CON
GARANTÍA. Una empleada de Carta Maestra
prepara bandejas de carne. / FOTOS: RAFAEL CARMONA
Ellos también vuelven a casa por Navidad:
el jamón, el foie, el cava Y para qué
engañarse: si no regresan más a menudo,
ni en mayor cantidad, ni a todas las mesas, es porque
están prohibitivos. O prohibidos. ¿Prohibidos?
Sí, para un millón de personas en España;
32, en Europa, y hasta 1.400, considerando el globo
entero. Aunque muchos comensales excusarán su
gula estas fiestas arguyendo que, del jabugo, es bueno
hasta el colesterol y que una copita de vino la agradece,
tanto como el paladar, el corazón, la religión
musulmana los proscribe. Igual que el paté, la
caza o los polvorones.
España reconoce el
primer sello de calidad europeo que distingue
los productos acordes con los preceptos
del Corán y, por tanto, aptos para
el consumo de la población musulmana
Hay quien opinará que el pecado es dejarlos
en el plato. Pero de la misma forma que la doctrina
cristiana manda abstenerse de carne los viernes de cuaresma,
también el Corán establece normas bastantes
más relativas a la alimentación.
Que a un hijo de Alá no debemos agasajarle con
cerdo ni alcohol, se sabe. No tanto, que tampoco les
está permitido probar productos con ciertos aditivos
o que no estén elaborados según determinado
procedimiento, que no ritual.
Los artículos cárnicos, por ejemplo, deben
proceder siempre de animales sacrificados en nombre
de Dios y con el mínimo dolor. A saber, sin embargo,
si el pavo que ha acabado hecho choped de aceitunas
tuvo una muerte indolora, y con las debidas bendiciones.
Y ante la duda entre pasar hambre o envenenar el alma,
los seguidores de la sharia optan por ayunar. Como lo
haría un celíaco frente a una galleta
sin garantías de estar libre de gluten.
Turistas
«Pese al influjo cultural e histórico del
Islam en España, muchos musulmanes dejan de elegirla
como destino turístico por no disponer de restaurantes
ni hoteles. Y los que viven aquí se hartan de
leer las etiquetas de la comida o recurren a las carnicerías
y tiendas que abren ellos mismos. Pero es muy limitado»,
corrobora Isabel Romero, con la satisfacción
de quien va camino de resolver tan «grave problema».
Es la directora del Instituto Halal, un órgano
creado por Junta Islámica de España con
el visto bueno del Ministerio de Agricultura, para «regular
y certificar los alimentos y productos que son aptos
para los musulmanes en nuestro país y la Unión
Europea, así como para la exportación
a países islámicos». Con sede en
Córdoba, es único en el viejo continente
y funciona como una suerte de Denominación de
Origen: garantiza que los artículos distinguidos
con su sello cumplen los requisitos exigidos, en este
caso, por el Corán.
Ninguna bodega, salvo que embotelle caldos sin graduación,
podrá obtener nunca la etiqueta halal. Tampoco
una chacinería. Pero, entre las cincuenta marcas
ya certificadas, figuran mataderos, granjas, fábricas
de embutidos, de aceitunas, salsas y aceites, de ácido
oleico, de piensos hasta de pimentón. Otra
veintena de industrias están en proceso de homologación.
Entre ellas, Casademont y El pozo. No les bastará
la buena fe para obtenerla. Halal de donde el
español toma el término jalar significa
saludable, y demostrar que una vianda lo es lleva su
tiempo, papeleo y chequeos. Han de someterse a numerosas
pruebas. No de alcoholemia, pero sí a veces de
ADN. Se trata de comprobar que no contienen proteínas
de alcohol, y que no son hijas del cerdo. Asimismo,
el proceso productivo y las instalaciones en que éste
tiene lugar son siempre objeto de auditorías.
En el caso de los mataderos, los inspectores comprueban
que las reses se sacrifican como dios el del Islam
manda. Ya se ha esbozado: mirando a La Meca, invocando
el nombre de Alá en voz alta y seccionando con
un utensilio afilado y limpio la tráquea, el
esófago, las arterias y venas del cuello. Se
pretende acortar la agonía del animal y reforzar
la seguridad del consumidor. «Sobre todo si la
bestia ha sufrido, la sangre acumula toxinas».
Por eso mismo, antes del desolle, se desangra. Adiós
a las morcillas.
Meteduras de pata
El Corán se conforma con que el matarife crea
en un dios, se llame Yavé o Alá, pero
el Instituto Halal los pide musulmanes. Tampoco el Profeta
anticipó hace catorce siglos la revolución
informática. Pero se quiere que todos los alimentos
certificados lleven un código de barras que permita
conocer su trayectoria vital. Es decir, saber que el
pollo que se vende despiezado también comió
halal y que jamás ha estado en contacto, ni siquiera
en la furgoneta de reparto, con artículos haram
(no saludables).
«Hay mucho fraude», aseguran. En su empeño
por parecerse a las abuelas, casi todos los fabricantes
de caldos industriales meten la pata: la del cerdo.
Y basta un hueso de jamón para que la sopa quede
fuera del menú musulmán. Como las pastas
de té. Hasta quienes rinden culto al cuerpo sucumben
alguna vez a su provocación. Los fieles de Alá,
no. «La mayoría de dulces lleva manteca
de cerdo». Se conforman con un yogur, siempre
que no se haya enriquecido con aditivos de origen incierto.
