«Alatriste vivió en una España
corrupta de la que no nos hemos librado del todo»
Texto: Miguel Lorenci / Colpisa. Madrid
19/11/2003
«Somos lo que somos porque fuimos lo que
fuimos. Trato de contar la España de entonces
para entender la España de hoy». Esta máxima
ha inspirado e inspira la serie de novelas que Arturo
Pérez-Reverte, (Cartagena 1951) ha dedicado al
soldado de fortuna Diego Alatriste. El académico,
narrador y periodista publica ahora la quinta entrega,
El caballero del jubón amarillo (Alfaguara).
Propone un apasionante paseo por los mentideros y corrales
de comedias de la Villa y Corte que Alatriste frecuenta
y en los que mandan Tirso de Molina, Calderón
de la Barca, Francisco de Quevedo o Lope de Vega.
Arturo Pérez-Reverte
recrea en El caballero del jubón
amarillo, la quinta entrega de este
soldado de fortuna, el teatro del Siglo
de Oro
Alatriste no es un ser políticamente correcto
y en esta nueva aventura lo veremos enamoriscado le
robará la amante al mismísimo rey Felipe
IV, dando muerte a algún contrario, y tratándose
con el lumpen de su tiempo en tugurios y mentideros.
«Se movió en una España corrupta
de la que aún no nos hemos librado del todo.
El robo y el engaño eran moneda corriente y la
justicia estaba sólo un poco más podrida
que ahora» ironiza Pérez-Reverte.
«Digamos que Alatriste se moja un poquito más»,
reconoce un exultante Pérez-Reverte, que recibe
en una suite del hotel Palace y advierte que el mundo
de su héroe «era más violento, más
injusto y más crudo que el de hoy». «Pero
mirar a aquella España nos sirve para mirarnos
hoy y entendernos». Casi se enamora el capitán
de la cómica María de Castro, pero no
del todo: «No se puede enamorar, se lo impide
el grado de lucidez y de desesperanza al que ha llegado».
«Ahora vemos en la tele Gran hermano o Tómbola,
pero en aquel tiempo el teatro tenía verdadero
peso en la vida de la gente. La vida se nutría
del teatro y el teatro de la vida. Así que vemos
al capitán Alatriste al lado de Calderón,
en la casa de Lope o charlando con Quevedo», enumera
Pérez-Reverte para situar la acción. «El
teatro era entonces la verdadera cultura popular. Hasta
el más patán o el más animal, los
analfabetos, frecuentaba los teatros, que ofrecían
además modelos de comportamiento», rememora.
Una situación que tres siglos después
se ha tornado penosa. «Hoy la referencia es una
tía de Gran hermano, una puta de esquina que
sale en la tele», se duele el escritor.
Recuerda Pérez-Reverte que en ningún país
se escribió tanto como en la España del
Siglo de Oro y que quizá lo mejor de aquel tiempo
esté reflejado en su brillante teatro. Un teatro
que ha frecuentado con minucia Pérez-Reverte,
quien posee una biblioteca de unos 15.000 volúmenes,
de los que más de 2.000 hablan de los siglo XVI
y XVII.
También ha manejado memoriales y testamentos
que han sido muy reveladores. «Había tanto
funcionario viviendo del cuento que todo está
escrito» se felicita. Abundaban igualmente la
mala leche y enemistad entre las gentes del teatro que
pueblan el relato. «No hay peor enemigo que el
del propio oficio, y eso vale hoy como ayer. Pero también
es verdad que aquellos odios engendraron obras maestras
y que se insultaba con un talento y una clase que ahora
son impensables», dice el escritor y académico.
La convivencia de autor y personaje, aparecido en 1996,
va siendo larga, y dice Pérez-Reverte que ve
ahora a su soldado de fortuna «más sobrio,
más cruel y más duro». «Ser
español y lúcido es una cabronada y una
desgracia más entonces que ahora,
y el carácter de Alatriste se ensombrece al comprender
que el país no tiene solución»,
explica. «No olvidemos que Alatriste es un hijo
de puta en un mundo de hijos de puta. Es un mercenario,
un asesino nada recomendable, pero que tiene su ética,
y eso es lo que le hace interesante», señala.
Mercenario con ética
Unos males aquellos de lo que aún no nos hemos
librado. «Aún arrastramos las lacras de
aquellos reyes, curas y ministros, de quienes susurraban
a la oreja de un rey lo que había que hacer.
