./ En el primer tiempo del vals,/
estoy solo pero te veo./ Y París que marca el
tiempo./ París que mide nuestra emoción...»
Poeta, compositor, cantante y actor, Jacques Brel acabaría
siendo, sin embargo, mucho más que el autor de
tan manida e inolvidable canción sobre el amor
sumiso, como atestigua su inmensa y muy contemporánea
obra, de cuando los verdaderos autores hablaban con
honestidad de la vida y huían del éxito
fácil.
Hace casi 25 años, el 9 de octubre de 1978,
fallecía en un hospital próximo a París,
a la temprana edad de 49, de un cáncer de pulmón.
Desde 1975 navegaba por el mundo en su velero L
Askoy y, como Paul Gauguin tres cuartos de siglo antes,
había llegado al mismo lugar de Atuana, en la
isla de Hiva Oa, en el lejano archipiélago de
Las Marquesas. Allí sería enterrado, muy
cerca del pintor, pero antes todavía tuvo tiempo
y ganas de grabar un último álbum, de
título simplemente Brel (Barclay, 1977); quizá
su mejor álbum, justo al final.
Empezar a engañar
El artista había dejado prácticamente
la canción hacia 1967, «porque estaba en
el momento en que se empieza a engañar»,
para dedicarse más al cine y el teatro. Cuando
salió al mercado, en el otoño anterior
al de su muerte, las tiendas de discos de París,
como las de toda Francia y toda Bélgica, su Llano
país, se cubrieron de pilas enormes de aquel
álbum, después de haber satisfecho más
de un millón de pedidos por adelantado.
«Hablan de la muerte como tú hablas de
una fruta./ Observan el mar como tú miras un
pozo./ Las mujeres son lascivas, al sol temible./ Y
aunque aquí no hay invierno, esto tampoco es
el verano... En Las Marquesas...», descubre cómo
quiso recibir a la muerte, cuando la veía llegar.
Encima lo contaba sin ambages, del mismo modo que se
consolaba con los recuerdos de su mejor amigo, Georges
Pasquier, o que reconocía con amargura que «la
vida no hace regalos» y expresaba, desde el anonimato
en un aeropuerto, que «es triste/ Orly el domingo,/
con o sin Bécaud».
Brel será artífice destacado de la canción
francesa de su época, de gran influencia tanto
fuera como dentro de Francia, junto a autores e intérpretes
como Piaf, Brassens, Bécaud, Léo Ferré,
Ferrat, Barbara, Juliette Gréco o Charles Trenet,
el mayor y el maestro de la mayoría, como él
mismo reconoce.
Brel, como Brassens, no duda en cantarlo todo de todos:
del diablo, del odio, de la ternura, de las mujeres,
de las damas protectoras, del próximo amor, de
Rosa, de Mathilde, de Marieke y de Clara, de los nombres
de París y de la Bruselas de sus abuelos, cuando
él «esperaba la guerra» y ella «esperaba
a mi padre», o de los burgueses, de cuya forma
de ser nunca pudo sustraerse del todo, aunque llegara
a maldecirlos con sangrante ironía: «Los
burgueses son como los cerdos, cuanto más viejos
se hacen, más estúpidos se vuelven».
Solista
Cuando en 1961 actúa por primera vez como solista
en el Olympia, Edith Piaf se rendiría a la evidencia
y brindaría con buen vino tinto por el artista:
«Va hasta el límite de sus fuerzas; cada
frase te llega a la cara y te deja como groggy»,
detalla Marc Robine, cantante e historiador de la canción
francesa, y autor del libro biográfico Grand
Jacques, le roman de Jacques Brel (1998).
En 1964 vuelve a actuar en el mítico teatro.
Esta vez, en medio de un repertorio a medio renovar,
presenta Amsterdam, otro de sus éxitos instantáneos,
que años después llegará a adaptar
el camaleónico y sofisticado David Bowie, que
no pudo resistirse a la fuerza expresiva de la canción
que mejor resume el espíritu del vaivén
humano en los puertos marítimos.
Volverá a tener otra gran actuación en
el templo de las variedades, ya en 1966, pero al año
siguiente se despide de la canción en Nueva York,
hasta el entonces impensable último disco.
Independiente a muerte, no dejó sin embargo de
especificar su compromiso con la sociedad de su época,
cuando ya al final, en 1977, en el tema que dedicada
al fundador del Partido Socialista de Francia, asesinado
en 1914, acuña en el estribillo para que no se
olvide jamás «¿por qué mataron
a Jaurès?».
El engañoso abad
Con
Jouannest y Rauber, a finales de los años
50. / J. P. LELOIR
J. A. G. C.
El descreído y socarrón Brassens le puso
el sobrenombre de LAbbé Brel, para el regocijo
de Ferré, Reggiani, Leclerc, Moustaki y todos
los que pululaban por los cabarets de París,
tal era el talante parroquial del recién llegado.
Pero Brel había dejado una acomodada vida como
director de la cartonería de su padre y
acabaría alejándose de su mujer y sus
hijas: «la paternidad no existe», dice.
Brassens, poeta esencial, es siete años mayor,
pero ambos comparten una amistosa y creativa rivalidad
jalonada por temas abordados por ambos con maestría
y agudeza, como los tratos con las mujeres, los excesos
de los patrones, el acto de testar los bienes o la muerte.
Él mismo encontraba la gracia en una guitarra.
Luego, todo lo arreglaban con combinatoria moderna sus
inseparables el director de orquesta François
Rauber y el pianista Gérard Jouannest, compañero
de Juliette Gréco. La musa del existencialismo
fue de las primeras en incorporar a Brel a su repertorio,
con Le diable, allá por 1957: «Nada se
vende pero todo se compra./ El honor e incluso la santidad,
esto marcha./ Los Estados se transforman a escondidas/
en sociedades anónimas, esto marcha./ Los grandes
se disputan los dólares/ venidos del país
de los niños./ Europa repone El avaro...»