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REPORTAJES

Una epidemia de dudas

Texto: Inés Gallastegui
24/06/2004


PINCHAZO. Una niña norteamericana llora de dolor. / AP

Es peor el remedio que la enfermedad? ¿Siguen siendo necesarias las vacunas ahora que casi han desaparecido de nuestro entorno la mayoría de las enfermedades que combaten? ¿Qué influencia tienen los laboratorios farmacéuticos sobre las campañas de vacunación? El debate es relativamente nuevo en España, donde la vacunación infantil es un gran éxito: en Andalucía están vacunados el 95% de los niños. Pero en otros lugares la negativa de algunos padres a vacunar a sus hijos contra enfermedades infecciosas como el sarampión, la tosferina o la polio agobia a las autoridades. El caso más llamativo es el británico: la cobertura vacunal ha bajado del 91% al 80% –en Londres, al 68%– en cinco años.

 

 

 




El movimiento que considera las vacunas peligrosas e inútiles es incipiente en España, pero preocupa a varios países europeos que temen brotes de enfermedades ya superadas

El movimiento antivacunación es casi tan antiguo como las propias vacunas: ya en el siglo XIX médicos alemanes firmaron un manifiesto contra la vacuna de la viruela. Hoy lo asumen, básicamente, dos tipos de colectivos: por un lado, grupos religiosos integristas –tanto musulmanes como cristianos– y, por otro, usuarios y profesionales de la medicina naturista y homeopática.

En Estados Unidos, la vacunación es obligatoria y quienes objetan por motivos religiosos –y filosóficos, en algunos estados– deben hacerlo por escrito. Esto permite saber que apenas representan el 1% de la población. En España, se trata de un programa voluntario, por lo que es imposible saber si detrás de un niño sin vacunar hay un problema de dejadez y marginación o un rechazo religioso –algunos fundamentalistas sostienen que las vacunas son «impuras»– o filosófico.

El discurso de la medicina natural y homeopática se fundamenta en algunas ideas clave. Una, que las vacunas no son necesarias, porque protegen contra enfermedades que ya apenas existen en nuestro entorno. Dos, que no son eficaces, y si las enfermedades infecciosas casi han desaparecido es porque el estado de salud de la población ha mejorado. Tres, que estos fármacos causan alergias y graves efectos secundarios. Cuatro, que las enfermedades infecciosas no son malas, y la inmunidad natural que se logra cuando se han pasado es mejor que la artificial inducida por un pinchazo. Y cinco, que las afirmaciones anteriores son demostrables... pero aún no han podido ser demostradas porque los fabricantes presionan a médicos y autoridades sanitarias para que la ‘verdad’ no se conozca.

¿SON NECESARIAS?
Niños sanos y pescadillas

La homeópata Ana Celia López Teruel asegura que la mayoría de las vacunas incluidas en el actual calendario vacunal son «superfluas», porque las enfermedades contra las que protegen apenas causan daño a una población en general bien alimentada y con buena salud: «A diferencia de la alopatía o la industria farmacéutica, la homeopatía no considera las enfermedades infecciosas como causadas por un enemigo externo, virus y bacterias a los que hay que bombardear para lograr la salud. El propio Pasteur, que descubrió los microbios, lo dijo: lo importante es el terreno, es decir, cómo nos defendemos. Y nuestra capacidad de respuesta depende de nuestro estado de salud, que a la vez depende de nuestro estado interno, tanto físico como emocional, y de nuestro entorno: alimentación, higiene, clima, familia, nivel social...».

«La polio puede tener consecuencias muy graves –señala–. El riesgo existe y es real, pero a partir de ahí se ha hecho una montaña, invocando el miedo de los padres. Algunas vacunas tienen justificación en momentos y lugares concretos, pero estamos en contra de las campañas masivas».

De manera muy distinta lo ve Juan Laguna, jefe del servicio de Epidemiología de la Delegación de Salud de Granada. «Cuando hay una enfermedad grave, que está matando niños –como ocurrió hace cinco años con la meningitis meningocócica o hace cincuenta con la difteria o la polio–, los padres reclaman a gritos una vacuna. Cuando la vacuna se instaura, pasan veinte años y la enfermedad desaparece, cuando ya no hay niños con polio, con difteria, casi no hay niños con tosferina... entonces es cuando surgen movimientos de padres y profesionales que dicen: ‘Bueno, ¿y por qué vamos a vacunar de una enfermedad que ya no hay?’». «Pero el razonamiento –advierte el epidemiólogo– es falso. Es una pescadilla que se muerde la cola: no hay sarampión porque la mayoría de los niños están vacunados de sarampión».