La diferencia es que ahora se susurra al oído
de los políticos en lugar de al de lo reyes»,
señala. «La peor consecuencia es lo que
pudimos llegar a ser y no fuimos, lo que perdimos por
nuestra vileza y fanatismo estúpidos»,
lamenta. Admite que reconocer esta realidad histórica
no es plato de gusto y que, por tanto, la visión
que da «será incómoda para algunos».
Se ha recreado de nuevo en la jerga de truhanes, el
golfaray de la época al que dedicó su
discurso de ingreso en la RAE y que sigue manteniendo
su riqueza: «También en esto ocurre como
entonces, y el español carcelario y delincuencial
es mucho más rico que el que se habla hoy en
las universidades». Liberado momentáneamente
de su héroe de capa y espada, trabaja ahora en
dos novelas, una corta y otra larga, de las que no da
detalles. «Sólo puedo decir que aprovecho
todo lo que ocurre en mi entorno, y que la novela larga
comenzará en la Real Academia» comenta
divertido el horas ates de acudir a la sesión
académica de cada jueves. «Soy un académico
cumplidor. Llegué con mucha humildad y dispuesto
a escuchar, pero ya me voy soltando» reconoce
agradecido a hacia una docta casa «que sigue siendo
una gran desconocida habitada por grandes sabios».
Gente de mal vivir
Alatriste,
un hijo de un siglo turbulento. / JOAN MUNDET
El culto al dinero y el fanatismo marcaron
el siglo de Alatriste, cuando Madrid se erigió
en capital del hampa
I. ESTEBAN
El propio Pérez-Reverte ha recordado muchas veces,
la última en su ingreso en la Academia de la
Lengua, el momento en que se decidió a escribir
el primer Alatriste. Cayó en sus manos el libro
de Historia de su hija Carlota y vio horrorizado que
sólo se dedicaba una página y media al
Siglo de Oro. El escritor había leído
a Quevedo y a Lope desde niño en la biblioteca
de su abuelo y ese minimalismo histórico le pareció
una aberración, máxime cuando aquella
época de estrechez religiosa y de manga ancha
para otros vicios y cuestiones morales tanta relación
guardaba con el presente español.
El propio capitán Alatriste, que nunca pasó
de soldado, es un hijo modélico de aquella situación
de la España de la contrarreforma. La dignidad
y el honor cuentan como su único patrimonio.
Sin embargo, desde el primer volumen de sus aventuras,
que comienzan al salir de la cárcel por impago
de impuestos, se dedica a oficios tan poco honrosos
como dar palos por los caminos, pues no tenía
una guerra que echarse a la boca.
Una parte de España malvivía, y la otra
se llenaba los bolsillos. Los orgullosos hidalgos, como
escribía Quevedo, cosían los cuellos y
puños de las camisas a su vestido. Pero no el
cuerpo, porque no tenían dinero para la tela.
Alatriste se mueve principalmente por tres paisajes,
el de los Países Bajos en guerra contra el ejército
de Felipe IV, el de Sevilla y el de Madrid. Desde el
siglo XVI, la capital andaluza estaba llena de gente
de mal vivir, como ya se le llamaba entonces.
Abundaban los timadores, como aquel que vendió
a un hidalgo un trozo de oveja haciédondolo pasar
por carne de buey, por el sencillo procedimiento de
coser a la porción unos testículos.
Al inicio del XVII, el siglo de Alatriste, había
unos 150.000 vagabundos en tierras españolas.
Muchos de ellos se acercaron a Madrid, convertida en
Corte por Felipe II. La ciudad tenía en 1561
unos 20.000 habitantes y el glorioso Madrid de los Austrias
se convirtió en el Chicago de la época.
Acudieron cortesanos, clérigos como Emilio Bocanegra,
el dominico inquisidor de Pérez-Reverte, o ex
furcias como Caridad La Lebrijana, que con sus ahorros
se compró La Taberna del Turco, el lugar de reunión
de Alatriste y sus amigos, como Quevedo y el Licenciado
Calzas, un abogado experto en burlar la ley.
El culto al dinero, la violencia, la relajación
moral, el soborno, la corrupción, el fanatismo
y el oscurantismo, la mayor parte de los pecados más
perdurables de España, según el autor,
se fraguaron en la época de Alatriste.
«Ser español lúcido en el siglo
de Oro era terrible, y Alatriste lo era», argumenta
el novelista cartagenero.