No es que les falte paladar. En el recetario editado
por el Instituto de certificación, se incluyen
propuestas tan sugerentes como croquetas de espinacas
y piñones o quiche de cebollas. El chorizo, el
lomo o el salchichón ya no son patrimonio exclusivo
de los cochinos. Proliferan los de pavo. E Isabel Romero,
conversa al islamismo, sustituye el jabugo por una «fantástica
cecina», si bien puntualiza que, «a las
culturas más arraigadas, el cerdo les produce
auténtico rechazo».
Pero la carne es débil, y la del puerco, sabrosa.
Si alguno cede a sus encantos, «allá él
con su conciencia». El Corán no manda confesarse
a ninguna autoridad. Los musulmanes sólo deberán
rendir cuentas a Dios, y cuando les llame. Sin intermediarios,
pero sabiendo que, «si comes haram, tendrás
más difícil acceder al paraíso».
A las empresas certificadas, en cambio, sí se
les juzga en vida, con severidad y con penitencia. Cualquier
irregularidad puede acarrear desde apercibimiento a
la retirada de una certificación que en ningún
caso es gratuita. Obtenerla cuesta 600 euros y 300,
renovarla cada año. Aparte, el instituto se lleva
comisión: entre el 0,8 y el 1,7% de los ingresos
por ventas.
«Sólo pretendemos cubrir gastos»,
puntualizan. Aún no lo han conseguido, pese a
que las marcas acogidas pagan religiosamente. Por su
fe. En un negocio, el de la alimentación para
musulmanes, que mueve 150.000 millones de dólares
anuales y que en 2025 dará de comer al 30% de
la humanidad. Los artículos con sello halal
se despachan ya en un millar de establecimientos españoles:
entre ellos apunta Romero, centros de El
Corte Inglés y de Alcampo, con los que competirá
en breve Carrefour.
Las exportaciones a Francia, Gran Bretaña y Bélgica
son una realidad. Sin perder de vista 2012, en que se
liberalizará el comercio entre Europa y el Magreb.
Mientras tanto, no son pocos ni apóstatas
los cristianos y ateos a los que se les han revelado
las virtudes de la dieta halal: «Respetuosa con
el medio ambiente, combativa con el colesterol y sana».
Quizás a ellos no les limpie el alma ni alimente
el espíritu, pero sí el resto del cuerpo.
Áreas de servicio para musulmanes
M. LLUIS / CÓRDOBA
El Instituto Halal no sólo se propone llenar
las neveras de los musulmanes. Pretende «normalizar
sus vidas». Que puedan salir a cenar a un restaurante,
dejar a los hijos en el comedor del colegio o
cumplir condena en una cárcel sin condenarse
a quedar fuera del paraíso. Para ello, cuenta
con la ayuda de Juan Salado, un joven empresario cordobés
que, hace seis años, montó una empresa
de cátering.
Romero
dirige el Instituto Halal.
Se llama Carta Maestra y elabora los platos que sirven
algunas de las más conocidas y reconocidas cadenas
hoteleras y de restauración españolas,
bingos y parques temáticos.
Se los envasa al vacío, sin conservantes ni colorantes,
de manera que el cocinero del restaurante final, el
mismo que se lleva las felicitaciones del comensal,
sólo tendrá que calentarlos y emplatar.
Lo mismo una sopa de marisco, que una paella o solomillo
de cerdo al Pedro Ximénez.
Hasta 181 especialidades figuran en la carta de Salado;
Carta Maestra y larga donde las haya, que
quiso introducir en las áreas de servicio Autogrill.
«Pero no me hacían ni caso, así
que decidí sorprenderles», recuerda el
cordobés, que, pese a preparar 11.000 raciones
diarias de comida, sigue siendo más listo que
el hambre.
«Les hice ver que de Perpiñán a
Algeciras pasan cada año cuatro millones de musulmanes.
Y que, si les ofrecíamos su comida, tendría
éxito». Vaya que si lo tuvo. Durante la
última operación Paso del Estrecho, los
restaurantes Autogrill empezaron a ofrecer harira, una
sopa de cordero, y tajine, cordero y pollo.
Y vistos los resultados, la cadena se plantea abrir
un área específica para quienes se reservan
el último viaje para llegar a La Meca. Se despachará
comida halal, pero también habrá lavatorios
donde asearse para el rezo. Ya que paran a satisfacer
sus necesidades fisiológicas y espirituales,
aprovecharán para repostar o comprar agua. Cepsa
estudia un proyecto parecido y Repsol está denunciada
por usar «sin autorización» el sello
de Junta Islámica.
El único cátering certificado es el que
preside Salado. Asegura que cocinar para los seguidores
de Mahoma no sale más caro que hacerlo para los
devotos de baco. Y avanzadas las negociaciones con una
comercializadora gala, parece que el negocio crecerá.
Si dios quiere. Claro que Alá quiere.
MENÚ
'HALAL'
Primeros
platos
El arroz, la pasta, las legumbres y las verduras son
la base de propuestas como calabaza al horno, berenjenas
asadas con queso, melón con jamón de pato,
revuelto de setas o ensalada de pepino y yogur. Muy
popular es la harira: arroz con carne, garbanzos,
lentejas y huevos batidos.
De
segundo
El cordero, para festivos, y el pollo, para diario.
Con especias. Incluso con cerveza sin alcohol, como
el paté de higaditos de pollo. Rehogados en sofrito,
se trituran y se les da cuerpo con mantequilla. Cubierta
la masa con abundante pimienta negra, se tapa el cuenco
y se deja enfriar ocho horas.
El
postre
Dátiles, frutas frescas y frutos secos inspiran
el recetario. Delicioso, un sencillo flan de calabaza:
se cuece la calabaza pelada y troceada con un poco de
agua y, una vez enfriada, se mezcla con leche condensada,
leche, miel, huevos y canela. Se coloca la flanera al
baño María hasta cuajar.