En este sentido, recuerda que esta infección, que está prácticamente eliminada en lugares con alta cobertura vacunal, como España o EE UU, existe en países con una parte importante de la población sin vacunar, como Alemania o Italia. «En Holanda, donde hay minorías religiosas que se oponen a la vacunación, está habiendo en los últimos años epidemia de sarampión, con enfermedad y con muerte», asegura.

Laguna acepta que la enfermedad no afecta a todos igual: «En un país pobre, donde los niños están desnutridos, sin defensas, el sarampión puede matar a uno de cada cien niños, cien veces más que en Europa. Pero un niño europeo con sarampión también puede tener una otitis, una neumonía o una encefalitis».

Laguna también admite que es discutible la utilidad de vacunar de rubéola a los varones, teniendo en cuenta que esta enfermedad eruptiva es benigna y su peor consecuencia es que produce malformaciones fetales en mujeres embarazadas. Sin embargo, defiende el sistema actual por la mayor accesibilidad de los bebés y los escolares. Si las chicas tuvieran que hacerse un análisis de sangre para ver si han pasado la rubeola y tienen anticuerpos al llegar a la edad fértil, como hace unos años, seguro que alguna «se escaparía».

¿SON EFICACES?
Propaganda falsa, tosferina real

«Me ha llegado muchísima propaganda, pero yo no he visto nunca un estudio de eficacia de vacunas en el que se tengan en cuenta otros factores que han contribuido a la disminución de la incidencia de enfermedades infecciosas –asegura la médica homeópata–. La mayoría de estos estudios consideran a las vacunas como el único factor determinante, y tanto las estadísticas sociales como el sentido común nos hacen ver que esto no es así. Con el aumento del bienestar social, la sociedad deja de padecer infecciones y aumentan las enfermedades degenerativas». Para López, esos estudios deberían tener en cuenta factores como el nivel de vida, la alimentación, la higiene e incluso las guerras y la pobreza, que deprimen el sistema inmunitario de los individuos y, por tanto, favorecen las epidemias.

Pinchazo. Una niña norteamericana llora de dolor. / APEsta médica acude a un caso concreto para poner en cuestión la eficacia de la vacuna: el brote de paperas de hace tres años, que afectó tanto a niños vacunados como no vacunados. Según ella, sus pacientes infantiles no inmunizados «pasaron unas paperas más leves» que los otros, a los que «les duró más». Sin embargo, la ineficacia de esa vacuna no llevó a las autoridades sanitarias a revisar sus criterios: «La respuesta fue que no estaban suficientemente inmunizados y al año siguiente aumentaron la vacuna».

Sobre este caso, la jefa de Salud Pública de Granada, Isabel Marín, resalta que el problema se dio en toda Europa, debido a que la cepa utilizada por un laboratorio suizo no era lo bastante potente en su capacidad de inducir la creación de anticuerpos. «Esa vacuna se retiró del mercado y ahora se administra otra con una cepa más potente», afirma. En todo caso, Juan Laguna reconoce que la eficacia de las vacunas nunca llega al 100%: oscila entre el 80% de las de tosferina o paperas y el 90-95% de la del sarampión. Y añade: «Se sabe por experiencia que el niño vacunado sufre la enfermedad de forma más leve que el no vacunado».

En general, afirma, la eficacia de las vacunas se demuestra por tres vías. La primera es la coincidencia en el tiempo entre la introducción de estos fármacos y la desaparición de las enfermedades en todo el mundo. La segunda es el estudio de las epidemias: se detecta que los no vacunados caen enfermos antes y en mayor proporción que los vacunados.

Y la tercera, apunta Laguna, es la experiencia de países donde, al caer la cobertura vacunal en momentos de crisis de credibilidad de estas sustancias. Ocurrió en los años setenta en Reino Unido, Suecia y Japón con la vacuna de la tosferina. «Algunos profesionales sanitarios exageraron sus efectos colaterales: decían que producía encefalitis. Los padres, preocupados, dejaron de vacunar a sus hijos y entonces volvió la tosferina y volvieron los niños ingresados y los niños muertos».

¿SON PELIGROSAS?
Los riesgos etéreos y la vista gorda

Juan Laguna admite que las vacunas tienen riesgos. «Unos son etéreos, no demostrados: que la vacuna disminuye la inmunidad, que es mejor pasar la enfermedad... Otros son ciertos, pero están muy bien registrados por médicos y epidemiólogos y constan en la bibliografía científica». Entre los efectos leves, cita «dolor local o inflamación» o «fiebre y exantema suave» (pintitas rojas en la piel) que sufren entre un 5% y un 10% de los niños vacunados de sarampión. En cuanto a los graves, asegura, son «rarísimos», pero no hay consenso sobre su frecuencia: «Por ejemplo, la vacuna del sarampión tiene un riesgo de encefalitis de uno por millón; pero ésa es la misma frecuencia que tiene un niño no vacunado». Este es uno de los capítulos favoritos de los detractores de las vacunas, a las que atribuyen innumerables reacciones negativas, desde alergias a los conservantes que contienen hasta la muerte, pasando por autismo, encefalitis, meningitis, convulsiones, neuritis, asma o infecciones de repetición. Algunos sectores, por ejemplo, acusan a la vacuna de la polio de ser la causante de todos los casos de polio que se dan en la actualidad.

¿SON ARTIFICIALES?
Ser feliz protege y Dios quizá existe

Los detractores de la vacunación masiva están convencidos de que estos fármacos alteran el sistema inmunitario de los niños y pueden tener efectos a largo plazo. «El sistema inmunológico de un recién nacido es inmaduro pero pluripotencial: está programado para madurar según los contactos con bacterias y virus que va teniendo el niño a lo largo de su vida –explica Ana López Teruel, que duda de la conveniencia de la inyección de hepatitis B a los bebés–. ¿Qué efecto a medio y largo plazo puede tener que tú le modules una inmunidad específica en una dirección determinada? ¿La merma? ¿La distorsiona? No lo sabemos. Estamos dando palos de ciego. Pero habría que preguntarse sobre el origen de tantos enfermos alérgicos».

«La polio aparece donde hay miseria, donde la gente vive hacinada, sin higiene y también sin esperanza. Si el niño está feliz, en un entorno equilibrado... eso ya es garantía de salud», asegura.

Los homeópatas creen que la enfermedad puede ser positiva, al inducir una inmunidad «mejor» que la que provoca la inyección. «Los niños tienen que pasar las enfermedades eruptivas. Son crisis agudas de las cuales suelen salir algunos centímetros más altos», afirma la médica.

«Se habla con mucha alegría –dice Juan Laguna–. Contra la convicción de que es mejor pasar la enfermedad porque la inmunidad se refuerza y es positivo a largo plazo, es imposible discutir. Es como discutir si Dios existe: no lo puedes demostrar».

¿NOS MANIPULAN?
El que paga manda o la ética científica

Otro de los temas recurrentes del movimiento antivacunas es la omnipotencia de los laboratorios farmacéuticos, a los que se atribuyen todo tipo de maniobras para tratar de ocultar los efectos adversos de las vacunas y su supuesta ineficacia. Entre ellas destacan las «generosas» inversiones en la financiación de estudios de evaluación, la organización de congresos y la subvención a publicaciones. La homeópata granadina denuncia «manipulación informativa». Y pone como ejemplo un número del Boletín Terapéutico del Servicio Andaluz de Salud que comenta la incidencia de tosferina en Inglaterra entre 1977 y 1979, cuando cayó la cobertura vacunal: compara el número de complicaciones de la vacuna por cada 100.000 habitantes con el número de complicaciones de la enfermedad por cada 100.000 contagiados, lo cual hace parecer enorme este último dato y puede llevar a error al lector poco avisado. Juan Laguna es tajante: manipula quien lanza mensajes alarmistas sin soporte científico (en Internet los hay a miles). «Los laboratorios pagan la investigación previa a la puesta en el mercado, para comprobar que la vacuna es eficaz y no tiene riesgos –indica–. Pero a partir de que la vacuna está en el mercado, investigan los epidemiólogos, los funcionarios de salud pública, los científicos de la universidad».

Laguna recuerda que los datos registrados sobre los efectos adversos de las vacunas han llevado a retirar algunas, como la primera del sarampión en España o la del rotavirus en EE UU. El último ejemplo es la de la polio: hasta ahora se administraba la vacuna de «virus vivos» por vía oral, que produce un caso de parálisis por cada millón de niños, y a partir de este año se pone la dosis inyectada de «virus muertos», capaz de inducir la producción de anticuerpos, pero no la enfermedad.

MÁS INFORMACIÓN
www.todosvacunados.com
www.vacunaciónlibre.org

JUAN LAGUNA
Epidemiólogo

«Es una pescadilla que
se muerde la cola: no hay sarampión porque los niños están vacunados»

ANA LÓPEZ TERUEL
Homeópata

«Los niños tienen que pasar las enfermedades eruptivas agudas: son crisis de crecimiento»

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